“El Consejo se sorprendió…”

El Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla se sorprendió ante un caso que a algunos nos da tristeza, y mucha, pero por desgracia escasa sorpresa ya, pues se veía venir. 

Nos referimos al hecho (oh, legítimo, sí, legítimo, esto hay que decirlo a voces por si acaso, que están en su derecho, en su super legítimo derecho, derecho) de que la inmensa mayoría de los abonados a la sillas y palcos de Semana Santa decidieron reclamar la devolución de su importe, ya que este año no hubo procesiones. “Legítimo”, oh, ¿cuántas veces habrá que decirlo?, pero ciertamente impactante, pues sella la consideración de la Semana Santa como un espectáculo de pago, cuyo precio habrá que devolver si se suspende la función. Da tristeza, ciertamente, el escasísimo número de personas (y todavía, alegrémonos de que existan algunas) que no se molestaron el reclamar, considerando que ante el enorme mazazo sufrido por las hermandades y por toda la ciudad en este año nefasto, qué menos que no aumentar esas pérdidas exigiéndoles lo que de todas maneras ya estaba entregado (es decir, no hablamos de un donativo extra, sino de simplemente no reclamar), y que buena falta les hará, este año más que nunca, para la inmensa labor de las hermandades.

Podíamos extraer de esto muchas conclusiones – la cultura reclamatoria, que casi está creando una nueva antropología. Viene a ser el culmen del nuevo tipo de hombre cargado de derechos y exento de deberes que se viene fraguando desde hace años… También podríamos hablar de Facua, y preguntarnos si sus actuaciones benefician realmente o perjudican a los ciudadanos (su instantánea intervención sacando el tema “del dinero de las sillas” cuando aún ni se asimilaba la enorme noticia de la suspensión de la Semana Santa, fue para muchas almas inocentes un verdadero shock). Pero centrémonos un momento en el Consejo. En por qué nos extraña que precisamente desde  allí se hayan sorprendido.

Hablábamos hace meses de la decisión de dicho Consejo, anunciada a bombo y platillo, de que a partir de ahora “al autor del cartel de Semana Santa se le pagaría, se le daría su remuneración” (que se fijó en tres mil euros). A muchos esto nos disgustó, y no porque nos duela que quien quiera que sea perciba una ganancia más o menos, sino por lo que implicaba. Venía a tirarse piedras a su tejado. Como si (aparte ya de que el autor del cartel adquiere en Sevilla una notoriedad que le supone un beneficio enorme, es decir incluso materialmente queda recompensado ya) el colaborar con la Semana Santa no fuera de por sí algo enormemente gratificante en sí mismo; como si el colaborar gratis fuera algo malo, fuera incluso inmoral. 

Si lo recuerdan, el Consejo dio ese anuncio –que en adelante el cartel “se pagaría”- con un aire de solemne virtud, como si se tratara de una mejora moral, como si se remediara una injusticia. Venía a participar de un extraño sistema moral, ajeno por completo al cristianismo, según el cual “toda actividad humana ha de ser remunerada”.  El reduccionismo de la idea de justicia al dinero puro y duro, preocupante en todos los ámbitos, es aquí especialmente destructivo.

Las hermandades insisten en que “son Iglesia”. ¿No es deseable entonces que muchos colaboren por puro afecto a la Iglesia? Incluso sin beneficio material alguno, sólo por la satisfacción de colaborar. Pero es que además se añade el placer, inmensamente gratificante para un artista, de ver su obra expuesta. Pero es que además se añade, como decía, la notoriedad y el aplauso. Pues no basta. Ha de ser pagado con una cantidad de euros, porque “el trabajar sin cobrar” suena a inmoralidad. Así piensa el Consejo. Pero entonces, ¿será inmoral el colaborar por una noble causa? ¿O ellos mismos dicen que su causa no es noble…?

¿Cómo extrañarnos entonces de la reacción del público que se había abonado a las sillas (estimulados, eso sí, en ese reduccionismo a dinero, por la desagradable actuación de Facua)?

Lanzo una hipótesis: tal vez muchos de los que han reclamado no sean personas especialmente tacañas o calculadoras. Tal vez no sean de las más reacias a colaborar con las Hermandades de Sevilla, tan dañadas y necesitadas ahora. No. Mi hipótesis es que muchos han actuado simplemente haciendo lo socialmente vigente, lo que todos hacen, lo que está bien visto, lo que se considera adecuado. Incluso lo que consideran su deber. Si todos los indicadores sociales (¡incluido el Consejo!) reducen el sentido de la justicia a dinero, dinero; si se considera inmoral el hecho de permitir que se realice actividad alguna sin su cifra de remuneración… de ahí se cae por su propio peso que, reducido todo a dinero, muchos crean hasta hacer algo “moral” reclamando la cantidad que se entregó por una actividad no realizada. 

(¡Cuánto podríamos extendernos! Podíamos indicar que tanto exigir transparencia monetaria a las Administraciones y a los bancos está muy bien,  pero que esa actitud no debe extenderse a otros ámbitos, como al familiar, el amistoso, el religioso; en ellos, partiendo de una confianza, es hasta destructivo el analizar tanto los céntimos. Como decía un amante de los conventos de clausura: “Cuando les doy un donativo a las monjas, me molesta que me expliquen con detalle en QUÉ se lo van a gastar. Le digo: Hermana, no me cuente. Se lo doy para que lo gaste en lo que le parezca”. Pero bueno, esto sería otro tema).

Con todo el cariño al Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla, y presentado esto como “crítica constructiva”…




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