Días de fotopies y fotomanos

“La Virgen estará en besamanos” “El Señor estará en besapies”, anuncian aún algunas hermandades, empleando la terminología tradicional, frente a otras muchas, que ya han pasado a decir: “La Virgen estará en veneración”.

Pero tradicional es sólo la terminología. Aunque lo indiquen así (besapies, besamanos), el beso a una imagen sagrada sigue prohibido en Sevilla desde aquel fatídico 7 de marzo de 2020.

¿Volverá algún día?

Este interrogante es mucho más trascendente de lo que pudiera parecer. Quien examine la historia de Occidente en los últimos dos milenios verá que cuestiones parecidas han determinado el destino de los pueblos. Baste recordar, por citar una gota del océano de eventos, la crisis iconoclasta del siglo VIII.

El catolicismo ha configurado un tipo de vida de perfecta síntesis entre lo humano y lo divino, lo espiritual y lo tangible y palpable. El ayuno y el festín, las imágenes y su ocultamiento temporal, las reliquias, el agua bendita, las cuentas físicas de un rosario, entroncan con necesidades del ser humano que están ahí, que si no se satisfacen de una manera lo harán de otra (¿han oído hablar de la nueva religión de abrazar árboles, verdad? Seguramente practicada por muchos que calificaban los rosarios y las velas de cosa supersticiosa y de extrema necedad. Algo hay que abrazar; tanto metafórica como literalmente).

En las grandes disputas históricas, en la gigantesca que en el siglo XVI partió a la Cristiandad en dos (y luego en cien mil…), la Iglesia de Roma siempre se mantuvo firme en algo que otros calificaban de pueril y ñoño (culto a las imágenes, actos externos concretos y palpables, casullas hermosas…) pero que entroncaba con un instinto popular, con algo hondo en las entrañas de lo humano imposible de negar, por más que “ilustrados” y pedantes lo quisieran calificar de tonto. En Navidad se besan los pies del Niño Jesús. En Viernes Santo, los del Crucificado. “Que lo importante no es eso, esas cosas no bastan, son lo de menos…”. Bueno; pero el beso se da.

A la propia madre también “valdrá más” el quererla de verdad y tratarla bien que el darle un beso o un regalo. Pero el beso se lo damos. El regalo físico y palpable, también (que “es lo de menos” y que “no tenías que haber traído nada”. Pero se lo hacemos).

¿Alguien que viva con su madre se pasa dos años sin darle un beso? (Bueno, en estos tiempos, horror, hasta cosas como esa han sucedido…) 

Pero se siguen celebrando los aún llamados “Besapies”. ¿En qué consisten, pues, si no se puede dar un beso? Pues la cola se forma igual, los fieles o curiosos se van acercando, y cuando les toca estar frente a la imagen, hacen la foto y se van.

Ya las fotos eran una auténtica plaga, una obsesión, algo que desnaturaliza todo, que convierte en raro al que “sólo” quiere mirar (no es raro que a uno lo aparten de un sitio si sólo está mirando, pero le dejan si está fotografiando). Pero con la eliminación del beso, esto ya ha adquirido como carácter obligatorio. Nuestros Sagrados Titulares estarán, señores, en Fotomano y en Fotopie. Prohibido venir sin el móvil.

La cuestión no es baladí. Es para poner los pelos de punta. ¿Volverán a poderse besar en las iglesias las manos de una Virgen, los pies del Niño Jesús?

Por cuestiones de “higiene y seguridad”, el mantenimiento de la prohibición no se tiene en pie. Esas cosas son voluntarias. Quien quiera que se acerque a besar, y quien no, no. 

Pero se presiente el peligro de que las cosas no vuelvan a su cauce natural, por aquello de que …¡oh!, “las imágenes se estropean”. Una nueva idolatría, la que no teníamos antes (pues siempre tuvimos clarísimo, en los países católicos, que una imagen sagrada, por mucho que la veneremos, no es sino una imagen), una idolatría de la imagen no porque creamos que sea divina, sino porque una especie de vano culto a la “cultura”, a que “esto es del siglo XVII”, “lo restauró Fulanito”, a la imagen en sí por sí misma, un culto al artista (nunca creí, cuando estudiaba rodeada de amantes del arte contemporáneo y despreciadores de lo barroco, que un día me lamentaría de que se “reivindicara” a Murillo y a Martínez Montañés, que secretamente me deleitaban. Es que ahora son ellos los “dioses”. Tampoco es eso. Al menos, los responsables de una iglesia o de una hermandad, que se les supone creyentes, podían considerar que el servicio a la fe está por encima de la obsesión por la preservación física de la imagen).

Nuestras manos se desgastan con los avatares de la vida. Los talones del Gran Poder se desgastan, sí, a fuerza de besos. Para eso están unas y otros.

“Eso de los besos son tonterías y supersticiones”. Bueno. No se extrañen de que, en el campo, cada vez vean más gente abrazando árboles. El ser humano necesita abrazar, aparte de a sus allegados, también a algo que entronque con lo divino.

(Y en la próxima Nochebuena, volveremos a escuchar homilías criticando el consumismo… a muchos que lo que más nos gustaba de la Navidad era besar los pies del Niño Jesús).




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