El bar de la esquina

Vas caminando y te das cuenta que la cafetería de la esquina del colegio de tus hijos ha colocado, de nuevo, los veladores en la acera. Sientes una extraña satisfacción interior que casi deseas compartir con los empleados y el dueño de aquella y para celebrarlo, como movido por un resorte entre la gratitud, el entusiasmo y la solidaridad entras a pedir, como quien dice a celebrar, tu tostaíta con su café.

Lo han escrito, entre otros, el maestro Burgos por activa y por pasiva, así como el gurmé malaje por antonomasia de Sevilla, Eusebio León; y es que la hostelería, desde un bar de barrio hasta un cinco tenedores cum laude no ya solo nos ofrece un servicio gastronómico, social, generador de riqueza económica para la ciudad; de, por qué no, tipismo, cultural… Porque es innegable que el propio y el ajeno busca, en cada caso, el lugar que lo desemboque en un bienestar interior como aquel que encuentra su propio Dorado. Y a esto voy. Y es que nuestros bares, nuestras cafeterías, nuestras bodeguitas, nuestros restaurantes, a pesar del malajismo que se les atribuye a quienes nos despachan, tienen no un efecto placebo, sino directamente medicinal.

No lo nieguen. Díganme que mientras han tenido sus persianas metálicas echadas estos lugares del comercio y bebercio no han notado como una especie de vacío. Como si les faltase algo. Pudiera ser el desayuno vespertino, la tapita del mediodía, el cafelito de media tarde… Pudiera ser, casi más seguro, la sensación de orfandad, de que algo nos faltaba; de tristeza acumulada en sus alrededores donde hasta hace solo un año, ¡un año!, acudíamos inconscientes del bien psicológico que nos hacían estos establecimientos. Sitios donde departir, compartir y, por supuesto, donde evadirnos.

La hostelería no solo es motor económico, como citaba; es motor, así de simple, para aquellos que tienen que coger impulso o ponerse a ralentí a cualquier hora del día. No les digo ya para quienes viven de ella.

Pues sí. Esta mañana volví a ver colocados de nuevo los veladores de mi cafetería de referencia. Y sí, me alegré de ello como si me hubiesen hecho un regalo inesperado. Volví a degustar mi media con su buen jamón y mi solo, como bien me prepara mi vecino, dueño de aquella, mientras leía las noticias. Y mientras leía las noticias saltaba en una de estas que don Jesús Aguirre, consejero de Sanidad, alertaba de la posibilidad de una cuarta ola. Terminé de desayunar y sin levantarme del asiento me así la mascarilla. Por mí no será que mi vecino tenga que cerrar de nuevo.




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