Si hablar del amor romántico parece cosa de evasión, repasen la “penúltima” noticia de actualidad: se proyecta acabar con el poder de veto del Senado, a través de una ley relacionada con la violencia de género; y se insiste en que esa violencia (por increíble que suene) se debe últimamente a los conceptos patriarcales tradicionales, incluyendo la idea del amor romántico, en la que erróneamente se cree que los jóvenes de hoy se han educado. Sí, así es.

Recientemente una rectora o vicerrectora de Universidad declaraba en una entrevista que, para luchar contra los “estereotipos machistas” que seguían teniendo, preocupantemente, los más jóvenes, pues que desde su cargo consideraba imperativo el “reeducar las emociones” de los jóvenes universitarios, siendo uno de los puntales de esa reeducación el acabar con el concepto de “amor romántico” que, al parecer, causa tantos males y tantos estragos.


No sabía que entre los cometidos de los profesores universitarios pudiera estar el “trabajar las emociones” ni “educar las emociones”. Si es así, ciertamente podemos pensar que la Universidad española tiene problemas aún más graves que el, hoy tan comentado, de repartir títulos con alguna ligereza.

Pero dejando a un lado, aunque es asunto gravísimo, el que desde la Universidad se planteen semejantes cosas, lo cierto es que esa extraña línea de argumentación (los jóvenes, pese a tantos años de “concienciación” en igualdad de género, siguen teniendo estereotipos de tal; esto es malísimo; para eliminarlo, hay que acabar con la idea del amor romántico, que es la culpable de todo) se oye con mucha frecuencia, en voces de políticos, y de “expertos” varios del mundo de la educación y de las letras y de la sociología.

Hasta se ha acusado a los cuentos de hadas, y especialmente a la Cenicienta, de tener la “culpa” de todo (del patriarcado opresor, y últimamente, del maltrato a las mujeres). Hay versiones que sustituyen el hada madrina por Cenicienta ahorrando ella con su trabajo de limpiadora, pagando la Seguridad Social, y comprándose ella los zapatos. Un cuento para soñar.

La cuestión es, ¿tan malo es el amor romántico, y la caballerosidad a la antigua? A veces oigo decir: “Pues mejor es un hombre que no te abra la puerta y no pague el café, pero que te respete como persona”, como si una cosa implicara automáticamente la otra. Cuando más bien es al contrario. Osaría afirmar que precisamente los hombres que aún practican lo que se llamaba caballerosidad –abrirle la puerta a una señora, dejarla pasar primero, etc- son los más propicios a escuchar una mujer, a valorar su opinión, a estimarla en todos los sentidos, incluído el profesional.

Y en los países donde comen ellos primero, y la mujer las sobras; donde caminan ellos primero, y las mujeres van detrás, cargando con las bolsas… pues no son muy propicios para el bienestar de una mujer, antigua ni moderna.

Pero dicen y repiten que hay que acabar con los cuentos de hadas, y con la noción del amor romántico. Y los que eso propugnan, ¿no ven que esa tarea está hecha ya?

En los cuentos infantiles clásicos se transmitía la imagen más noble y bella, idealizada, del amor. Pero no es eso lo que se inculca hoy a los niños – ¿han visto lo que dan en las series “infantiles” más populares? La Cenicienta y similares están desterrados desde hace mucho. Sustituidos por cruda información higiénico-sanitaria-visceral del “amor”. Los resultados están a la vista.

Elucubración fantástica: Casos como el desgraciado y hasta grotesco de  “la Manada” en Pamplona, ¿se habrían producido entre chicos y chicas influenciados por las Rimas de Bécquer…?