El carcelero Sánchez

Mucho se escribe sobre el traidor Sánchez, sobre su gestión de la pandemia -¿qué gestión?-, sobre su apego al poder, al sillón, al wáter de la Moncloa, al papel higiénico gratis, eso sí, perfumado seguramente; sobre cómo se columpia en el Falcon, para arriba y para abajo, y en el plan Plus Ultra, millones para acá y para allá; su gusto por hacer de hado madrino (inclusivo soy) por doquier con su varita mágica para hacer posible cargos y presupuestos y así quedar como el príncipe azul ante los rojos que dicen pasarlas moradas. En nombre de toda esta camarilla de incompetentes, gracias, Sánchez, gracias, sigue volando con tus polvos de Campanilla.

Pero hoy quiero hablar del Sánchez carcelero, su faceta más genuina y por la que es posible que esté gobernando con mano caprichosa y criterio a conveniencia. Carcelero, sí, pero no en el sentido recto del término como celoso guardián de los condenados después de haber sido juzgados y sentenciados a cárcel justamente, no. Me refiero a esa otra acepción de carcelero, inventada por él, por su apego al wáter de la Moncloa y a su papel higiénico perfumado que allí se estila. Carcelero en el sentido corrupto del término, que no es otro que dejar salir por la puerta de atrás a los criminales condenados o por la puerta de adelante -su distorsión de los hechos lo ha convertido en un cara dura-, cuando debería mantener la puerta de la cárcel cerrada como dictaron las leyes y las sentencias. Su actitud, la de sus enanitos juguetones que revolotean por gratitud entre el polvo brillante que despide apestosamente su varita mágica, es la del carcelero irresponsable, interesadamente irresponsable, que mira para otro lado cuando los delincuentes se escapan bajo promesas de que van a ser buenos. Por lo visto le han convencido de que en alguna ocasión fueron un poco traviesillos por culpa del sistema injusto, por culpa de leyes antidemocráticas, por culpa de haber sido víctimas de la ojeriza de algún juez pendenciero. Y Sánchez, el traidor Sánchez, los ha creído. Bueno, los ha creído, no, ha creído que era lo mejor para que él siga cagando en la Moncloa y perfumando la faena con el maravilloso papel higiénico que cuelga de la pared. 

Hay que recordarle a Sánchez, al traidor Sánchez, que las travesuras de sus escapados de la cárcel del pueblo son acciones terribles, porque terrible es que un pistolero se acerque, por la espalda, a una persona y martillee su pistola -9mm Parabellum- contra la nuca del ingenuo y le salte la tapa de los sesos; terrible es que unos criminales mal nacidos -comandos, decían- pongan un coche bomba (no existen los coches bombas, sino coches que los cargaban con muchos kilos de dinamita) en la calle, junto a un cuartel de la guardia civil, al pie de un autobús, en el aparcamiento de unos grandes almacenes, con la finalidad de segar cuantas más vidas, mejor. ¿Para qué? Ellos sabrán. Terrible es que unos partidos políticos, detentando el poder y los recursos de nuestra democracia, den un golpe de estado; terrible es que desde el disfrute de los presupuestos generales del estado -los de todos los españoles- deseen e intenten destruir este país, España desde hace siglos; terrible es que, lejos de arrepentirse, sigan diciendo que lo volverán a hacer. ¿Y qué hace el carcelero Sánchez? ¿Cierra la puerta a conciencia? ¿Toca el silbato de alarma? ¿Persigue a los fugados? ¡Que no! Su actitud es la contraria. Se esconde en la garita de la Moncloa, oliendo el papel higiénico y mirando por la ventana del espacioso cuarto de baño a los árboles del jardín. Ve que los pajarillos cantan, las nubes se levantan, que sí, que no, que caiga otro chaparrón, que ya vendrán los enanitos relucientes con el polvo amarillo de su varita mágica a traerle más papel higiénico, de perfume reforzado, y decirle que los escapados están a salvo y que, por tanto, todos ellos, también. Sánchez, el traidor, el primero. 

Dicen en palacio que el carcelero duerme bien por las noches. No me extraña. El hombre acaba acostumbrándose a todo, a la traición, a la maldad y a la sevicia. A la bondad también, pero este no es el caso. 




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