El árbol “sagrado”

Hay noticias que, leídas por encima, parecen hasta inocentes, y acaso sean las más dañinas. Lo insidioso es siempre lo peor.

El hecho es este: los vecinos de un barrio (y ya el modo de presentarlo suena democrático, civilizado; los vecinos decidiendo sobre su ciudad, como los refinados cantones suizos. No son “unos gamberros, unos extremistas”, son “los vecinos”. Incluso de habla de “asociaciones vecinales”– no cabe más predisponer a su favor) ha salido a protestar… ¿contra qué? ¿Contra las mil obras innecesarias que arbitrariamente emprende este Ayuntamiento – para gastar el dinero que le sobra y sin importarle, además, el consiguiente derroche energético que al ciudadano particular se le restringe? ¿Contra la peatonalización, remodelación de espacios, cambios urbanísticos a capricho y a placer? ¿Contra la invasión de paneles informativos e ideológicos que alteran la visibilidad, adoctrinan, y contaminan (producir esos gigantescos plásticos, ¿no daña el medio ambiente?)?

No, han salido para defender “un árbol”. El singular es lo llamativo. Se puede y se debe amar a los árboles, benéficos “surtidores de sombra” y de vida. En Sevilla no parece que se les quiera mucho. Frecuentemente el Ayuntamiento ha arrasado con los que le ha parecido, de un día para otro y sin preguntarle a nadie. Los que diariamente recorrían la Avenida hace unos veinte años, una tarde se encontraron, en el tramo que va desde la Puerta de Jerez hasta el Archivo de Indias, en vez de la habitual sombra de los enormes árboles, un descampado con los desolados  redondeles, a pocos centímetros del suelo de la tala aún fresca… Un perjuicio directo a la calidad de vida de los paseantes; un golpe despótico y cruel hacia “los que viven por sus manos” y no tienen otro coche que el de San Fernando. ¿Cuántos minutos de benéfica sombra le han quitado, día a día, a millones de personas…? ¿No es esto lo mismo que quitar el pan de la boca del pobre?

Y también, más recientemente, desparecieron de la noche a la mañana los bellísimos de la Plaza de San Lorenzo (en este caso, al menos, alguna vaga excusa se dio, sea vera o no, de que “tenían una enfermedad”). Diariamente temblamos por los hermosísimos, muy similares, que quedan ante la fachada principal de la Magdalena. Y en fin, recordemos la propia Plaza Nueva, la del Triunfo, la explanada delante del palacio de San Telmo. ¿No había árboles?  En algún caso se han repuesto, pero la tala, en su momento, se realizó por las buenas sin más.

Y ahora la prensa se hace eco de que una asociación vecinal quería “salvar” a un árbol en concreto (“salvar” dicen, como si hablaran de un náufrago; es decir, de un ser humano), ¿público? ¡Ah no! (contra el Ayuntamiento ya vemos que no protesta nadie): la protesta es contra una iglesia, a la que pertenece la pequeña explanada donde se encuentra el árbol, y obligada por tanto a mantener la zona y su seguridad, que, en vista de que el árbol estaba ya amenazando seriamente pensaba talarlo.  Los argumentos del párroco, según recogía la misma noticia, sonaban razonables (parroquia arruinada –cosa fácil de creer-, mantenimiento inviable, informe técnico carísimo pagado por ellos que lo constataba), pero la cuestión va más allá. 

En una ciudad donde el Consistorio no pregunta ni nadie protesta, antes de talar árboles públicos, ¿se puede sin embargo atacar a un particular que haga lo que le dé la gana con su jardín? Es uno de los desafueros de esta noticia. El ciudadano, que acepta su indefensión frente al poder, se dedica a atacar la escasa libertad que le queda al ciudadano de enfrente.

Pero de fondo subyace además… la sacralización de un árbol en concreto. No se argumenta aquí a favor del beneficio al ciudadano, la sombra, etc, sino en nombre de una especie de moral, una especie de “derecho” a la vida (el que justo se otorga a los animales cuando se le quita a las personas) de este vegetal.

No es casualidad que el árbol sacralizado sea justamente ese, el perteneciente a una iglesia. El nuevo templo ha de levantarse sobre los restos del anterior.

(En la Germania medieval, el misionero San Bonifacio tuvo que enfrentarse a los devotos del dios del trueno, representado en un árbol sagrado. Sudó mucho, pero acabó convenciendo a los germanos de que el árbol no es “dios” sino criatura…)

La iglesia trianera en cuestión es por cierto hija de Santo Domingo, el santo que más espacio ocupa en la Divina Comedia de Dante (junto con San Francisco de Asís, y con Santo Tomás de Aquino- dominico este último). Un santo que tuvo la misma relevancia que su contemporáneo San Francisco, en su momento y a lo largo de los siglos, y al que, si España fuera como Italia, le dedicaría más atención (el día de San Francisco es festivo en toda Italia; que es un país tan descristianizado como España, pero al que le quedan algunas migas más de orgullo patrio. En España no es festivo ni el de Santiago su patrón…).

¿Qué harán ahora como venganza, atacarán el templo parroquial, le prenderán fuego…? Un grito de auxilio lanzo por los dominicos de San Jacinto.

Claro que luego se entra en la iglesia, y nos salta a la vista el gigantesco letrero a la derecha: “Enciende una vela por Ucrania”.

Nadie está en lo que está.




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