Don Vicentito en los tabancos de la Alameda
La Sacristía

En los años veinte del pasado siglo hubo un personaje en Sevilla que comía de lo que pillaba en las fiestas de la Alameda de Hércules, al que los artistas flamencos llamaban Don Vicentito. Era inglés, un tipo bohemio, guapo y sin una peseta. Tenía la habilidad de hacerse amigo de los cantaores y se metía con ellos en La Europa o La Sacristía para cenar gratis y beberse hasta el agua de las macetas. Llevaba siempre una libreta grasienta y una pluma estilográfica que le había regalado un cantaor de prestigio, el amo del cante de la época, Antonio Chacón, de Jerez de la Frontera. Cuando el señorito que pagaba la fiesta preguntaba que quién era Don Vicentito, sacaba la libreta y la pluma y se ponía a tomar nota de todo. “Es un periodista inglés que está escribiendo un libro de flamenco”, le decían. Y el señorito lo dejaba que estuviera en el cuarto y, claro, como era escritor, lo hartaban de jamón y manzanilla. Don Vicentito era mi bisabuelo, casado con Ana Gómez Caño, de San Bernardo, que tuvo una floristería en la Puerta de la Carne, El Rosal. 

En honor a él, de mi bisabuelo, escribiré algunos artículos de flamenco, afición que heredé precisamente porque mi padre, uno de sus nietos, me contaba la clase de aficionado que era. El torero Antonio Fuentes lo protegía mucho y gracias a su generosidad podía llevar algo a su casa. Un día, Don Vicentito supo que tenía una grave enfermedad, tuberculosis pulmonar, y se tiró a un pozo que había justamente donde hoy está el campo del Sevilla Futbol Club, una huerta abandonada. Entre sus pertenencias, que siguen en casa, había apuntes de las fiestas a las que asistió a lo largo de su corta vida y fotografías de sus ídolos flamencos: Chacón, la Niña de los Peines, El Portugués o el guitarrista Currito el de la Jeroma. Firmaré, pues, como Don Vicentito, el deseo expreso de mi padre. No soy flamencólogo, sólo un empresario al que le gusta el cante jondo antiguo, nada de invenciones. Será una buena manera de resucitar a aquel inglés que se vino a Sevilla desde Londres por un desengaño amoroso y que acabó casándose con una castiza sevillana del citado barrio, cuna de más toreros que flamencos.




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