¡Denuncie a los bancos españoles, hombre!

 

Las líneas aéreas, incluídas las de bajo coste, siguen ofreciendo “la revista de a bordo”, que habitualmente se renueva cada mes. Pocos la hojean ya, por su escaso interés, por la pérdida acaso de la costumbre de hojear, y tal vez hasta por higiene (el afán de ahorro, del que ahora es fácil jactarse llamándolo “ecología”, hace que los ejemplares se reutilicen hasta caerse en pedazos…).

En el caso de Easyjet, no obstante, la revista de este mes de enero merece un vistazo. No alegrará el alma de las personas sensibles, ciertamente; pero resumir en pocas hojas cómo está el mundo occidental, sus “valores e ideales”, esto lo hace mejor que ningún tratado contemporáneo de sociología.

Comentarlo daría para mucho. Fijémonos sólo en un detalle, en este anuncio que aparece al final, y que se integra perfectamente con el resto de sus páginas (es difícil diferenciar, en este tipo de revistas, lo que es publicidad y lo que es “contenido”- si de esto último a secas hay algo).

Acabamos de pasar páginas llenas de reportajes – anuncios de experiencias por aquí, y experiencias por allá; el refinamiento del hedonismo, el planeta entero tan profunda e irreversiblemente convertido en parque temático, que los que creemos en alguna trascendencia casi deseamos llorar… y he aquí que, tras haber hablado de la “experiencia” de convivir con beduinos en el desierto, y de otras, en que hasta lo místico queda reducido a un bien de consumo para el aburrido, pues de repente se dirigen a los que hayan comprado una casa en España (¡Son tantos! Recordemos que Easyjet es una compañía británica), animándoles a que denuncien a los bancos – “a los bancos españoles”. Con la misma ligereza con la que unas páginas antes han sugerido saborear un amanecer aquí y una procesión de la Virgen allá (más bienes de consumo), pues ahora venga, otra experiencia divertida: “¡Denunciad a los bancos españoles! Les sacaréis mucho dinero”.

Y dicen “los bancos españoles” como si fueran la última escoria.

Por poco patriota que se sea; por poca o ninguna simpatía que se le tenga a la banca… ¿no hiere esto?

Aquella decisión de los altos tribunales de declarar nulas una serie de cosas que la gente firmaba libremente; y de obligar a los bancos a devolver cantidades enormes con efectos retroactivos (algo peligrosísimo en derecho, aunque por desgracia cada vez más de moda. Así nunca salimos de los entuertos pretéritos. Se invita al rencor, a escarbar en los agravios), aquello… ¿nadie pensó en el alcance de las consecuencias – a nivel internacional?

Se le puede tener antipatía al sector de la banca, y al abrumador protagonismo y control y connivencia con el poder político que poseen. Se le puede tener antipatía. Pero ciertamente no es la española peor que otras, es más, hay muchas razones para considerar que los bancos españoles, en múltiples indicadores, de eficacia, funcionamiento, facilidades a los clientes, están entre los mejores de Europa, y desde luego mejor que los británicos.

Lo dice quien siempre ha desconfiado de “los bancos”, como hay a  quien le desagradan otros gremios (llámense “los abogados” o “los médicos” o “los taxistas”). Pero el “tenerle manía a un gremio” no justifica el echarse semejante piedra en el propio tejado. Esta decisión de los tribunales ESPAÑOLES de 2015 ha llevado a que los británicos, que tanto turismo sanitario realizan en nuestro país, que tanto y tan a fondo aprovechan la excelencia de nuestros servicios en mil ámbitos, se permitan tan alegremente animarse unos a otros a practicar, entre tantos deportes, como el balconing y el emborrachasing, el “denunciar a los bancos ESPAÑOLES”.

Alguien dirá que el Tribunal Supremo no va a tomar decisiones pensando en lo que dirá, años más tarde, una revista de compañía aérea. Pero yo le replicaría, ¿y por qué no? A la hora de tomar decisiones graves, hay que calibrar las consecuencias. Lo que le falta a España, víctima en Europa no sólo de la vieja leyenda negra, sino de la moderna leyenda negra que prevalece sobre la realidad (como país “ineficiente, atrasado, y que tortura a los presos”), lo que le falta es que nuestro propio Tribunal Supremo le dé alas. Los británicos que compran casas en nuestras costas, ¿son realmente como esa viejecita incauta y confiada que firma sin saber qué, como nos venden que es el tipo medio que firma algo en un banco…?




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