Si hiciéramos una encuesta entre la juventud española, y más concretamente entre la juventud universitaria española, acerca de su actitud y disposición respecto a los problemas de la naturaleza, la conservación y preservación del medio ambiente, el tan traído y llevado cambio climático, la contaminación, la suciedad, el ruido… y en resumen, la ecología y el cuidado de nuestro entorno y de toda la tierra en general, no cabe duda de que la inmensa mayoría de nuestros encuestados, por no decir la totalidad, se definirían como acérrimos defensores de la naturaleza y de un combate activo contra cualquier práctica o costumbre que afectase a la salud entera del planeta. Y no serían pocos, los que se manifestarían dispuestos a ofrecer parte de su tiempo en la defensa de esas labores, incluso sin retribución económica. 

Pero a quien no viva al margen de esos lugares de las ciudades donde se suelen concentrar -más o menos espontáneamente- un número importante de jóvenes, tampoco le cabrá duda de que todo ese discurso de generosos sentimientos, desprendidas adhesiones y dolientes preocupaciones en abstracto, tan propiamente juveniles, choca frontalmente con la triste incoherencia de la realidad entre lo que dicen y lo que practican cuando se refiere a sus ámbitos más cercanos.


Porque allí donde exista una reunión masiva de jóvenes con un mínimo ambiente festivo, por muchas advertencias que se les hagan sobre el uso de contenedores, papeleras y depósitos de residuos con que cuentan, cuando abandonan el espacio que estuvieron ocupando lo dejan con la huella de toda clase de botellas, latas, envases, papeles, desperdicios y las más variadas basurillas, incluidas las fisiológicas. Y eso sin mencionar la estruendosa contaminación acústica que suelen generar durante la ocupación.  

Por supuesto que no son todos ni todas, porque bastantes hay que ni siquiera participan en ese tipo de concentraciones; e incluso en éstas también los hay que sí que practican lo que dicen. Como seguro es también, que comprobando la «ecológica» firma que dejan tras de sí los más guarretes, son éstos quienes acaban imponiéndose al resto, dejando fatal a todos.