Hace un año y parece que fue ayer cuando el señor del Gran Poder golpeaba la mañana en Sevilla con su característico andar. Un Gran Poder que consumía toda la fe posible de una Sevilla entregada en cuerpo y alma al señor. El de San Lorenzo consiguió sentar cátedra y dejar las dudas a un lado, para aquellos que las tuviesen y que ese día salieron a verlo.


Se cumple el primer aniversario de una semana llena de encuentros, con el corazón la mayoría de ellos,  una semana donde Sevilla acogió a su Señor como cuando una madre mece en sus brazos a su hijo de pocos días. Un año de la conquista del señor en su galeón de siglos pasados, alzando y tendiendo su brazo a los que más le pedían y poniendo la otra mejilla a los que más falacias profesaban de él.  Ay Sevilla, que sería de ti sin el señor del Gran Poder, que con cada paso que daba más brillaba la fe, de la que tantos y tantas se ríen y de la que tanto tenemos que aprender.

Un año ya, de aquella lección que nos dio el de la “bata morá”, un día otoñal donde el sol salió cual brillo de cuaresma y el señor andaba, y andaba a la voz de la familia Villanueva y avanzaba por la avenida y se engrandecía cuando de esa nube de incienso se disparaban los rayos del Lorenzo traspasando miradas atónitas entre los que allí estábamos. Esa fue mi imagen de hace un año, la de un Gran Poder disipando brumas, la de un Gran Poder diferente, soberbio, decidido, sin horarios, sin flashes molestos, el Gran Poder de la mañana que nunca se había visto antes.

Aquel día brillaste señor, como siempre lo haces entre lo tenebroso de tu madrugá, una noche oscura que algunos insisten en que salga maltrecha, pero aquel trago que se tomó Sevilla de ti, durante esa semana, jamás se olvidará. Es complicado ensuciar a una ciudad que está hasta las trancas de tu fe, aquella que expandiste un poquito más allá de San Lorenzo en esos benditos días. Un año de ti Gran Poder, doce meses atrás Sevilla brilló contigo, en un marco diferente al que es común contemplarte.