El centro ¿de qué?

La entrañable novela de Julio Verne se titulaba: “Viaje al centro de la Tierra”. Diáfano y claro queda a qué se refería: al centro geométrico pues de esta bola que es el planeta.

Ojalá se viera igual de nítido a qué se refieren algunos en política con esa expresión de “centro”. El inaudito apoyo de Arrimadas a este singular Gobierno ha causado estupor general a numerosos ciudadanos; pero muchos periódicos lo describen simplemente, con toda naturalidad, como quien no quiere la cosa, diciendo: “El partido naranja ha decidido dar un viraje al centro”.

Así de casual. Y nos preguntamos: al centro, ¿de qué?

Una bondadosa maestra explicaba una vez a sus niños ciertas ideas básicas sobre lo que es un partido de izquierdas (más impuestos, para que haya más cosas gratis para todos, salen ganando los pobres) y otro de derechas (menos impuestos, para dar facilidades a que florezcan las tiendas, las empresas, etc, y así haya menos pobres). En esa pedagógica, simplificada distinción, se comprendía muy bien lo que era el “centro”. Un intermedio. Lo que popularmente se dice “ni tanto ni tan calvo”. Ni dejar de dar ayudas a los pobres, ni dar tantas que traiga más cuenta titularse “pobre” que ponerse a trabajar.

Otra docente, de Instituto esta vez, empleaba palabras parecidas refiriéndose a “reformistas” y “conservadores”, términos más empleados en el mundo anglosajón.  “Como el nombre indica, unos quieren reformarlo todo, y otros mantener las tradiciones”, explicaba pacientemente. También con bondad y buen sentido, añadía: “Bueno, esto no hay que entenderlo a rajatabla. No creo que haya ningún reformista que quiera cambiarlo todo, ni ningún conservador que piense que no hay que cambiar nada”. De nuevo, en su esquemática simplicidad, se podía comprender lo que significaba “ser de centro”. Un equilibrio. Sonaba incluso deseable.

Infantiles, cándidos razonamientos son estos. Pero en un mundo primario y básico como parece que habitamos (los milenios de civilización parecen haberse esfumado. Ni las preposiciones de nuestra lengua empleamos ya bien, ¿vamos a pedir razonamientos profundos?), habrá que volver a un lenguaje de párvulos para explicarse.

Entre dos bandos de ideales opuestos, pero ambos legítimos y defendibles, y ambos encaminados a un fin común (la prosperidad y el  bienestar del país) se puede intentar tomar lo mejor de cada uno; eso sería el centro. 

Pero si uno de los bandos quiere romper el país… el centro, ¿qué es? ¿romperlo en tres trozos en lugar de en diez? Si un bando quiere suprimir la democracia y gobernar por decreto, y anular el poder judicial, y establecer la censura de prensa y redes sociales…el centro, ¿qué es? ¿intentar que en vez de diez decretos se dicten cinco, y que en vez de censurar veinte artículos de opinión se censuren sólo diez? Si un Gobierno compra material a China, nunca a España, y encima es defectuoso, el centro, ¿qué es? ¿Comprar mitad buenos y mitad defectuosos?…

Nuestra idolatría de las palabras “diálogo” y “tolerancia”, que data ya de decenios, nos ha conducido a tal extremo que se nos ha olvidado la lógica. Tanta obsesión porque “no existen buenos ni malos” “nada es blanco o negro”, esas frases inculcadas desde el colegio y repetidas tantos millones de veces nos han destruido la conciencia de manera que, sin darnos cuenta, como no reaccionemos a tiempo, un día amaneceremos en el que no habrá efectivamente buenos y malos, blancos y negros, no, porque todo será uniformemente negro y sin ambages “malo”.

Entre lo legal y lo criminal no existe un centro, Inés.


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