El apocalipsis de los payasos

En la primera semana de este mes de mayo, un amigo impulsó una sencilla encuesta sobre el coronavirus entre los usuarios de Facebook. Antes de que dicha red social la detectara y procediera a bloquear su expansión, cuando ya llevaba recopiladas las respuestas de casi 400 usuarios, la encuesta ya se había hecho viral a través de otras redes diferentes y, en apenas seis días, logró obtener más de 2.500 cuestionarios válidos de toda España, aunque con alguna preponderancia en la muestra del entorno de Sevilla y Andalucía, que es el lugar de donde partió la misma y también el de buena parte de sus agregados primarios más cercanos.

Una vez tabuladas todas las respuestas, los resultados venían a coincidir con bastante exactitud con los datos oficiales recogidos en los distintos medios de comunicación en cuanto a positivos registrados en la familia nuclear, test realizados, mortalidad y letalidad, etc., si bien con posibles desvíos inciertos, quizá, como ya he apuntado, por esa pequeña prevalencia de usuarios de Sevilla y alrededores.

Sólo un dato de los obtenidos llamaba la atención de manera muy significativa. Me refiero a la calificación obtenida de los encuestados en lo que se refiere a la gestión de la crisis sanitaria por el Gobierno de España, ya que el CIS afirmaba que alrededor del 88% de sus encuestados afirmaban que dicha gestión había sido hasta la fecha buena/muy buena y en la encuesta de mi amigo sólo el 5,1% valoraban de ese modo la tarea desarrollada por el Gobierno. Otro 5,3% se apuntaban a que preferían no responder a esa pregunta.

Por mi cuenta y riesgo, yo sumé ese 5,3% a quienes opinaban favorablemente, suponiendo que, si no la respondían, era sólo porque de manera partidista les daba vergüenza calificar la atrocidad de buena/muy buena.
Incluso sumándolos así, el resultado habría sido que un 10,4% valoraba positivamente la labor gubernamental, lo que arrojaría un 89,6% en desacuerdo y, por tanto, un desvío monumental con los datos cocinados por Tezanos en el CIS.

Se pueden introducir todas las desviaciones explicativas que se quieran para justificar ciertas cosas, pero el desvío y la incongruencia que supone señalar que se está 1.500 km al Este de algún punto, cuando en realidad la posición es de 1.500 al Oeste de dicho punto, representa una categoría abismal, sólo en parte explicable al reconocer el 70% de los encuestados por el CIS que son votantes habituales del PSOE, a los que cabría sumarles otro porcentaje de Podemos y otras opciones de izquierda. Me parece que así se aclara todo, incluido el porcentaje de escaños que el CIS le sigue otorgando al partido del mayor embustero que haya dado nuestra Historia.

Con motivo del referéndum para aprobar el nuevo Estatuto de Autonomía de Andalucía, un instituto de encuestas de la Junta de Andalucía, el Capdea, dirigido entonces por un capcioso catedrático de Sociología que había sido candidato a la Alcaldía de Granada por el PSOE y que integró la Junta Electoral Central en las elecciones del pasado noviembre que originaron el actual gobierno, pronosticó en una encuesta que la participación en dicho referéndum rondaría el 64%. El resultado final fue una participación en torno al 36%, de tal modo que si el pronóstico de dicho Instituto hubiese sido que no iría nadie a votar ni a favor ni en contra, se habrían ahorrado los esfuerzos y el dinero y casi habrían estado más cerca de acertar que con el bochornoso vaticinio efectuado.

Pero a Sánchez y a sus secuaces les vale todo en cuanto a manipulación se refiere. George Orwell fue timorato en su recreación de la distopía infernal que concibió tras su experiencia dentro del comunismo y el anarquismo. Ni siquiera la experiencia del complementario nazismo, que no le sobrevivió y que había fenecido al terminar la guerra, le sirvió para abundar en los excesos que llegaría a alcanzar el socialismo en las próximas décadas.

La verdad es que resulta clamorosa la supervivencia aún de la maraña y la utopía socialista (¡no digamos ya del comunismo!) en nuestros días, a pesar de no haber logrado en cien años un sólo mínimo ejemplo que permita sostener la fe en la obtención de la menor prosperidad o felicidad de sus habitantes bajo su régimen de aplastamiento de las libertades y del mismo individuo.

En 1982, cuando Felipe González ganó las elecciones por mayoría absoluta, la cifra de paro era del 17%. En 1996, cuando Aznar le tomó el relevo, el desempleo había alcanzado el 22,8%.

De 1996 a 2004, con el PP, esa cifra cayó al 11,5% y entonces el inefable Rodríguez Zapatero la logró elevar en 2011, en sólo 7 años, hasta el 21,3%.

Con Rajoy, entre 2011 y 2018, la cifra se redujo de nuevo al 16,6%, pero con Sánchez (y ahora Iglesias) en el poder, en sólo 18 meses, hemos entrado… en el Apocalipsis. El marcador del paro ha reventado las agujas de su reloj y el PIB está en extremaunción.

No deseo entretenerme en explicaciones idiotas sobre las crisis, sean financieras o sanitarias, porque entonces, tal vez, podría incurrir en el esoterismo de atribuirle al gafe de esta gente cada fracaso, lo que les invalidaría para siempre. Creo que aún les beneficia que no le atribuya cada uno de sus desastres al mal fario que les acompaña y mejor dejarlo en que el socialismo en general, el comunismo en particular y la facundia vana y la inoperancia del sanchicomunismo muy especialmente, sólo producen miseria, corrupción y destrucción en todo lo que tocan.

Sánchez e Iglesias, dos flipados de novela, con la escasa preparación y dotes para gestionar el presupuesto de una taberna, son el epítome exacto del stalinismo huero, la revolución canca e improductiva de las nuevas anormalidades de los payasos, la conjunción bufa de todas las hecatombes y todas las desgracias de un siglo de fasciocomunismo.

Sólo en una fantasía post orwelliana, con una masa infantilizada y semi analfabeta, cabía tanto despropósito y tanto disparate.

He dicho.




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