Disfrutar sin beneficios

La obsesión reinante por la salud y la alimentación es un hecho ya reconocido y hasta dónde llegamos en nuestra pasión por lo “sin” no deja de inspirar  chistes (“Ofrecemos helado sin gluten, sin azúcar, sin lactosa, sin… Es decir: un cubito de hielo”). La situación se presta al humor, ciertamente.

Pero junto a la lista de “sin” hay algo más dañino: el elenco de beneficios que todo tiene que reportar. Ya no se pueden comprar unos cereales o una lata de sardinas porque apetece o porque algo hay que comer; no. Sin querer recibimos el mensaje, hasta en un modesto envase de leche, de que el producto contiene Omega-3 y además este y aquel mineral, que mejora el rendimiento del cerebro y del corazón, y que proporciona tal o cual porcentaje del calcio que diariamente se recomienda consumir, dado que hay que prevenir enfermedades de los huesos y que… Íbamos a realizar la humilde y necesaria tarea de rellenar la nevera, o a darnos un modesto placer comestible, y hé aquí que se nos recuerda solemnemente la pesada carga de nuestra mortalidad. ¿Nos es dada la mínima voluptuosidad de masticar una almendra sin más? Pues no; nada vale si no tiene beneficios para la salud.

Si esta actitud se limitara al campo de la alimentación, podíamos darnos por contentos. Lo malo es que se extiende a casi todo lo que hacemos; a veces ese utilitarismo a ultranza altera la esencia de las cosas.

Hace unos años, en un momento de crisis, en un ansia de diversión y escapatoria, necesitando hacer alguna “locura”, me pasó por la cabeza el relámpago de… apuntarme a unas clases de baile. Algo para mí exótico e inaudito pero, ¿por qué no? ¡Vayamos! Y entonces, al buscar información de lugares y horas, me encontré con la lista de “beneficios del baile”. Resulta que “aumenta la autoestima, facilita la sociabilidad, mejora la coordinación de los miembros…”. La alegría de hacer algo espléndidamente inútil, de darle un toque de frivolidad a la vida, se desvaneció de repente.

Y, abandonada esa idea, torciendo la esquina aparecen unos letreros que anuncian unas clases de “risoterapia”. ¡Reírse es “sano”! Pero si para reír hay que acudir a unas clases, ¿no será más sano tal vez el llorar un rato en la compañía de una rima de Bécquer?

Es curioso: se habla de que nuestra época es infantilista, blandengue; que apenas hablamos de la trascendencia ni de la muerte… Y luego parece que la seriedad, la responsabilidad, hasta la moral, se aplican justo a las pequeñas frivolidades de la vida (tomarse un postre, bailar y saltar- no hagamos esas cosas sin un detenido y riguroso análisis de vitaminas y beneficios), cosas que debían existir para disfrutarlas sin más.




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