Don Miguel, tenemos un problema

Me dirijo, interpelo más bien a don Miguel de Cervantes y a otros tantos Migueles que en nuestra literatura han sido, son y serán. Sí, a Unamuno, Delibes, Mihura, Hernández y a todos quienes compartan este nombre, Micaelas y Miguelas incluidas, si es que han sido o son escritoras.

Y también me dirijo a quienes tan contentos proclaman el metaverso como la panacea. Verán, como saben, este -verso no tiene nada que ver con la poesía, sino con el cosmos, con el universo; vamos que pronto -o ya- tendremos todos los conocimientos, toda la realidad física, presente y pasada, al alcance de un clic en cualquier instrumento digital.

Qué bien, he oído, el estudiante no tendrá que leer un libro para aprender cómo fue el mundo romano, sino que en un entorno virtual estará en la propia Roma, en el siglo que elija. Y lo mismo pasará, o pasa con la filosofía y con el resto de humanidades y ciencias.

Es decir, la oralidad, porque digo yo que después habrá que explotar esos aprendizajes, llegará a sustituir casi por completo a la escritura, ya que nos bastarán los comandos de un chisme electrónico para dejar de crear y empezar a reemplazar, modificar y “editar”.

Hoy ya les cuesta a las últimas generaciones entender a cualquiera de los donmigueles citados y a muchos otros colegas de cualquier patronímico. Empezamos con los ciento cuarenta caracteres, o doscientos ochenta, qué más da, los likes, las caritas y demás monsergas y cayeron la correspondencia postal, las llamadas telefónicas y todos esos usos tan antiguos que nos hacían tan humanos. Y por si fuera poco, ha llegado el audiolibro y una aplicación que suena, pero que no quiero nombrar, para dar mascaditos los periódicos, las noticias y los textos de cualquier índole. 

Leer en un soporte físico estimula la curiosidad intelectual, el razonamiento, la concentración, aumenta el vocabulario y corrige errores gramaticales, entre muchos beneficios. Redactar ordena la mente, hace reflexionar, hace que se elijan los términos adecuados, la estructura y el orden. Poco se conoce de las ventajas de esa especie de enseñanza hipnopédica, adelantada por Aldous Huxley, en su obra de 1932, “Un mundo feliz, excepto su utilidad para inculcar ideas únicas, como en el mundo utópico de la novela.

Ah, pues es verdad, a ver si va a ser eso la causa de todo.

Don Miguel, tenemos un problema.




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