El capitán Fracassa

Probablemente estaremos de acuerdo en que agosto es buen mes para disfrutar de esos libros que el ajetreo diario te impide saborear, al menos con la tranquilidad que el dolce far niente que acompaña a la canícula te hace gozar con más deleite, y es por ello que acostumbro a pasar sus días con una obra, ya sea novela, ensayo, poesía o narrativa, en las manos.

Entre las que me llevé este verano en vacaciones tomé una novela que no recordaba haber escuchado en mi vida, “El capitán Fracassa”, título que me echaba un poco para atrás (¿qué hacía a mi edad leyendo una novela de capa y espada sobre la Francia de Luís XIII?), pero cuyo autor, Téophile Gautier, me atraía por la curiosidad hacia alguien que había sido poeta, dramaturgo, novelista, periodista, crítico literario y fotógrafo, además de haber estado presente en el romanticismo y en el costumbrismo, considerado por algunos como precursor del simbolismo y de la literatura modernista.

Confieso que lo cogí por azar dentro de una colección de clásicos de aventuras que editó el Club Internacional del Libro a mediados de los ochenta del pasado siglo, y que adquirí en aquel momento con el ánimo de aficionar a mi hijo primogénito, entonces de pocos años, a los autores que tanto me habían hecho disfrutar en la adolescencia (Julio Verne, Alejandro Dumas, Robert L. Stevenson, etc.) No pensé que los tiempos iban a cambiar a una velocidad inusitada y que sus preferencias iban a ser otras, por lo que ahí quedaron los ejemplares, en la biblioteca familiar, a la espera de que alguna mano los retirase para disfrutar de su ágil prosa.

La trama, que por cierto fue llevada al cine en dos ocasiones, 1929 y 1960, está ambientada en el siglo XVII, y narra las aventuras del noble y arruinado Philippe de Sigognac, que afincado en su castillo en ruinas, se topa una noche con una compañía de comediantes que le pedirá cobijo para resguardarse del mal tiempo. Al día siguiente, seducido por el estilo de vida de los artistas y harto de su monótona y aburrida existencia, decide acompañarles en su viaje, sobre todo porque Isabella, la joven ingenua del grupo, es la chica más bella que ha visto nunca. El amor que siente por ella le llevará a jugarse la vida en duelos que no tenía previstos.

Me quedo con la moraleja de la historia, que no les voy a desvelar y, sobre todo, con la riqueza de vocabulario de sus páginas. Verán, desde hace tiempo acostumbro a tener un lapicero a mano cada vez que leo una obra, porque hay términos cuya acepción intento deducir del contexto, pero que no son de uso corriente. Los señalo con un círculo y, tras terminar la lectura, acudo a la web de la RAE para conocer su significado.

Quedé sorprendido al ver que habían sido cuarenta y seis las palabras cuyo concepto desconocía. Pensé que podrían ser galicismos, o vocablos usados en otra época, pero no. Prácticamente todas eran de uso actual, mas la acribia del autor (por algo ha pasado a formar parte de los clásicos de la literatura universal) le llevó a no escatimar esfuerzos para escribir con precisión todas las situaciones descritas.

En estas consideraciones me encontraba cuando recordé cómo se ha ido empobreciendo en las últimas décadas, la versación de nuestro lenguaje, en general, y la de los universitarios en particular, y ello tanto en la forma oral como en la escrita.

Así, me consta que muchos profesores renuncian hoy día a corregir la ortografía y la sintaxis de un TFG (Trabajo de Fin de Grado) porque a ellos “no les pagan para eso”, máxime cuando observan cómo el alumno, ¡a punto de concluir su carrera!, ni siquiera se ha tomado la molestia de utilizar el corrector ortográfico de su programa informático.

Los puntos y comas han desaparecido, las tildes parecen innecesarias, los signos de admiración o de interrogación sólo se colocan al final de la frase, el modo subjuntivo se confunde con el condicional, y casi todo se escribe en tiempo presente, sin los matices que te aportan las distintas formas del pretérito (perfecto, pluscuamperfecto, imperfecto e  indefinido), y esto sin querer profundizar más (tipo y tamaño de las letras, márgenes inadecuados, sangrías que no proceden, etc.)

La simplificación del lenguaje propicia que, al perderse los matices y sutilezas que permite un vocabulario amplio, decrezcan sustancialmente las posibilidades de formular un pensamiento complejo. Este estrechamiento de nuestro campo léxico puede parecer un asunto baladí, pero tanto Orwell, en su 1984, como Huxley, en Un mundo feliz, ya alertaron hace décadas de cómo las dictaduras utilizan las palabras, los tiempos verbales y los eufemismos para moldear el pensamiento.

Como escribió nuestro insigne Juan Ramón Jiménez, “Dame el nombre exacto de las cosas, que la palabra sea la cosa misma”. Son ellas, las palabras, las que propician el pensamiento y, por ende, las que nos hacen libres. Ojalá que no lo olvidemos.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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1 Comment

  1. Maria Soledad Lagüéns dice:

    Fabuloso artículo !! Espero haya disfrutado de su libro y que la palabra nos haga más libres.
    Un cordial saludo

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