El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. El hermano Toribio (II)

El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. El hermano Toribio (I)

Estimados lectores: como ya os comenté el domingo pasado, hoy se publica la segunda parte del artículo dedicado a este interesante personaje, el hermano Toribio.

En su nueva sede, la casa llamada de la Inquisición Vieja de San Marcos, Toribio destinó la sala principal a oratorio, donde se practicarían los ejercicios espirituales, suprimiendo las salidas para oír misa y parece que la devoción de los vecinos les hizo costear la capilla; después señaló el sitio para la escuela de instrucción primaria, con los útiles necesarios ( libros, cartillas… ), señaló otro sitio para la clase de gramática destinada a los jóvenes que quisieran seguir el estado eclesiástico, además de refectorio, lavadero y oficinas, así como espacio para albergar talleres de oficios que resultaran útiles al hospicio. 

Ahora, Toribio comprendió que solo no podía seguir enseñando a sus niños, que necesitaba ayuda,  y tuvo la suerte de encontrar maestros dedicados a enseñar a leer y escribir, cuentas y gramática latina,  que se ofrecieron de forma voluntaria y gratuita ya que los salarios hubieran minado sus escasos recursos. Estos maestros habían sido examinadores públicos, hábiles docentes; siempre que llegaba uno nuevo  el mismo Toribio se aseguraba de que hiciese una confesión general y estuviese perfectamente instruido en la doctrina cristiana. Los niños que habían asistido a la escuela en la casa de la Alameda fueron los primeros en recibir enseñanzas de estos maestros, porque estaban habituados a la disciplina y podían aprovechar mejor las lecciones. A estos maestros se les sumaron dos modestos eclesiásticos, que también enseñaron gratuitamente,  además, tenía educadores que normalmente eran antiguos niños reformados coordinando, cada uno de ellos, un grupo de menores. 

A medida que su obra iba prosperando y comenzaba a gozar de algún desahogo, Toribio, preocupado  porque sus muchachos iban saliendo de la comunidad sin conocer ningún oficio, amplió su obra organizando el aprendizaje de oficios, montando talleres para hacer a sus acogidos auténticos hombres de provecho y que les permitiera ganarse la vida honestamente.

De este modo, fueron llegando al hospicio buenos maestros de oficios para que cada niño escogiera  el oficio que quisiera  o por el que sintiera cierta inclinación, pero después de haber sido educado en la escuela. Toribio no permitía que salieran de la Casa  hasta que no hubiesen aprendido  completamente un oficio, estuviesen instruidos totalmente y tuvieran una edad adecuada; cuando terminaban su formación y salían del hospicio se les proporcionaba patrón o casa donde trabajar y poder subsistir, consiguiendo que sus muchachos  se establecieran en  Sevilla. El primer oficio artesano que se estableció en la casa –hospicio, como el más necesario,  fue el de zapatero ; el taller de zapatería se abrió bajo la dirección de un maestro experimentado que entusiasmaba a los jóvenes, logrando sacar tan buenos oficiales que después los buscaban todos los maestros artesanos de Sevilla, disputándoselos .Pasado algún tiempo ,se montaron otros talleres artesanos como los de sastres y  polaineros, cardadores de lana y tejedores de paño basto, que ofrecieron grandes economías a la comunidad, porque todos estaban calzados y vestidos. A éstos les siguieron talleres de carpintería, herrería,  cerrajería,  cuchillería, latonería, etc… El hospicio se convirtió en una comunidad autosuficiente porque los diversos talleres les permitían vestirse e incluso vender algunas menudencias elaboradas por ellos mismos.  Por ese motivo  toda   Sevilla  estaba  volcada en mantener el hospicio de los niños Toribios, que llegó a tener hasta más de 200 niños a la vez. Además,  Toribio trajo maestros de dibujo, pintura y grabado. 

Por esta época (1729) estuvo la corte establecida en Sevilla temporalmente llamando la atención del rey Felipe V  y de la familia real la procesión de los Toribios. Le encantó al monarca la noticia de la fundación del hospicio ( y aún más al infante don Carlos, futuro Carlos III, el cual, al subir al trono, recordó en más de una ocasión con placer la grata y dulce compostura del hermano Toribio, al que había admirado en Sevilla) , por lo que Felipe V ordenó al Ayuntamiento que se asentase el hospicio definitivamente en un buen  sitio fijo, cerca de la puerta de Triana, donándole una ayuda económica de las arcas reales, y dotando a la institución de maquinaria y talleres para la enseñanza laboral. Y así logró el hospicio, con la aprobación y aceptación del rey, los más felices progresos, siendo admirado y estimado por toda Sevilla, hasta llegar a erigirse en un centro de condiciones muy favorables para la educación de la juventud descarriada o abandonada, saliendo los acogidos muy bien instruidos religiosa y laboralmente. Muchos llegarían a ser diestros oficiales o maestros, y otros, con el tiempo,  figuras del ámbito religioso, de las artes, de las letras, etc… ( catedráticos, misioneros apostólicos, cirujanos, maestros docentes, oficiales de marina, artistas distinguidos…) , que se preciaban de haber pertenecido a los Toribios, haciendo público su agradecimiento y reconociendo que debían todo lo que eran al Hospicio del hermano Toribio y a sus saludables consejos y corrección.

Fue tal su buena fama que algunos padres de familia enviaron al hospicio a aquellos hijos suyos que, por desidia o mala índole, se habían hecho incorregibles, para que, con sujeción y disciplina, fueran educados correctamente, dando ayuda económica  para que los mantuvieran de forma similar a los demás miembros. Estos jóvenes se llamaban ejercitantes.

También el rey Felipe V invitó a Toribio y a sus niños acogidos a visitarlo en su residencia del Alcázar, y, contando ya con el beneplácito del rey y la gran fama adquirida, Toribio obtuvo permiso para recoger a más niños desamparados y andrajosos y pequeños criminales  para convertirlos en hombres de bien en los pueblos próximos a Sevilla. Portaba cartas credenciales del Asistente (Conde de Ripalda) que, incluso puso a  disposición de Toribio a sus alguaciles, facilitando así su labor, yendo acompañado de sus acogidos  de más confianza. Iba Toribio con sus muchachos a las plazas y sitios más públicos, entre la multitud  observaba percatándose rápidamente de los chavales que necesitaban su ayuda. Con su celo y experiencia los atrapaba sin ruido y los llevaba al hospicio, acompañándolos  de pie por los caminos, siempre vigilante para evitar el riesgo de cualquier fuga o deserción, poniendo a los detenidos bajo la custodia y control  de los niños de la Casa de su confianza.  Estas salidas eran muy frecuentes, bien porque lo llamaban, o bien por propia iniciativa, y durante estos viajes dejaba encargados del cuidado y asistencia del hospicio a algunos de los niños de mayor edad,  a quienes daba sus particulares instrucciones. Nunca a su regreso encontró desgracia o desmán digno de reprenderse, ni siquiera algunas travesuras, lo cual asombraba consideradas las circunstancias de los niños acogidos en aquella institución que, a expensas de la caridad cristiana y a los cuidadosos esmeros del hermano Toribio, iba creciendo tan prodigiosamente. Con este método logró capturar a muchos niños y tuvo tal éxito y su fama creció tanto que fue recogiendo también a los mayores,  en poblaciones mucho más alejadas de Sevilla, (tales como  Carmona, Écija, Jerez, Arcos de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda, Puerto de Santa María, Cádiz, etc…), trayéndosele a algunos, y buscando a otros, llegando a tener hasta autoridad para prenderlos.  Entonces, las autoridades animaron a Toribio de Velasco a que intentase una empresa de mayor envergadura que sirviese igualmente al bien público y empezó a capturar a vagos y maleantes a los que tuvo que llevar atados hasta el hospicio, sometiéndolos  a  la   misma  disciplina  que  había aplicado a  los más jóvenes ( juicio de la comunidad y veinticuatro azotes ).  Al  parecer, a algunos  criminales y viciosos  la corrección y el ejemplo del hospicio los transformaron completamente, enmendando su vida y siendo útiles a Toribio, convirtiéndose en buenos ayudantes a su servicio.  

A pesar de todo ,Toribio sufrió algunas calumnias que circulaban por Sevilla  respecto a  sus intenciones sobre los favores reales y los donativos que recibía para sus acogidos, acusándolo de egoísta y de malgastar dichas ayudas, por lo que , en todo momento, se hizo acompañar por dos de sus niños que oían sus conversaciones, incluso las más privadas con el Arzobispo y el Asistente, y observaban todos sus actos para preservar de toda crítica perniciosa la obra que tanto  esfuerzo y empeño le había costado crear. 

Toribio de Velasco murió pronto, pues enfermó gravemente en agosto de 1730, y  en su testamento nombró como albaceas  al arzobispo Luís de Salcedo, al asistente Conde de Ripalda,  al vicario general Antonio Fernández Rojo,  a los priores de los conventos de  San Pablo y de  Regina y al abad del monasterio de la  Cartuja, y  como  sucesor en la dirección del hospicio a Antonio Manuel Rodríguez, fiel e íntimo compañero y confidente, bien  instruido  por él siéndole de gran ayuda en  en su actividad durante toda su vida, y por tanto considerado como la persona más idónea para tal función. Fue aceptado por la comunidad por sus cualidades, el cual continuó con las normas y el mismo espíritu reformador de Toribio, aunque no por mucho tiempo, pues a partir de 1749, tras su muerte, empezó el declive del Hospicio. La muerte de Toribio  conmocionó a Sevilla, hasta tal punto  que se llegó a imprimir su  testamento para satisfacer a los sevillanos; su entierro fue de gran solemnidad y tan multitudinario que tuvieron que intervenir los soldados engañando a  muchos vecinos diciéndoles que se celebraría al día siguiente. Su cadáver fue depositado en una caja de madera y acompañado por 150 niños con velas y un gran número de clérigos y notables sevillanos hasta el convento de San Pablo donde se le dio sepultura al pie de la tumba del dominico  fray Pedro de Ulloa. Se cuenta que tenía el semblante risueño al morir.

Sin embargo, el hospicio de los Toribios  fue decayendo poco a poco, (a pesar de algún intento para mantenerlo durante el reinado de Carlos III) siendo dirigido por personas poco idóneas para el cargo, sin el celo, tacto, bondad e inteligencia de Toribio y de su sucesor.  Fue perdiendo su carácter de educación, de reforma  y desvirtuándose sus funciones, dejando de ser un hogar amoroso (donde se ofreció cobijo, corrección, educación y un oficio  a un número bastante numeroso de pequeños delincuentes, que si no hubieran encontrado al hermano Toribio, hubieran acabado sus días en la horca o, en la mayoría de las ocasiones, en la cárcel) para convertirse en  un triste y duro correccional, casi sinónimo de prisión, y sin apenas benefactores,  siendo odiado por el pueblo sevillano e incapaz de recuperarse y perseverar en el tiempo, impidiendo también la consolidación de instituciones análogas que empezaban a crearse  en otras partes de España. 

Como ya se comentó en su momento, el Hospicio tuvo varias sedes a lo largo del tiempo. En primer lugar, se trasladó a una casa en la Calzada de la Cruz del Campo, junto al monasterio de San  Benito  en 1733;  posteriormente, tras la expulsión de los jesuitas durante el reinado de Carlos III, el Hospicio se ubicó en el Colegio de San Hermenegildo  y en 1788 la institución pasó a denominarse Real Colegio de Niños Toribios, y popularmente, la Casa de los Toribios.  Finalmente, en  1802, hubo  un  nuevo cambio de sede, ocupando la institución la Casa-Palacio de los Pumarejo, hasta 1823 que se cerró, desapareciendo la institución y quedando solo su recuerdo. 

La  obra  del  Hermano  Toribio  fue  similar  a la  que, a finales  del  siglo  XIX , se fundó en  Freeville  ( Nueva York ), institución dedicada a la corrección de jóvenes delincuentes con excelentes resultados, correspondiendo por tanto a España la iniciativa de esta clase de instituciones correccionales. 

También   se  han   considerado, en  cierto  modo,  como  herederos  de la institución de los Toribios, por su carácter protector, educador y reformador, a los Tribunales Tutelares de Menores.

Así mismo, el Colegio-Hospicio de los Toribios se considera un modelo de reforma y corrección de los menores delincuentes y un antecedente de los centros de reforma y de los actuales centros de internamiento de menores.

Aunque su obra desapareció, pero Luís Toribio de Velasco no ha caído en el olvido, pues existen actualmente en Sevilla un Colegio de Educación Infantil y un Centro de Acogida de Menores que llevan su nombre. 




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