Doctor, me tragué un fantasma

A un pazguato censor ocasional del franquismo sólo se le ocurrió cambiar los diálogos en el doblaje de una película y convirtió un vulgar adulterio en un incesto entre hermanos.

El film era “Mogambo” (1953), donde al personaje que interpretaba Grace Kelly, una mujer casada, le saltaban los delfines del amor apasionado ante el rudo cazador interpretado por Clark Gable, así que las escenas de los celos dentro del matrimonio de la Kelly con Donald Sinden quedaban convertidas en un turbio e indescifrable enigma entre hermanos. El asunto quedó corregido con un nuevo doblaje antes de morir el dictador.

En los tiempos del “New World Order”, de la globalización y del presunto cambio climatico, llega la HBO y retira de la oferta de su plataforma una de las más grandes obras cinematográficas de la Historia y un cine de Memphis apea de su programación de verano “Lo que el viento se llevó” porque refleja que en aquel tiempo los esclavos negros recibían un trato más o menos desconsiderado en plena guerra civil, librada en parte contra el esclavismo del sur.

La conclusión menos extemporánea que se me ocurre no puede ser otra: Clark Gable es el demonio.

Pero la censura va a peor, porque en el caso del doblaje de “Mogambo” se trataba de ocultarnos lo que entonces estaba tipificado como un delito (contra la mujer, sobre todo) y la tropelía era obra apenas de la estrecha moral de un vigilante ortodoxo exacerbado, mientras que lo de ahora es la consecuencia de una persecución social por parte del stablishment, que asume sin ser forzado el imaginario de los guardianes del populismo más fanático de la nueva moral sobrevenida.

En el Islam es el propio cuerpo social el que se encarga de reprimir, perseguir y hasta castigar las conductas de los individuos, elevando a categoría pública colectiva los pronunciamientos morales de sus individuos más retrógrados y otorgándole carácter extensivo a la sinuosa mirada de esa policía del pensamiento. En el castrismo, y en el comunismo en general, funciona exactamente igual y colaboran los chivatos.

Así que el pasado, ya lo ven, tampoco puede ser ahora revisitado, ni siquiera analizado con las herramientas de la ficción o de la historiografía, sino sólo ser borrado con lejía y salfumán o enterrado en las simas de la caverna del olvido. Es más, ha de ser negado.

Malos tiempos para el estudio y el conocimiento, porque es hora de la propaganda en aras del colectivismo y del tropel borrego que se arrodilla por contagio televisado. Ninguna religión anterior había llegado nunca a tanto.

Puesto que lo pecaminoso pertenecía al ámbito moral, las religiones se conformaron con ocultarlo y reducir las faltas al reducto de lo privado, a lo que añadieron las admoniciones, el arrepentimiento y los golpes de pecho. Pero al sufragismo progre, tan pseudo adolescente, lo que le ocupa no es ya ocultar, sino negar. El Mal no existe porque ha sido negado y basta enunciar dicha negación para extirparle la existencia.

Así es como funciona la progrez, que le cambias los nombres a las cosas o empleas un eufemismo y la realidad se transforma aunque todo siga igual. Si denominas “población vulnerable” a los pobres de solemnidad, el hambre les desaparece o se les atenúa; y si denominas “salud reproductiva” al aborto en masa, eliminas los dilemas morales y jurídicos en torno al nasciturus. De una sola vez.

Un nuevo proyecto de Código Penal (¡otra reforma más!) pretende incluir la aporofobia, rechazo o aversión al pobre, como delito de odio, así que Susana Díaz no podrá volver a proclamar aquello de “Me casé con un tieso, Señorías”…, o acabará en la cárcel.

La nueva normalidad era sólo eso, un puñetero juego de palabras, una poesía, un circunloquio que denomina “no dejar a nadie atrás” cuando en realidad quieren decir “el Estado soy yo”; o sea, una dictadura, a cambio de las estampitas del coronavirus.

El nuevo régimen es el “antiguo Régimen”, el más viejo de todos, el de la pureza de la sangre del pensamiento progre fuera del cual todo es ofensa y expresión del Mal inconcebible al que sólo cabe tenderle cordones sanitarios…, por nuestro bien, el de todos; es decir, los fachas.

Ocurre, sin embargo, que al efectuar ese proceso, te tragas al fantasma que deseas eliminar y se transustancia en tu interior, porque el Mal existe en nuestras vidas, te guste o no, no desaparece nunca y te habita dentro; y de ese modo, ahora, el violador (y el facha) eres tú, el progre: “Doctor, me he tragado un fantasma”.

En una ocasión, cuando trabajé en un organismo público de carácter deliberativo y consultivo, una progre de manual me espetó una vez: “Es que el problema no es lo que usted dice, sino que además lo piensa y cree en eso que dice”. Aún vivo bajo el shock de descubrir que lo que escandalizaba a aquella mujer era mi libertad de conciencia, no ya mi derecho a formarme una opinión independiente y a expresarla libremente.

O sea, viven ensimismados y ni siquiera perciben que son el monstruo al que dicen combatir. Por eso un “antifa” es un fascista de manual. Es más, los “antifas” son los únicos fascistas que nos quedan en nuestro tiempo y no debiera ser una sorpresa que todos ellos sean comunistas y colectivistas o poblacho confundido y por alfabetizar.

Ábalos es como un facha de la vieja guardia por desasnar; Carmen Calvo es una anomalía de la Naturaleza; Sánchez es un náufrago que da patadas para salvarse a solas y que cuando hay una tormenta en el Estrecho de Gibraltar cree que África es un continente aislado; Iglesias es un sicario de Lenin fuera del tiempo guiado por el infrarrojo de una preideología atroz.

PS: Y C’s…, medio metro más cerca de arrastrarnos al desastre a todos calentando el biberón.

He dicho.




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