– “This is impossible!, I can,t understand it!”

A Jhonny Fernández, norteamericano, católico, simpático y borrachín como buen descendiente de emigrantes hispanoirlandeses, se lo llevaban los demonios. Su abrumador cabreo no lo mitigaban ni la cena entre amigos de la que disfrutábamos frente al puente del Alamillo, ni los argumentos con los que malamente intentábamos calmarlo.


Y es que Jhonny no podía, no sabía, no quería entender como era posible que el fabuloso mástil de la Glorieta Olímpica, con una altura de vértigo, sito en un lugar emblemático de Sevilla en cuyo entorno hay un considerable trasiego de tráfico y de gente, se encontrase allí triste y solo, a palo seco, sin lucirse con una bandera de España así de grande, a la vista de millares de personas que transitan por allí diariamente.

Tenía plena legitimidad para bronquearnos. Y es que nuestro yanqui amigo volaba el día siguiente a Florida, concretamente a San Agustín, la ciudad más antigua de Estados Unidos, fundada allá por 1.565 por Don Pedro Menéndez de Avilés. Y volaría hacia su país envuelto de ilusiones, con el hondísimo deseo de engalanar a su ciudad como se engalana a una novia el día de su boda, adornándola con montones de banderas rojigualdas que ondearán en balcones, en farolas, en árboles y en mástiles, ya que todos los años, todos, acude allí por estas fechas una delegación de representantes de la comunidad española, que son recibidos entre aplausos y al grito de “¡España!, ¡España! …” por autoridades y por todos los vecinos de bien, orgullosos de sus gloriosas raíces hispanas.

– “Jhonny, no te enfades, a nuestros políticos del Ayuntamiento simplemente se les habrá olvidado colocar la bandera. Eso es todo.”

– “Oh, my God!, ¿Olvidas tú dar beso a tu father o a tu mother?, ¿Olvidas tú salir nazareno en Gran Power cuando Semana Saint in Sevilla?, ¿Olvidas tú llevar tus hijos a escuela?, ¿Olvidas tú …?”

Con las patitas colgando. Humillados y con las cabezas gachas. Así nos sentíamos todos ante la indignación sin disimulo de un … de un compatriota americano, que sentía a su patria de las barras y estrellas como una lógica derivación del amor hacia sus padres, y que nos mostraba, abierta y francamente, que portaba en su corazón un profundo agradecimiento hacia el inestimable legado de España, de su cultura, de su buen hacer y de su vergüenza, que le donaron los abuelos de sus abuelos, aquellos españoles llegados allí de cada rincón de la piel de toro a bordo de antiguos galeones. Aquellos españoles que, también, eran bisabuelos nuestros.

Por ello al gringo se lo llevaban los demonios. Ningún día de este mes de octubre, ninguno, se ha izado la bandera española en aquel mástil de órdago. Ningún día de este octubre. Ni siquiera el 12 de octubre, día de la hispanidad. Ningún día de este mes de octubre. Ninguno. Con lo que todos sabemos que está cayendo este mes de octubre …

– “Empty!, Without flag! How is posible? ¡Palo vacío sin bandera en lugar privilegiado!”

A alguien se le ocurrió gastarle una pequeña broma, pensando que así limaría asperezas …

– “Bueno, no siempre está vacío el mástil. Durante todo el mes de junio ondea en él la bandera del orgullo gay …”

Banderillas de fuego. La reacción del americano fue de explosión y de rabia, con una sincera mezcla de compasión hacia sus primos de España …

– “Pobres spanish! Gente beautiful, maravillosa, wonderful, pero con representantes políticos vendidos al neocapitalismo de una sociedad sin valores y sin God …

y Jhonny siguió hablando, intrépido como los españoles que exploraron la soñada América en el siglo XVI, delante de todos nosotros, callados como muertos, soltándonos a bocajarro las verdades del barquero: una sociedad, la española, inundada de buen rollito tolerante, que pretende diluir valores y familia diseñando individuos infantiles y carentes de referencias morales, que se verán abocados a buscar un ápice de felicidad en un consumo frenético, con la ganancia sin límite que ello conllevará para los empresarios sin escrúpulos que impulsan la enseña arcoiris desde el mismísimo Wall Street, con pingües beneficios en sus cuentas de resultados.

– “En mi condado de Florida llamar “alien flags”, banderas ajenas, a unos políticos que tontearon con nuestra enseña y que pusieron en su lugar bandera rainbow del nuevo capitalismo arcoiris y dejar vacíos lugares en que deber hallarse izada bandera estadounidense. Ninguno de ellos volver a ser votado ni elegido para Mayor o Alcalde, como ustedes llamar aquí. La culpa la teneis vosotros, el pueblo de Sevilla, que seguís riéndole la gracia a vuestros “alien flags”, los Concejales que olvidan poner bandera. ¡Pobres sevillanos! Beautiful gente, pero representados por estupendos políticos …

– “Querrás decir estúpidos, ¿no?”

– “Equivocar yo. Eso: estúpidos políticos”.

Es cierto: Estados Unidos es un mosaico de enorme diversidad de razas, culturas, religiones y nacionalidades, pero todo quisqui se lleva la mano al corazón cuando entonan su himno y no se concibe, en modo alguno, desplantes a su bandera.

Eramos 17 personas. Alguien pidió la cuenta … que resultó ser una abultada multa terminada en tres ceros, por lo que se empezó a comentar lo que suele terciarse en estos casos: dividimos entre todos, pagando cada uno en función de lo que haya cenado.

Pero se adelantó Jhonny …

– “Please, no os porteis como seventeen Comodidades Autónomas. Please, no seais como Puigdemont”.

su nobleza le obligaba. Él invitó, pidiéndole al camarero que se quedase con la vuelta. Y después nos soltó, en un castizo gaditano …

– “Never more un uno octubre. Nunca más. Nunca más mástil sin bandera. Never more. Please, por favor os lo pido, pishas”.

Nuestro amigo voló al rincón de España que es la ciudad de San Agustín, en el Sureste americano. Pero nos regaló un compromiso de dignidad a todos los que cenamos con él. Y es que arrieritos somos y en las elecciones nos encontraremos, señores políticos del Ayuntamiento de Sevilla. Porque no merecen representarnos aquellos que se olvidan de colocar nuestra bandera. Y os animo a todos los sevillanos de bien a tener también este compromiso. No me seais como Puigdemont …