El barrio judío

Si hay un episodio recurrente en la Historia Universal que siempre me ha llamado la atención, ha sido el de la persecución del pueblo judío. A todos se nos vienen a la mente, cómo no, el holocausto perpetrado por los nazis durante la segunda guerra mundial; su expulsión de España por parte de los Reyes Católicos; los “pogromos”, palabra de origen ruso con la que se define el linchamiento multitudinario, espontáneo o premeditado, acompañado de la destrucción o el expolio de sus bienes, realizados contra los judíos en Rusia (los más cinéfilos recordarán el contexto de la película “El violinista en el tejado”); etc.

Pues bien, en Sevilla tenemos un barrio que concentraba en la Edad Media a toda la población judía: el barrio de san Bartolomé, collación situada entre la Puerta Carmona y la Puerta de la carne, con calles estrechas, de difícil acceso al tráfico rodado y poco transitadas, donde, ingenuo de mí, siempre imaginé a una colonia de judíos residiendo allí pacíficamente hasta la expulsión decretada por los Reyes Católicos.

Los amigos de la empresa Atrium, que tan buena labor divulgativa realizan para todos los interesados en conocer más a fondo nuestra ciudad, me sacaron del error en una reciente visita, y me hicieron entrar en la humildad de quien ahora sabe que esta bendita ciudad de Sevilla también tiene sus páginas negras, según paso a relatarles.

Ya en los siglos V y VI se constata la existencia de una notable comunidad judía habitando por estas latitudes. Como buenos diplomáticos, favorecieron la llegada de los omeyas y se mantuvieron muy cerca del poder del califato cordobés, pero con los almohades sólo tenían dos caminos: conversión o muerte, si bien un pequeño grupo pudo subsistir hasta la llegada de Fernando III (1248) que los protegió y les concedió prebendas, hasta el punto de controlar villas como Paterna o Palomares.

Sus habilidades financieras para prestar y, lo más difícil, cobrar, les hicieron prosperar, lo cual les permitió construir mansiones señoriales, y a esto se le añadía sus notables conocimientos científicos en el campo de la medicina: a los cristianos les estaba prohibido practicar autopsias, mientras que ellos sí podían realizarlas, lo que provocaba que la nobleza, en caso de enfermedades graves, acudiera a ellos.

Este progreso económico despertó recelos en el pueblo llano y, como casi siempre, la envidia empezó a hacer mella en muchos cristianos que veían como ellos continuaban en la indigencia mientras la mayoría de los judíos prosperaba.

El cóctel estaba servido, y sólo hizo falta que alguien prendiera la mecha para que la tragedia tuviera lugar. En efecto, la peste de 1348 había hecho estragos demográficos en toda Europa y se culpaba al pueblo semita de envenenar los pozos; la monarquía autoritaria de la casa de Trastamara y su relación con los judíos no era bien vista por el pueblo, y las encendidas predicaciones del arcediano de Écija Ferrán Martínez culpando a los judíos de la muerte de Jesucristo, iniciaron un primer motín el 15 de marzo de 1391 en Sevilla con revueltas que acabaron en saqueos, incendios y el asesinato de varios judíos, revueltas que se extendieron a las principales juderías de las ciudades de casi todos los reinos cristianos de la península ibérica: las coronas de Castilla y Aragón y en el reino de Navarra

La revuelta más grave fue la de Sevilla, donde residía la segunda comunidad judía más grande de España, tras la de Toledo. Tres meses después de aquel 15 de marzo, el 6 de junio, la población cristiana enfurecida atacó masivamente la judería, saqueando y quemando las casas. Se ha dicho que entre 2.500 y 4. 000 judíos fueron asesinados, aunque la mayor parte se vio obligada a aceptar el bautismo para salvar sus vidas. ​ Según cuentan algunos historiadores, muchas mujeres y niños fueron vendidos como esclavos a los musulmanes.

Este suceso provocó una gran ola emigratoria, tanto dentro de la península ibérica (al principio, en dirección a Portugal) como fuera de ella (posteriormente, hacia el norte de África) y hacia localidades hoy turcas, como Estambul o Esmirna y trajo como consecuencia que ha llegado hasta nuestros días, que las antiguas sinagogas de esa zona se convirtieran en templos cristianos: San Bartolomé, santa María la Blanca, Santa Cruz o el convento de Madre de Dios.

Entiendo que es bueno conocer y divulgar esta página de nuestra Historia local para no juzgar desde una pretendida superioridad moral a pueblos que cometieron atrocidades contra los judíos, porque como escuchó aquel grupo dispuesto a lapidar a la mujer adúltera, “aquél de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra” (Juan 8, 7).

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com 




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

1 Comment

  1. José Antonio Molino dice:

    Conocía este episodio histórico, que nos muestra, bajo la perspectiva del siglo XXI, no solo la desgracia del pueblo judío sino la estulticia moral en que puede llegar a caer una sociedad manejada por fanáticos y cuyos miembros tiene que vivir en la ruina o en la miseria por culpa de esas convicciones. Las arengas del arcediano Martínez no se me antojan muy diferentes de las diatribas nazis para culpar a los judíos alemanes y no alemanes de todo tipo de desmanes, y ambas tienen el trasfondo de una sociedad empobrecida, que se agarra a un clavo ardiendo como excusa para salir de su postración. En cualquier caso, es verdad que el pueblo judío parece como si estuviera realmente maldito desde la noche de los tiempos, cuando en muchas ocasiones, su única culpa era ser inteligentes, productivos, buenos administradores, etc, etc y ha sido la envidia de los otros la que siempre les ha traído desgracia. Shalom…..

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *