Don Enrique Castro

Por cuestión de educación o por normativa, cuando nos llega una carta a nuestro buzón de correos, delante de nuestro nombre siempre aparece un “don”, “doña, “Señor o “Señora”. Antes, era una distinción de alcurnia. Dependiendo de la clase social a la que pertenecieras, llevabas ese “don” o “doña” delante o, simplemente, eras un “don nadie” y aparecía solamente tu nombre.

Pero la vida de algunas personas, su huella imborrable, lo que ha significado, hacen que ese “don”, como es el caso de este artículo que escribo, signifique mucho.

Ayer nos dejó Don Enrique Castro “Quini”, con un “don” en mayúsculas. Un servidor, nacido en la generación del 79, puede recordar las últimas cabalgadas de “El Brujo” en sus últimos años en el Sporting de Gijón. Incluso recuerdo su partido de homenaje donde reunió a los mejores jugadores de la liga española en aquel momento. Ese día era la feria de mi pueblo, pero yo quería ver ese partido.

Cualquiera que viera a “Quini” por la calle vestido de paisano, sino lo conociese, pensaría que era un fontanero o un leñador. Con esa envergadura, nadie imaginaría a un hombre moverse como él en el área o hacerse un slalom desde el centro del campo sorteando a contrarios.

Eran otros tiempos, claro. Tiempos en los que un Sporting de Gijón le llegó a disputar una liga a todo un Real Madrid. Recuerdos de equipos míticos. Como aquel Molinon que despidió a “Quini” junto a los hermanos Ablanedo, Joaquín y su inolvidable bigote o Eloy Olaya (ese panalti fallado ante Bélgica en los cuartos de final de México 86). Equipos reconocibles y con nombres propios. Jugadores de su ciudad y que sabían el escudo que llevaban en el pecho estaba muy por encima del sueldo que cobraban. Quién no recuerda al Valencia de Sempere, Boro, Arias, Camarasa, Fernando Colomer, Giner o Lubo Penev. Esos porteros que se llevaban toda la vida en un equipo como Ceballos en el Racing o Alberto en la Real Sociedad.

Entonces no había entrado el secador ni la gomina en el vestuario, como llegó a decir un día Don Alfredo Di Estefano (otro “don” con mayúsculas). Se jugaba con otro tipo de balón, de calzonas. En campos que eran patatales.

Recordando a “Quini”, un programa deportivo decía anoche que marcó el gol 3000 para el FC Barcelona en la Liga Santander. Ustedes perdonen. Entonces no existía ninguna “Liga Santander”. Era la liga española. No había negocios por medio, ni derechos de televisión ni de imagen. Los partidos se jugaban a las 5 de la tarde los domingos con un carrusel de goles inolvidable que ha pasado a mejor vida, desgraciadamente. Así que, por favor, dejen de mezclar a “Quini” con este fútbol moderno, que de fútbol cada vez tiene menos. Las vallas publicitarias eran de Terry, Fortuna o Malboro. Y no pasaba nada. Ahora se censuran para evitar publicitar el alcohol y las drogas y resulta que somos el país del mundo donde más cannabis se consume. Eso sí, como las casas de apuestas dan dinero, de los ludópatas parece que se han olvidado.

En fin, he querido recordar en la medida de lo posible la figura de “El Brujo”. Un hombre al que críos de 5 o 6 años le pedían una foto. Impagable. Eso dice mucho de él y de lo que nos ha dejado. Me recuerda mucho a Ángel Nieto, a quién los chavales que nunca le habían visto pilotar lo tenían como referencia y que siempre tenía un segundo para una instantánea o un autógrafo.

In memoriam “Brujo”




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