Derrítense los montes como cera

Llama la atención, en una época en la que estamos cansados de oír defender “al planeta”, de ver que hasta los seres humanos no preocupan tanto (a lo propios humanos) como “la conservación del planeta”… pues que en momentos como estos en que vemos cómo las montañas se forman en un momento, como por arte de magia antes nuestros ojos, no se exprese ninguna admiración, ningún amor a este famoso “planeta” que hasta hace un mes era más importante incluso que la supervivencia de la humanidad…

Los informativos y los comentarios populares se centran en los daños. Por supuesto, son lo más importante, nadie lo niega. Pero dejándolos por el momento a un lado,… ¿cómo hay tan escasa admiración hacia el funcionamiento de este “planeta-planeta” al que no paramos de mencionar hasta para no poner el aire acondicionado (“Huy, es malo para el planeta”)?

¿Qué es el planeta? ¿Cómo se ha formado los mares, los continentes…? Nadie está obligado a poseer una cultura exhaustiva, pero hasta los llamados “víctimas de la EGB” (digna precursora de la Logse, de un ideal de “formación emocional, en el diálogo, etc”, en el que poco contenido se estudiaba) pues hasta nosotros recordamos, allá por sexto curso, a los once años, que se hablaba de montañas jóvenes, medianas y viejas… Esto chocaba al principio, ¿cómo puede una montaña ser “joven”? Jóvenes son las personas pues van naciendo y creciendo, mas las montañas, ¿no han estado siempre ahí? Y cuando ya existían las viejas, ¿cómo surgen las jóvenes? ¡Ah!, pues por un proceso que dura millones de años, que incluye terremotos, movimientos de tierra, unas zonas se hunden y emergen otras; cuando estos choques se producen por debajo, se dan explosiones, las rocas derretidas salen por los volcanes, se forman tierras nuevas. Islas de origen volcánico son las Canarias y las islas Hawai, entre mil otras. Los volcanes las han creado. Zonas enormemente sísmicas, en las que se espera un magno terremoto arrasador de todo, son por ejemplo California con sus gigantescas, importantísimas ciudades, y todo el superpoblado Japón… 

Luego, la lava procedente de los volcanes con el tiempo produce unas tierras enormemente fértiles, lo cual explica la abundancia de asentamientos humanos al pie de los mismos… La geología es una maravilla inagotable.

Todo esto sonaba mágico e irreal. Nos lo creíamos sí, pero de una manera un tanto abstracta. Y de repente nos es dado ver que efectivamente, tan irreales cosas (ahora se hunde una montaña, ahora “sale” otra), ¡es verdad! 

En un libro de Astérix aparecen unas semillas portentosas, fabricadas por el druida de la aldea, que, arrojadas a la tierra, hacían surgir un árbol enorme en un momento. Una viñeta simpática es la que presenta el siguiente diálogo:

-¡Prodigioso!

-¿Por qué? Es un roble como los demás.

-Pero, ¿has visto lo deprisa que ha crecido?

– Pues mira, como es la primera vez que veo crecer un roble, no sé a qué velocidad crecen habitualmente.

La displicente contestación del rollizo Obelix hace juego con la profunda indiferencia del mundo actual ante el portento que ven nuestros ojos: una montaña, o al menos un trozo de terreno firme, duro, sólido, formándose de manera instantánea. Todo es hablar de las pérdidas materiales (lo más importante  por supuesto. SIEMPRE considero que el ser humano es lo primero –al contrario que muchísimos hoy día), pero una cosa no quita la otra.

Quiero decir: tanto amor “al planeta”, porque hay que cuidar “el planeta”, esa consigna de nuestros tiempos, ¿cómo casa con la total indiferencia hacia sus maravillas? En el siglo XIX no se tenía esa cantinela del “planeta”, y sin embargo, había fascinación y deleite por el mismo. ¿Cómo se explica si no que millones de personas compraran y leyeran las novelas de Julio Verne? Para los que de verdad aman la Tierra (sin idolatrarla por cierto, y considerando que el ser humano debe mandar en ella), es lectura idónea estos días el “Viaje al centro de la Tierra”, que transcurre casi íntegramente por esas profundidades, adonde los personajes entran por un volcán extinto y salen justo por el de Stromboli. Pero también es excelente “Los Hijos del Capitán Grant”, en donde se describe, con admiración, cómo ocurre un temblor de tierra en los Andes que en un momento cambia la fisonomía del paisaje (la primera parte, en la que los protagonistas sufren la fuerza de los elementos – animales peligrosos, temblores de tierra, inundaciones- se considera preludio de la segunda y de la tercera, donde sufren el envite de la maldad humana. El autor tiene muy clara la diferencia entre uno y otro); y “La Isla Misteriosa”, cuyo final es que la isla que los protagonistas han cuidado y cultivado amorosamente durante años, pues salta por los aires también debido a un volcán, y, como sobreviven, ni se “coscan” por eso; ya reharán su vida en otro lugar (y esto antes de inventarse la palabra “resiliencia”).

Entrañable resulta, vista desde el siglo XXI, esta admiración, interés y curiosidad por las cosas de las ciencias naturales, aceptándolas tal cual son.

Señores, este es el planeta, el tan mencionado y querido planeta. Tanto hablar de él, y me pregunto si de verdad lo queremos. Esforzándonos al máximo para que las personas no sufran daños, por supuesto (así llevamos todo el curso de la Historia), también es un momento para admirarnos de la grandeza de la Creación, de la que los cuentos de hadas, llenos de portentos, son pálido reflejo.

“Derrítense los montes como cera ante Yavé”. Así sucede.




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