El color olímpico de la impostura

Flaco favor se hacen y dañan a la inteligencia quienes ganan una medalla y se acuerdan de su color de piel o de su olor de pies, da lo mismo, porque con seguridad otros muchos con idéntica característica absurda no ganó medalla y nadie se entretiene en recordarle su pertenencia a semejante club, de rubios, o de zurdos, o de aficionados a la leche merengada o al chocolate.

El racismo, como el feminismo o como el nacionalismo, etc. tiene esas cosas, que presume y se enorgullece del espíritu colectivo que les posee y les domina de manera excluyente a la hora de los triunfos, pero jamás asume culpa alguna en la hora de los fracasos o de las atrocidades.

Nadie vio solidarizarse a alguien con los de su misma cantidad de melanina cuando se produjo una barbarie como las que a veces se registran en un país lejano y si una mujer la pifia o causa un daño irreparable, la feminista no tratará de acoger jamás en su seno identitario a la causante del mismo, de igual modo que esa tal Ana Peleteiro no querrá destacar que en Nigeria gente de ese mismo o parecido color asesina de promedio a 17 cristianos por día. Lógico y natural, así que mejor harían en plantearse otras señas colectivas de identidad, sean las de su pertenencia al equipo nacional en el que compite brillantemente o al del grupo de los deportistas que se esfuerzan por alcanzar un podio.

Esa especie de legitimidad auto otorgada para decir una sandez ofensiva para el resto de sus compatriotas carece además de ningún sentido, porque con o por España han participado muchas veces deportistas de otras razas y nadie atribuyó sus éxitos o sus fracasos al rizado de su pelo o al color de la piel.

Peleteiro se ha topado con el topicazo al uso del racismo que le late a ella en su interior con la superioridad moral de quien se siente por encima de los demás mortales, cuando la superioridad acreditable es la de su marca en un concurso deportivo en el que resulta del todo indiferente si tienes los ojos azules o de color limón.

No haré lista alguna de deportistas españoles que obtuvieron antes que ella sus medallas o sus éxitos y lucían parecida proporción de melanina en la piel, pero sí recordaré que las autoridades españolas auspiciaron en los procesos de descolonización de sus antiguas posesiones africanas que sus habitantes escogieran la nacionalidad, sin importar un bledo si se trataba de miembros de tribus del desierto sahariano o de vecinos de algún clan nativo de Fernando Poo o Río Muni, en la llamada Guinea Ecuatorial.

A nadie en España, que se sepa, le molestó jamás que lucieran méritos o medallas quienes las merecieron con su esfuerzo competitivo… y las hubo, como Niurka Montalvo, que terminó de diputada en el PP, así como en Podemos hay una ciudadana, hija de un diputado en Cortes del franquismo, que ocupa cierta Dirección General, ésta sí por su color de piel, pues quitaron a la que estaba porque alegaban que tratándose de un departamento sobre razas y otras yerbas, mejor que fuera negra. En Vox, en cambio, un descendiente de africanos ocupa la presidencia de su grupo parlamentario en Cataluña por méritos absolutamente ajenos a ese hecho.

No es un caso aislado, sino un fenómeno extendido de eso que denominan “racismo inverso” para eludir la obviedad de que el racismo en África es una constante muy grave, no sólo hacia eslavos blancos, hindúes o asiáticos, como en Zimbabue o Sudáfrica, sino que distingue y discrimina entre etnias, tonos de piel y rasgos más o menos señalados, sin que sea demasiado necesario apuntar los enconos entre tutsis y hutus en Burundi, entre zulúes y xhosa en Sudáfrica, entre fangs y bubis en Guinea, entre nuers y torits en Sudán o entre bambaras y dogones en Malí o Senegal.

Un síntoma de este globalismo idiota wokiprogre que nos inunda y que aplaude estas sandeces es que hay atletas que ya no compiten ni siquiera por países ni en las categorías establecidas. Una lo hace en el equipo de las ansiedades patológicas, otro por el equipo de su condición sexual, la otra por su raza, otro levanta pesas en nombre de sus cojones morenos sintiéndose, dice, mujer… y así un largo catálogo de inconsecuencias.

Lo mismo en vez de sonar el himno e izar una bandera a la hora de los triunfos debería escoger cada cual una canción que le represente… y entonces escucharíamos mil veces temas de tik-tok y reggaeton y tal vez ordenarían izar otras tantas veces la bandera de la agenda 2.030. Por cierto, en la bandera de los Juegos Olímpicos cada aro es de un color.

He dicho.




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