El complejo de inferioridad de los católicos

No son pocos los ataques que sufre de un tiempo a esta parte la Iglesia Católica y sus símbolos. Desde ataques y pintadas en fachadas de templos católicos, pasando por insultos y hostigación a cofradías y procesiones de Semana Santa, como ocurrió hace pocos días en Valladolid, donde manifestantes que conmemoraban el aniversario de la República, entre ellos ediles socialistas, insultaron y violentaron a las personas que acompañaban la procesión del Domingo de Ramos, muchos de ellos niños.

Por supuesto, es un ataque constante a la Iglesia católica el querer implantar en la sociedad, como pensamiento único, la idea de que se puede disponer de la vida humana, sea la del no nacido, sea la del enfermo más o menos terminal, con razones como que la mujer y solo la mujer es dueña de su cuerpo o que cada uno es libre de decidir la hora de su muerte.

Desde los ámbitos de la izquierda, el “colectivo” (palabra horrible, por cierto, por lo que implica de amontonamiento, de despersonalización) que ahora se da en llamar LGTBI o las feministas radicales, se insiste en colocar a la Iglesia Católica y a los católicos en el centro de la diana de sus odios, como si estos fueran los únicos y exclusivos culpables de todos los males que aquejan a la sociedad. En relación a esto, por ejemplo, el pasado martes dos de abril unas ciento cincuenta personas se manifestaron en el exterior de la catedral de Alcalá de Henares y alrededor de treinta de ellas irrumpieron en el interior profiriendo gritos contra Monseñor Juan Antonio Reig Pla, en rechazo a los supuestos cursos para “curar la homosexualidad” que según eldiario.es se imparten en dicha diócesis. También, el pasado veinte de marzo dos mujeres jóvenes, ambas de menos de treinta años, fueron detenidas en Sevilla por robar y hacerse fotos ofensivas contra los sentimientos religiosos en la parroquia de San Julián. Por lo visto, el robo fue denunciado a principios de marzo y las dos jóvenes entraron al templo, que estaba abierto al público, aprovechando que no había nadie para hacerse fotografías y vestirse con la ropa que el sacerdote utiliza para celebrar la misa con la intención de burlarse.

Las revistas satíricas se ceban en motivos católicos para hacer burla y mofa de ellos cuando no son capaces de hacer lo mismo con otras religiones como la musulmana.

Últimamente se han dado incluso numerosos ataques a iglesias en Francia y otros lugares. Dos de las tres iglesias cristianas que sufrieron atentados el pasado fin de semana en Sri Lanka, y que arrojaron un impresionante número de víctimas, eran iglesias católicas. Y todo ello va a más.

Se utilizan los numerosos casos de pederastia denunciados en que sacerdotes (normalmente homosexuales) han abusado sexualmente de chicos (normalmente varones) prevaliéndose de su posición, hechos que desde luego deben perseguirse y erradicarse, sin duda, pero que ocurren en todos los ámbitos de nuestra sociedad, para condenar y demonizar en su conjunto a la Iglesia y a los católicos.

No se tiene en cuenta la grandísima labor misionera, asistencial, de atención a los necesitados, a los enfermos, a los inmigrantes, de acompañamiento, educativa, entre otras muchas, que desempeña la iglesia católica y por las cuales toda la sociedad, incluidos los no católicos, debería estar agradecida.

Hace poco, leía unas declaraciones del mediático pero lleno de sentido común juez Calatayud en las que venía a decir que se “cabreaba” con la Iglesia por no defenderse y combatir la ola laicista imperante. Que, a su parecer, la Iglesia debería dejar de prestar los servicios que presta a la sociedad (y que yo he brevemente relacionado antes) durante un tiempo para que esta fuera consciente del imprescindible papel que desempeña. Incluso, opina, y no sin razón, a nivel económico, pues ¿qué sería del gremio de la hostelería en muchos lugares de España sin las procesiones de Semana Santa?, y que son los católicos los que tienen que defender a la iglesia a la que pertenecen, terminando esas declaraciones con esta castiza y coloquial pero muy descriptiva y directa frase: “Los católicos tenemos que decir que la Iglesia es muy buena, con ‘hijoputas’ como en todos los gremios, pero que ya está bien de tomarnos el pelo”.

Y no puedo estar más de acuerdo, y lo dice alguien que ha sufrido, por circunstancias personales que no vienen al caso, altibajos en su fe católica, la que le inculcaron sus padres, como a la mayoría, no lo olvidemos, de españoles. La que hemos vivido desde pequeñitos, la que nos ha dado fuerzas y esperanza en muchas ocasiones cuando las creíamos perdidas y de la que, sí, también, a veces hemos renegado cuando el destino, la vida, nos trataba mal, muy mal, y no sabíamos por qué Dios nos hacía eso, por qué nos mandaba tanto sufrimiento.

Pero volvemos a asirnos a la fe de nuestros mayores, a la única que tenemos, para seguir adelante, para sobrevivir, para creer que no todo se acaba aquí. Que siempre nos espera algo mejor que Dios nos tiene destinado.

Por otro lado, la Conferencia Episcopal y, sobre todo algunas diócesis específicas en España (la catalana, la vasca, muy en particular) nos defraudan en muchas ocasiones y sostienen posturas difícilmente entendibles ni justificables.

Hace también solo unos días publicaba en este mismo medio mi amigo Miguel Ángel Loma un artículo que él llamaba “católicos, no papólatras”, y sí, amigo Miguel Ángel, a mí tampoco me entusiasma este Papa actual, de hecho me gusta bastante poco ese “peronismo” del que hace gala cuando expresa opiniones, como tú dices, “personales” e incluso políticas. Tampoco ayuda que sea, con diferencia, el Papa más alabado por la izquierda desde hace mucho, mucho tiempo.

Pero nada de todo ello, ni la actitud de ciertas diócesis, ni las tibias reacciones en ocasiones de la Conferencia episcopal, ni la simpatía o antipatía hacia un Papa concreto,  debe ser óbice para que yo no le guarde el respeto que en virtud de su condición de cabeza visible de la Iglesia le adeudo al Papa y lo defienda ante aquel que lo ataque por ser el vicario de Cristo en la tierra ni para que los que nos consideramos católicos, seamos más o menos practicantes, debamos abandonar los complejos y, también en esto, despojarnos de las ligaduras que nos impone la dictadura de la corrección política para defender aquello en lo que creemos y no dejarnos atacar.

Porque si no lo hacemos nosotros, no lo hará nadie.




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