El alcalde que odiaba a los poetas

Al alcalde arboricida de Sevilla, Juan Espadas, le parecen un peligro público los defensores de árboles, pero lleva en su apellido el apetito.

Suponemos que su expreso deseo, a micrófono abierto por un descuido, de haber matado a alguna activista de la Asociación “Ni un árbol menos” sólo se refiere a ella como metáfora y su verdadero objetivo se reduce a sangrar la savia vivificadora de las alamedas y los alcorques vacíos para sustituir el verde de las rotondas con césped artificial, que alguien se lo estará llevando muerto.

Sevilla tuvo una alcaldesa, la primera, que era todo lo contrario, una fan entusiasta de dotar de sombra esplendorosa las avenidas y las plazas y de mantener limpios los jardines y las flores, pero a Espadas todo eso debe parecerle una tontería como de señoritas o de María de las Mercedes. Era una alcaldesa del PP y se llamaba Soledad Becerril.

Espadas ha logrado lo que nadie hubiera imaginado, que nos acordemos de aquellos años en que Soledad y Alejandro Rojas-Marcos, desde el Patio de Banderas a la calle Castelar y viceversa, se tiraban pellizcos de monja o se hacían la una al otro la puñeta, y al contrario, pero se incentivaban mutuamente para la mejora del ‘negocio’.

No sabemos si el alcalde Espadas, con su aspecto tan de senador por Texas o de gobernador de Colorado, es alérgico al polen de los castaños de Indias y de los jacarandás, pero en la plaza de Refinadores, la estatua de Don Juan Tenorio le recita ya sus versos silenciosos a la última palmera solitaria, la única que de momento ha resistido el ataque del escarabajo egipciano, que asesina a la colonia mientras lucen y permanecen los muñones de los caídos por la patria.

El afán del equipo de gobierno, con el apoyo podemita y de C’s, es el rayo que no cesa de Miguel Hernández, tan amigo y tan querido de los poetas de Falange, que proclamaba en sus primeros versos aquello de “Un carnívoro cuchillo/de ala dulce y homicida/sostiene un vuelo y un brillo/alrededor de mi vida”.

A Miguel Hernández lo tuvo escondido secretamente tras los muros del Alcázar el cantor otoñal y preclaro defensor de los jardines sevillanos Joaquín Romero Murube, para protegerle de las turbas guerracivilistas cuando pretendía llegar a Portugal, donde le habían ofrecido residencia y paradero en Lisboa. Pero Miguel Hernández se perdió en el campo, a la altura de la localidad (casualmente el nombre) de Rosal de la Frontera, donde fue detenido y entregado a las autoridades españolas.

Pero lo de Espadas no es una novedad, sino un trending topic socialista, que inauguró su pasión aizkolari con su antecesor Alfredo Sánchez Monteseirín, el que nos dejó la Avenida de la Constitución como un tablero de cemento y piedra y la única sombra que le legó a la ciudad era de madera muerta, la de los infinitos paneles de las setas de la Encarnación que nos costaron “un huevo de la cara”, que diría Pérez-Reverte, con su guasa.

Es mala suerte, u otra cosa, que no tengamos hoy a un Nicolás Monardes que desde la joyería “El Cronómetro” de la calle de la Sierpe, donde tuvo su jardín indiano, nos recopilara un álbum de americanas semillas (oblicuo de Sevillas) y se ocupara de la botánica sencilla de nuestras calles y plazuelas.

Pero no es sólo el centro histórico, la del Gran Poder y El Silencio, sino que la procesión va por barrios, y desde Sevilla Este a Los Remedios, las aceras lucen con los alcorques secos como trampas para búfalos, ciclistas o viandantes, o como cacódromos improvisados de canes y colillas.

Es un desafuero esta moda impenitente y esta desidia municipal incompetente que más parece insidia arboricida que descuido y que deja a la ciudad de los jardines de los Montpensier regalados a Sevilla, como un parque de skating y no como el lugar mágico en el que princesas enamoradas, ataviadas con blanca mantilla que parecían rosas de té, cuidaban dalias, nardos y claveles para perfumar de pasiones el aire sevillano.

No hay poesía posible en esa Sevilla de abrótano macho y asfalto, donde el único verde que nos va quedando es el desvaído verde del carril de las bicicletas, que recorre como una sierpe nuestras calles y sortea los agujeros cuadrangulares de los alcorques muertos como los ojos secos de una calavera inmensa.

Esa Sevilla municipalizada, en la que se extiende como una mancha la alfombra del césped artificial o de mentira y en la que ‘habría que matar” a la participación ciudadana, no es de recibo, señor Espadas.

Sevilla necesita ‘luces’, como siempre, pero también sombras que iluminen y protejan del resplandor vano y cegador que acompaña a algunos próceres.

He dicho.




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