Divinización de esto y lo otro

La necesidad de un estándar moral, de una norma fija indiscutible que pueda citarse siempre sin discusión – y por ende, una norma no basada en la razón, no producto de una deducción científica, sino que viene dada como dogma recibido… pues esa necesidad del ser humano nunca se ve más claro que ahora lo irrenunciable que es. Justo cuando predomina el agnosticismo y el rechazo aparente a lo religioso, más nos vemos invadidos de esas normas “morales”, de nueva moral pero con la misma o más rigidez de la tradicional. Axiomas que se dan por hechos y no se discuten.

Y no nos referimos sólo al “cambio climático”, que puede considerarse uno de los ejemplos más evidentes de nuevo código moral intocable. No es sólo ese. Los casos de nuevos dogmas – es decir, axiomas indiscutidos que no precisan de justificación – se multiplican. 

En los innumerables procesos de restauración de monumentos y obras de arte (que a su vez muestran la existencia de otro “dogma”: el que hay que restaurar siempre y a toda costa, aun cuando la obra no se halle en mal estado), se sigue la norma rígida de que la obra hay que dejarla “como la quiso el artista”.

La norma está tan enraizada en las mentes modernas que seguramente hallará escasa simpatía quien la cuestione. En efecto, ciertamente a primera vista parece un principio bueno: el aprecio a la obra de arte va acompañado de la estima hacia el artista, y como siguiente paso… de la consideración de “lo que el artista quiso” como estándar último, a la hora de efectuar cualquier mejora o remodelación. Pero aquí, ¿no hemos dado el último paso demasiado alegremente?

Especialmente cuando hablamos de un edificio público, o de una catedral… es decir, algo con una misión, una utilidad, algo que va a formar parte de una ciudad, de la vida de miles o millones de personas. ¿Por qué el deseo de una persona concreta del pasado tiene que tomarse como norma suprema? ¿Sólo porque esa persona era “un artista”? Entonces le estamos dando un rango que ni al mayor de los monarcas absolutos; una sumisión (“es que el artista lo quiso así”) que el creyente sólo le debe a Dios, y el agnóstico en teoría a nadie (luego ya vemos que eso es más teórico que otra cosa, ¡qué pronto llegan sustitutos de toda estofa al que reniega del Absoluto!)

La ciudad crece, evoluciona. Los grandes monumentos también. El que empezó la torre de la Giralda no la quería tal como es ahora. El barroco y el gótico hallan en infinidad de iglesias una compenetración de armonía maravillosa que sólo se consiguen cuando se persigue la belleza sin más, no un historicismo absurdo de “dejar esto como lo quiso el artista original”.

Es curioso que en la misma era en la que no hay problema en destrozar la armonía de esta ciudad histórica con unas “setas”, una torre Pelli, unos paneles publicitarios inundando la Avenida, unos mamotretos de kioscos para vender chucherías… que en esta misma época se recurra de repente, para justificar un súbito afeamiento de un espacio querido, el que “en su momento el artista lo quiso así”.

Pero tal vez no sea tan extraño; acaso estas dos actitudes (por un lado, edificaciones agresivas, invasivas, en medio justo de lo más señero de la ciudad; por otro, el justificar un notorio cambio de aspecto de un edificio emblemático porque “así era su color original”)… acaso sean, como suele ocurrir, dos caras de una misma moneda.

Es decir: el olvido de toda idea de crecimiento urbano armónico, armonioso, adaptándose poco a poco a las nuevas necesidades y siempre con un ideal de utilidad y belleza. Eso se ha olvidado. El nuevo crecimiento urbano es dictatorial, arbitrario, dirigido invasivamente desde arriba, y justificado en frases sacadas de la manga pero que han pasado a constituirse en dogmas indiscutidos.

Se levantan las “setas” y la torre Pelli porque “hay que ser muy modernos, ya está bien de cancela y de geranios” (los que conocen el skyline de Londres  o de Varsovia se carcajearán de lo que aquí llamamos “moderno”, pero bueno).

Y se sustituye un alegre familiarísimo, característico color albero del arco de la Macarena por otro descolorido, porque “es que ese era el color original” (¿y qué?).

Entendámonos. Hay diferencias de gustos. Miles de personas podrán preferir el nuevo color, en cuyo caso los que lamentamos la pérdida del antiguo tendremos que conformarnos. Puede ser.

Pero el argumento ha de ser: ¿cuál es el color más bello, el más adecuado? Las ciudades históricas no son un producto de despacho. Mil azares la crean; de repente, un hecho fortuito produce una estética con la que la ciudad se identifica. 

“Es que era el color original”. Vale; y si un repintado con color más fuerte “dio en el clavo”, y produjo un arco que se identificó con el corazón de los sevillanos… ¿era acaso Dios el que pintó el primer color, para tener que someterse al deseo del mismo como cosa indiscutida?

(Imaginemos que de la Giralda desaparecen los balcones renacentistas. De inmediato, sólo con ese pequeño detalle, se perdería la armonía a la que estamos acostumbrados. Los grandes edificios públicos son obra de muchos, y del tiempo que depura, y del corazón de los ciudadanos que le van tomando apego a unos detalles más que a otros…).

Hay gustos para todo; se puede defender el actual color ocre pálido. Pero por favor, ¡que sea por otros motivos! No por el dogma impuesto de que “el original estaba así”.




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