El cine es una actividad artística y cultural que tiene una importante dimensión comercial. Igual que el fútbol o la moda, el cine es a la vez una industria que puede producir muchísimo dinero. Esa es precisamente la perspectiva que sobre el asunto tienen en Estados Unidos y creo que en ese país entienden bastante de cine. Para levantar un sector potente, como han hecho allí, es conveniente que los cineastas están pendientes de los gustos del público, para tratar de complacerlos, aparte de desarrollar de forma competente unas posibilidades técnicas cada vez más sofisticadas con las que elaborar un producto de calidad.


Pues bien, frente a ese paraíso del cine que son los Estados Unidos, el cine español reúne todos los requisitos para ser especialmente odioso, al menos en la consideración de un buen número de españoles. En primer lugar, debemos valorar su escasísima “rentabilidad”, indicativa al menos de cierta falta de empatía con el público. Resulta que en nuestro país se hacen muchas películas que prácticamente no ve nadie, que duran una semana o menos en cartelera o que no cubren, ni de lejos, los costos de producción. Según ha publicado recientemente Libertad Digital, el 40% de las películas españolas no recaudan siquiera ni los mil euros. Esto resulta verdaderamente escandaloso, y no me sirve de consuelo el que se diga, como hacen algunos, que “determinadas películas españolas no son tan malas; incluso que las hay buenas”. No dudamos que haya algunas películas españolas que son buenas, lo que decimos es que la mayoría son pésimas. Lamentablemente, las buenas son solo la excepción.

En la mayoría de los casos, los productores y los defensores de estos engendros se agarran a la necesidad de que “la cultura” sea protegida por los poderes públicos. Aducen que el gobierno debe sustentar un arte que es poco rentable en términos monetarios, pero que produce bienes morales como son la belleza y la calidad artística. Prácticamente vienen a decirnos que lo que ocurre es que ellos hacen un cine selecto y exquisito, solo para intelectuales, y no al alcance de la masa borreguil que no entiende sus mensajes. De este modo, miran por encima del hombro a esos palurdos yanquis cuyas películas son tan malas, que miles de personas están dispuestas a pagar su entrada para verla. Desgraciadamente, quienes utilizan esos argumentos no logran convencernos de que esas suculentas subvenciones realmente merecen la pena. Las críticas objetivas que reciben tales obras por parte de comentaristas prestigiosos suelen ser demoledoras, sobre todo cuando pasan un par de años y la subvención ha sido debidamente cobrada. Nada envejece más rápidamente que una película española; nos referimos a las que se han hecho en los últimos decenios. Y si no me creen, hagan la prueba: vean las películas que ganaron Goyas hace unos pocos años, si tienen valor. Nosotros nos preguntamos por qué en esta España en la que hay tantas necesidades (ya que los recursos son limitados) se despilfarra el dinero en producir esos bodrios que interesan a tan poca gente. También es muy valiosa la ópera, y la escultura, y la danza, y otras muchísimas especialidades artísticas, y a sus artífices no se les ocurre pedir ni la décima parte de lo que exigen estos insaciables gorrones. Tal vez la cosa sería entendible si el dinero público se destinara para artistas nobeles, o se condicionaran las ayudas a la promoción de intereses generales. Pero no: el dinero público se usa para engordar la cuenta de adinerados millonarios que están convencidos de que ellos son maravillosos y que los tontos son los demás.


Por otro lado, los resultados finales son objetivamente poco alentadores. Los temas recurrentes en el cine español son tópicos y ahuyentan a un buen número de espectadores: sexo descontrolado, drogas, obscenidades, vocabulario soez… Por supuesto, en este país hay libertad de creación, pero la fijación con ciertas realidades parece casi una obsesión. A pesar de la magnífica dicción que tradicionalmente han tenido siempre nuestros actores de teatro, los diálogos de muchas películas españolas resultan casi ininteligibles, cosa que a veces resulta preferible. Por supuesto, en tales cintas no faltará la irreverencia a la Iglesia, a los valores tradicionales y a la simple idea de España. Los mismos que se burlan de nuestra patria, dirán sin vergüenza alguna que el Estado debe patrocinar el “cine español”, porque hay que primar lo nuestro sobre lo de fuera. La causa de su bolsillo merece incluso argumentos xenófobos, en beneficio de individuos que no paran de llamar xenófobos a los demás. Incluso cuando hacen una película sobre el descubrimiento de América o sobre los últimos de Filipinas, el resultado es francamente bochornoso y rinde culto a todas las leyendas negras que puedan imaginar. De modo que tal vez lo mejor sea que no se metan en profundidades y dejen los temas patrióticos para quien realmente sienta un poco de orgullo por el pasado. En rigor cabría hablar de un cine “anti-español”, como reconoció implícitamente un personaje tan siniestro como Fernando Trueba. Mejor no decir más de él para no faltar a la caridad.

Para colmo, tan ilustres cineastas celebran anualmente una gala en la que se reparten entre ellos unos premios, que evidentemente no tienen más finalidad que promocionar sus productos. La ceremonia es un quiero y no puedo de imitación a las prácticas hollywoodienses, en la que suelen demostrar su acomplejado catetismo. Para colmo, en las referidas ceremonias, estos personajes no tienen el menor reparo en sermonearnos sobre todo tipo de causas que ellos entienden como muy justas y valientes, pero que casualmente solo sirven para abofetear a los de siempre. Se ve que ellos son muy reivindicativos. Pero casualmente, cuando, no hace tantos años, la ETA mataba españoles a mansalva, ningún cineasta español hizo la menor referencia a esa brutal forma de terrorismo, hay que suponer que más por cobardía que por complicidad. De modo semejante, nunca nadie de este mundo ha lamentado la situación de Cuba o de Venezuela, por ejemplo, que tiene tanta actualidad, ni la de los cristianos perseguidos en tantos países; pero rara es la ocasión en que ellos no denuncian a los Estados Unidos o a Israel, o a los gobiernos de la derecha. En fin un maniqueísmo sectario autocomplaciente y cada vez más cargante.

Por todo ello estamos deseando que muy pronto llegue al gobierno otro tipo de políticos, unos políticos que corten el grifo de las subvenciones, para que quienes dicen que hacen arte, lo hagan con su dinero, asumiendo los costes igual que asumen los beneficios en las escasas ocasiones en la que obtienen buenos resultados en taquilla. Estoy seguro de que, con ello, no solo nos ahorraremos una buena pasta, sino que el cine español ganará en calidad y en variedad. Tal vez entonces podremos decir que sí, que realmente existe un cine que es verdaderamente español y que tiene valor como obra de arte.