Lo leía hace poco. Era un interesante artículo de un admirado colega de letras, Gonzalo Gragera, con el que además, como curiosidad, comparto cuartillo literario –La trastienda–, aunque él en COPE y yo en Islapasión; que hablaba, decía, cercano el ochenta aniversario de la muerte de Antonio Machado, sobre el verdadero ser de una de sus composiciones más populares, no porque fuese una de las mejores, sino por su sensibilidad frente a la fe: La saeta.


Machado escribió, como Cervantes su Quijote, una crítica a aquello que era cosa de idealistas –pongamos que esa fe que citaba es también una forma de idealización–, y donde daba una elegante pero ruda guantada a la católica España; aquella que, ya en 1912, auguraba habría de helarle el corazón. Como de muchos otros poetas, también la poesía machadiana ha sido utilizada según intereses, como el caso que expongo de su famoso poema y que se circunscribió, a posteriori, de forma errónea o manipulada, a la infausta Guerra Civil Española. En el caso de La saeta, bien argumentaba mi querido Gonzalo, esta tenía el sentido opuesto al que el poeta la refirió desde que Juan Manuel Serrat la musicalizara en 1969, ayudado de los arreglos de Ricard Miralles. Machado, con aquella elegancia que decía, con ese juego de sentimientos que va desde formar parte de la tradición –¿estigma de los andaluces?– hasta la aversión (?) hacia la misma, desdeñaba sobre ese acervo del catolicismo al Cristo mortificado y mostraba querencia hacia aquel de los milagros, desataviado de la crueldad de su imagen descarnada con la que los cristianos tanto nos hemos identificado. Sin embargo, cuando suenan los primeros acordes en los vientos de bandas y agrupaciones tras los pasos de nuestras semanasantas; cuando en un solo tambor se armonizan los golpes que dan entrada a una de las más hermosas oraciones escritas sobre un pentagrama; cuando en las aceras las miradas parecen recitar a la par de la música aquella célebre entrada: «¿Quién me presta una escalera/ para subir al madero/ para quitarle los clavos/ a Jesús el nazareno?», ¿quiénes de los que allí están no se conmueve? ¿A quién la piel no se le puntea cuando el ritmo del paso se ralentiza, como reteniendo, dramatizando aún más aquella cualquiera escena, dándole la vida a la sagrada madera?

El sevillano de alma castellana escribió sin saberlo, y seguro que sin quererlo, el himno oficioso del cristiano y, más concreto, del cofrade, poniendo en boca de aquellos lo que el corazón les decía. ¿Quién consigue eso? Quien hace las cosas con la pluma de la convicción. Redactó con acierto insospechado un análogo en verso del mismísimo Credo, porque los que comulgamos (literalmente) es a un Cristo vivo al que seguimos, que es en el que creemos, pero no nos olvidamos de su padecimiento como ejemplo de amor extremo. Como detalle: su pasión y muerte se recuerda, es la resurrección lo que se celebra.


Sí señor. Todas las primaveras el pueblo andaluz anda pidiendo escaleras para subir a la cruz y echamos flores al Jesús de la agonía, fe de nuestros mayores. Antonio Machado quiso dar una lección lírica sobre el auténtico sentido de esa misma fe, y ese mismo pueblo andaluz al que aludía recogió ese guante que cité convirtiendo aquellas estrofas corcheadas en un salmo que se repite cada año, y van ya cincuenta. La poesía no está hecha sino para enardecer aquello recóndito que no fluye sino se le remueve; y así lo hizo don Antonio. Cosa similar pasa con la música. Así no es de extrañar que esta conjunción de artes diera lugar a avivar tales emociones, a pesar que sus compositores no fuesen precisamente destacados creyentes. Ahí reside la verdadera fuerza de este incontestable fenómeno conmovedor –La saeta– capaz de hacer callar multitudes tan solo con sus primeras notas, sus primeros versos. Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los Gitanos que el mismísimo dios del flamenco, Camarón de La Isla, otorgó pulso y garganta en una de sus versiones, para quien les habla, más arrebatadoras.

Quizás muchos no hayan comprendido la auténtica, y subliminal, causa de estas estrofas que nos ocupa que nuestro autor, también en 1912, publicara con sus Proverbios y cantares, porque les ha cegado la fuerza pictórica de un momento pasional recogido en cualquier paso, incluso en la mañana de un domingo de primavera ante las puertas del convento donde las hermanas de la Cruz esperan ansiosas a un Cristo resucitado.