El código de valores de Hollywood

Poseer capacidades y medios para influir en los demás, hasta ser creídos fidedignamente, es quizás el instrumento más valioso para dominar el mundo; conseguirlo constituye el ansiado objetivo de muchos grupos que a lo largo de los siglos han buscado la dirección de la humanidad.

Estos grupos, que antaño fueron básicamente de naturaleza más o menos religiosa, hoy han sido sustituidos por poderosas elites políticas y económicas que, en nombre de laicos y grandilocuentes principios, aspiran a liberarnos de nuestras humanas infelicidades según sus muy discutibles criterios y valores.

Desde la mitad del siglo pasado, un excelente instrumento para influir en las personas y sociedades lo constituían las producciones de Hollywood: un mundillo que, pese a las poco edificantes «vidas ejemplares» de la mayoría de sus habitantes, sin embargo sí que nos transmitía en sus películas un código de valores positivo y edificante en la mayoría de los casos. A través de ellas aprendíamos a distinguir y apreciar el bien, la belleza, la justicia y hasta la búsqueda de la verdad.

Lo inquietante del momento actual es que aquel código se ha ido revirtiendo de manera tan sustancial, que ya es habitual que en muchas de sus producciones se nos presente el mal como bien, lo feo como bello, lo injusto como justo y hasta lo falso como verdadero. 

Una perversa influencia que no es casual.




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