El cero de Pedrito

En el libro “Unas gotas diarias de humor”, D. Agustín Filgueiras relata la siguiente anécdota: Pedrito llega a casa con las notas y trae un cero en Matemáticas. El padre, al verlo, le dice muy serio: “Esto, Pedrito, merece un castigo, una buena paliza”. Pedrito le contesta: “¡Claro, papá! Y yo sé dónde vive el profesor”.

¡Qué resistencia a reconocer la propia responsabilidad!

Es fácil reclamar la libertad. Y se hace constante y abundantemente. Lo que ya no es tan frecuente y abundante es que se reclame, a la par, la responsabilidad que se contrajo. Quien se niega a responder de sus actos, no tiene derecho ni capacidad para ser libre.

Esta simpática anécdota alcanza el grado de paradigma de la situación política de nuestro país. Observamos perplejo cómo la clase política se echan unos a otros la culpa de los terribles sucesos que acontecen, y no me refiero exclusivamente al problema catalán generado. Lo cierto es que, al igual que Pedrito, nuestros políticos se merecen un cero por el rumbo perdido de sus acciones. Como aconsejaban los clásicos, la política debe perseguir el bien común; es decir, el ejercicio de las virtudes en la búsqueda de la verdad, el bien y la belleza.

Los representantes públicos ya no son esos buenos profesionales que acceden temporalmente a la política para, con su impulso, contribuir al bien común. La degradación ha llegado a un nivel tal que muchos tienden a falsear sus currículums para vivir eternamente de los presupuestos generales.

Las consecuencias las sufrimos todos. El único lenguaje legítimo es el hipotético y quien no está dispuesto a ver los valores como hipótesis revisables es tomado por un fanático intransigente. Para el cardenal Ratzinger El concepto moderno de democracia parece estar indisolublemente unido al relativismo, que se presenta como la verdadera garantía de la libertad. Se ha sustituido a Tomás Moro como referente de persona íntegra, honrada y con principios morales por la de Pilato que representa al ser desconfiado, incrédulo y vacío.

Esta dictadura del relativismo crea un nihilismo moral que fundamenta la democracia. España necesita de un partido formado por personas con valores, con convicciones y sin complejos.

Desgraciadamente el derecho positivo ha desplazado al derecho natural. Se ha impuesto la visión positivista de Hans Kelsen (Praga 1881- Berkeley 1973), lo que él llamó teoría pura del Derecho: un análisis formalista del derecho como un fenómeno autónomo de consideraciones ideológicas o morales, del cual excluyó cualquier idea de «derecho natural». Incluso llegó al extremo de defender la necesidad de imponer, con sangre y lágrimas si hiciera falta, la certeza relativista.

Otro pensador que ha calado notablemente es el estadounidense Richard Rorty (1931-2007), donde el punto esencial de la democracia es la libertad. Afirma que el único criterio de la moral y el derecho de que dispone la democracia es la convicción mayoritariamente compartida. La verdad y el bien pasan a un segundo plano.

Kelsen y Rorty propugnan una democracia y una libertad vacías. No es de extrañar que un nefasto presidente de gobierno, siguiendo estas doctrinas, se permitiera corregir a Jesucristo con aquello de “la libertad os hará verdaderos”.

Las repercusiones de estos pensamientos invaden todas las áreas del conocimiento. Incluso el arte ha abrazado un zafio ideal estético que consiste en programar sensaciones. El prodigioso Dostoievski sobre su novela El idiota dice “Lo bello es el ideal; pero el ideal, tanto aquí como en el resto de la Europa civilizada, ya no existe. Sólo hay en el mundo una figura positivamente bella: Cristo.”




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