Donde hay dolor

Alguien dijo que donde hay dolor es tierra sagrada. Y yo, que creo en eso, pienso que por esa tierra deberíamos andar de puntillas. Por esa tierra deberíamos guardar un estremecedor silencio en vez de condenar.

Presuntos expertos en cuidados paliativos, se han atrevido con el asqueroso asco de sus criterios y arrojarlos a las espaldas cansadas y hasta agotadas  del marido de María José Carrasco, sobre las que llevó una cruz de treinta años de peso. Un auténtico y enamorado cirineo de su mujer.

La parte de la sociedad que ahora se escandaliza por lo que ha hecho Ángel Hernández de común acuerdo con su esposa, es de por sí más escandalosa que lo que le ha puesto los pelos de punta. Y entre esa sociedad, me parecen lamentables los artículos en ABC de Juan Manuel de Prada  -un irrazonable que se erige en patente incuestionable de la razón-, y de Alberto García Reyes, capaz de establecer que podemos hablar con tranquilidad de lo no experimentado en carne y sangre propia (qué de hervores le faltan a un hombre así, que la vida lo libre de estar en el ruedo en lugar de la barrera, la que lo separa de un calvario de tres décadas mientras él, salvo por un pregón, apenas ha pisado la calle de la Amargura).

La Iglesia, cómo no, otra vez ha vuelto a creer que está fundada por Cristo y puede administrar a su antojo los imaginarios pronunciamientos de Dios, vestido de triste, desde la Conferencia Episcopal. A estas alturas, estoy seguro de que el Evangelio no es palabra de Dios ni de que te alaban, Señor. A estas alturas de históricos y sucios intereses ocultos del Vaticano, de tantas manipulaciones y deformaciones, de textos apócrifos, de decir diego donde hubo un digo, de cambiar la semántica a su antojo, de años donde pedíamos perdón para las deudas, pero después pudo ser por las ofensas, a estas alturas ya sé que el Evangelio no es más  -ni menos- que el esperanzado sueño de los hombres porque al otro lado de esta vida nos aguarde un Ser que nos quiera tanto como se ha contado de Él. Deseo que su abrazo haya sido inmenso para María José. Y su beso grande sobre la nueva piel sin esclerosis como una terrible crucifixión. Dejad a Dios que abrace, dejadle que bese, dejadle que dé, allá arriba o donde sea, la bien preparada sorpresa que fulmine  tantas miserias y sufrimientos de aquí donde tantos luchan por resucitar.



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