La noche ha entrado, casi sin percibirse, en las calles de una ciudad ensimismada en el caótico orden que provocan las hermandades de aquel día. La ciudad dibuja una idealizada y hermosa Jerusalén que evoca la emoción antigua de un pueblo que vive la Semana Santa como algo casi genético. No se entendería Andalucía sin esta conmemoración que se pierde en los tiempos, aunque a los tiempos les pongan fecha de caducidad. Una conjugación de aromas embarga las emociones, esas mismas emociones que nos suelen jugar malas pasadas y que, en esta ocasión, nos conmina al vello enhiesto: es Semana Santa.


Es la celebración de los sentidos: los presentes y los pasados. Tradiciones en la tradición que pasa de generación en generación como quien adquiere de su predecesor un lunar o el brillo de la mirada. La memoria, celosa, guarda entre sedas los infantiles recuerdos de aquellas jornadas donde había que estrenar algo un Domingo de Ramos para que no se te cayesen las manos; los nervios de tus mayores que vestían con orgullo una forma de ser; el olor en casa de la túnica recién planchada que sobre la cama, o colgada con mimo, esperaba; la espera, mire por donde, que llegaba a su fin. Sí, infantiles impresiones que, quien más y quien menos, conserva en su fuero interno y que aflora en primavera.

No pasa nada. No es usted una mala atea –si lo es–, ni una mala asqueadora de cofradías, ni una escrupulosa de la tranquilidad, ni una fervorosa de la naturaleza de playa o sierra si a su mente acuden estos síntomas cuando están próximas estas fechas y ya prepara usted manta y carretera para perdérselas; es que forma parte de las costumbres, aunque las suyas no sean.


De verdad, no pasa nada. Si a usted no le gusta, si le crispa los nervios los tambores y las cornetas, si no soporta que las calles sean como las del Ikea y le digan hacia dónde sus pasos fueran, si detesta que manipulen su cotidianidad, yo la comprendo.  Si ver a un nazareno le produce picores de cabeza, si el olor a incienso le provoca alergia, si las bullas le dan nauseas, si las torrijas le asquea, si un viaje al centro de la ciudad es como meterse en una guerra, si pone la televisión y en una y otra cadena solo ve procesiones como quien de una pesadilla no se despierta, le entiendo… ¡de veras!

Si usted considera que estas son formas de vidas arcaicas, que no tiene ningún sentido en una sociedad cibermodernizada; si contempla con horror cómo el costalero o el cargador, por desconocida razón, castiga su cuello y espalda llevando sobre sí un trozo de madera consagrada; si cree – y no yerra– que bajo aquellos capirotes van los mismos que, devotos, antes y después son capaces de acuchillar a su prójimo por retaguardia; si la cursilería de presentaciones de carteles y demás pregones –mayores y menores– le sugiere al arte de la literatura una cuchillada, si le da arcadas esos abrazos que, delante de los pasos, falaces se dan quienes durante el año en la propia hermandad no se miran ni a la cara, razón no le quito en todo, porque de esta, en algo, no le falta.

Si cree que solo es una buena hucha para las carcomidas arcas, si no comprende por qué le imponen la religión en las calles –aunque no pase nada porque otros impongan en laicas procesiones ideologías perversas–, si le estalla la aorta porque no soporta la doble moral del cristiano que su medalla con desmedida pasión lleva aunque solo pise de cuando en cuando la iglesia, también me uno, en alguno de esos porqués, a su sorpresa.

Pero doña Rocío, la de las treinta monedas, ahora que está usted en posición de ciudadana consejera, no se me arrepienta. Ahora que ha pasado un lustro desde que escribiera en un diario de Huelva lo que su corazón le dijera, no… no se olvide de esas monedas. No traicione en doscientas ochenta letras a la verdad que siguiera. No se desdiga. No diga, como ha dicho, que aquella Rocío no es esta. No se esconda bajo la naranja veleta que señala donde el viento escoja. No pasa nada, le insisto, si la Semana Santa de su bien mirar no sea, pero que haya sido irrespetuosa, que haya criticado lo que a todo hijo de vecina le suceda y haya hecho mayor hemorragia por católico que este sea, es un gesto que ahora, lógico, se le afea. Porque, señora mía, con el respeto, aunque de la opinión contraria fuera, no se juega; pues de ser falso y pecador no se libra ni el santo padre que en Roma veneran, ni el político de turno que por el pueblo jura que su vida diera. Que ocultarse bajo un cofrade antifaz no cura de la inmundicia, como no la cura no ser cristiano, pero ni usted ni nadie es quién para ser juez y sentar cátedra de lo que sobre la fe de otros respecta.

Recoja esas monedas y piense bien qué hará con ellas porque, por un despacho, cinco años después,  señora Ruiz, usted, como Judas, también ha vendido aquellas ideas.