El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. Cardenal Ambrosio Ignacio Spínola y Guzmán

 

Hola de nuevo, queridos lectores. Transcurrido este intervalo de descanso, prosigo con mi labor de publicación de artículos históricos en prensa.

Hay otro personaje, también perteneciente a la Colección Montpensier, cuyo retrato pintó Pedro Núñez de Villavicencio, que tuvo su importancia en su momento, en la Sevilla de su época, ya que durante su pontificado ocurrieron varios hechos dignos de mención.

Ambrosio Ignacio Spínola y Guzmán fue un prelado español, hijo de don Diego de Mexía y Guzmán, marqués de Leganés y Morata y primo del Conde-Duque de Olivares y de doña Policena Spínola, hermana del cardenal Agustín Spínola. Pertenecía a la ilustre familia de los Spínola, oriunda de Italia y afincada en España.

Nació en Madrid el 7 de enero de 1632, y habiendo quedado huérfano, al morir su madre cuando tenía siete años, fue acogido bajo la tutela del Conde –Duque que se lo llevó a la Corte para servir de menino al príncipe Baltasar Carlos. Decidió consagrarse a Dios, y en 1643, su tío, el citado cardenal Spínola, siendo arzobispo de Santiago de Compostela, se lo llevó allí, le confirió la primera tonsura clerical, y, una vez concedida la dispensa de edad por el papa Urbano VIII por tener solamente once años de edad, le concedió una canonjía, agregándole la dignidad de prior de la catedral compostelana. Promovido el cardenal Agustín Spínola al arzobispado de Sevilla el 16 de enero de 1645, Ambrosio Ignacio le acompañó como familiar suyo.

Allí en Sevilla estudió Artes en la universidad y colegio mayor de maese Rodrigo, siendo posteriormente canónigo y arcediano de la Reina; luego marchó a Salamanca, donde concluyó sus estudios, graduándose en Teología y Cánones y llegando a  ser rector de aquella célebre universidad en 1652. Algún tiempo después, en 1654, fue canónigo y capellán mayor de la Catedral Primada de Toledo y en 1656  fue ordenado sacerdote bajo la protección de su tío, el cardenal Agustín Spínola y nombrado Inquisidor, en cuyo cargo dio muestras de talento y sabiduría. En poco tiempo, tuvo una fulgurante carrera episcopal avalada por sus méritos personales: El 13 de abril de 1665, a propuesta del rey Felipe IV por Real Cédula de 15 de diciembre de 1664, el papa Alejandro VII lo nombró obispo de Oviedo y recibió la consagración episcopal el 18 de septiembre  de 1665 en la iglesia de la Encarnación de Madrid, tomando posesión de dicho obispado a través de un procurador. El 30 de enero de 1667 la Reina gobernadora Mariana de Austria expidió una Real Cédula promocionándolo como arzobispo de Valencia, nombrándolo como tal el papa Alejandro VII el 7 de marzo de 1667 y tomando posesión de la sede arzobispal a través de su obispo auxiliar el 23 de junio de 1667 (en este período en dicha ciudad se concluyeron las obras de la construcción de la capilla de la Virgen de los Desamparados). No obstante no llegó a desplazarse a Valencia, pues cuando se disponía a marchar hacia allí, fue promovido a la mitra de Santiago de Compostela el 20 de julio de 1667, nombrándolo como tal el papa Clemente IX el 7 de abril de 1668 y tomando posesión el 30 de abril. En agosto abandonó Oviedo, trasladándose a Santiago de Compostela, y entrando en su nueva diócesis el 2 de septiembre de 1668. El 11 de agosto de 1669  Mariana de Austria lo presentó para la sede hispalense y el 7 de octubre fue nombrado arzobispo de Sevilla por el papa Clemente IX, tomando posesión el 29 de noviembre de 1669 y entrando en dicha capital el 11 de enero de 1670, en la que permanecerá el resto de su vida. 

Fue un ejemplar arzobispo de Sevilla con fama de santidad y benigno carácter,  y por su labor al frente de la sede hispalense se le puede considerar como uno de los prelados más representativos del siglo XVII calificándosele como “el gran arzobispo de la caridad”. En su conducta personal fue celoso y desprendido hasta el extremo en la práctica de la caridad, en grado verdaderamente heroico, durante las calamidades que sobrevinieron en su  diócesis de Sevilla y en una época en que gran parte de la labor asistencial recaía sobre la Iglesia, Spínola cumplió fielmente con sus obligaciones pastorales : socorría con trigo a los conventos pobres en las pascuas de  Navidad y Resurrección; repartía  una cantidad considerable de alimentos a manos llenas a los numerosos  pobres que acudían a las puertas de su palacio arzobispal;  todos los jueves daba de comer en su palacio a 13 pobres en memoria de Jesucristo y de  los Apóstoles, sirviéndoles en la mesa  asistido de sus familiares y, al acabar de comer, les besaba las manos depositándoles un par de reales a cada uno de ellos; visitaba  con frecuencia los hospitales, llevando comida cada quince días y socorriendo a los enfermos; no consentía que se despidiera a ninguno por falta de cama, manteniendo de su cuenta a los que no podían sustentar el alojamiento. Su caridad fue tan grande al remediar las necesidades que padeció Sevilla en 1678 y 1679, que tuvo que pedir prestado a los piadosos sevillanos, apelando a su generosidad. Su misericordia llegó al extremo en la gran sequía de 1679 a 1684, con pésimas cosechas, repartiendo pan entre las numerosas personas que acudían al palacio arzobispal. Para este fin, dio orden de abrir un postigo lateral en la fachada, donde sentado en un sillón repartía personalmente pan a diario; así mismo, durante  la grave inundación que asoló Sevilla en el invierno de 1683 -1684  para conseguir dinero con el que socorrer a los pobres, vendió su vajilla y otros objetos de valor (sus sortijas y un pectoral de ricos diamantes que solía usar en las fiestas solemnes) y subió a la Giralda para bendecir con el lignum crucis los cuatro puntos cardinales de Sevilla e implorar a Dios para que librase a la ciudad del azote de la inundación, pero lo hizo descalzo para mayor penitencia, cogiendo una pulmonía a consecuencia de la cual moriría al poco tiempo. 

También atendió distintas obras de piedad y de caridad, y durante su pontificado ocurrieron otros hechos dignos de destacar, tales como la fundación de la Casa Asilo para sacerdotes pobres y enfermos ( el llamado Hospital de Venerables Sacerdotes en 1676, que incentivó él tras relacionarse con el canónigo Justino de Neve, aprobando sus estatutos y declarándose primer hermano de dicha entidad ), promovió la construcción del Convento del Pozo Santo ( 1682 ), el inicio de la construcción de la actual iglesia del Salvador (1674) y de la Universidad de Mareantes (1682, futuro Colegio de Náutica de San Telmo ). Cabe  destacar  la culminación del proceso de canonización de San Fernando (Fernando III el Santo) en 1671, por breve del papa Clemente X, aprobándose oficialmente su culto, y erigiéndose, por tal motivo, un monumento en la catedral de Sevilla en el que intervinieron, entre otros artistas, Murillo, Valdés Leal, Pedro Roldán y Bernardo Simón de Pineda.

Además, en aras a reformar la moral de su arzobispado, ha de mencionarse su contribución a la supresión de los corrales de comedias en Sevilla, solicitando al rey Carlos II  la total prohibición (asistido en ello por Miguel de Mañara, Hermano Mayor de la Santa Caridad,  amigo y contemporáneo suyo, y con la colaboración del propio ayuntamiento), siéndole concedida tal petición en 1679 por el Consejo de Castilla,  así como la conversión al cristianismo  en  1672  de 23 musulmanes, que fueron bautizados solemnemente por él en el trascoro de la catedral, tras famosas predicaciones en la cuaresma de dicho año. 

Asimismo,  encargó la construcción de un oratorio en el cuarto bajo del palacio arzobispal,   decorado con pinturas de Valdés Leal (sobre la vida de San Ambrosio) entre otras obras,  y  en uno de cuyos cuadros se representó al  propio prelado (obras que fueran sustraídas por el mariscal Soult y actualmente están  dispersas). Apoyó decididamente a la Compañía de Jesús,  encargando a los jesuitas  varias misiones populares. 

Durante su pontificado, Ambrosio Ignacio  fue testigo del entusiasmo que había en Sevilla en la defensa del misterio de la Inmaculada Concepción, produciéndose también la conversión de Miguel de Mañara (con quién tenía amistad) después de una vida frívola y arrogante. 

También reunió una numerosa biblioteca formada por obras impresas y manuscritas, bien valorada y  de  contenido muy variado (religiosas, de historia, de arte, de viajes, científicas, etc…) cuyo destino se ignora, aunque parece lógico que la donara a la Compañía de Jesús a la que estuvo tan vinculado.

 Falleció el 14 de mayo de 1684 pues su salud se había resentido a consecuencia de  la enfermedad  que contrajo por culpa de la inundación de 1683 ( como ya se comentó en su momento, al parecer, pulmonía al andar descalzo en penitencia ) y su cadáver se veneró en la capilla de San Laureano de la catedral de Sevilla hasta el día 17, donde se celebraron los funerales por la mañana, trasladándose sus restos mortales por la noche de ese día a la iglesia de la Anunciación de la Casa profesa de la Compañía de Jesús  ( como dejó ordenado  en su testamento ) para que reposasen  junto a los de su tío Agustín, hasta que ambos fuesen trasladados al panteón de la iglesia del también colegio jesuítico de la Inmaculada  Concepción (también llamado de las Becas), cuando estuviera en condiciones de acoger ambos cuerpos(entonces en construcción), y del que había sido patrono su tío el cardenal  Agustín Spínola. El definitivo traslado  de los restos de ambos prelados al reseñado colegio tuvo lugar el 4 de marzo de 1710, una vez  concluida la iglesia  y depositados en su panteón como patronos  bajo la capilla mayor.  Las vicisitudes  que este templo sufrió con ocasión de la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767 (hoy inexistente), hizo que desapareciesen los despojos mortales de estos dos insignes y beneméritos prelados, Agustín y Ambrosio Ignacio Spínola, quedando borrado todo recuerdo de ellos. 




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