Democratizando, todo es reggaetón

Hubo un tiempo, no hace mucho, hace nada, en que había que democratizarlo todo. Democratizar confería una cierta dignidad a la acción misma, otorgaba un plus y sugería una escalera por la que la gente ascendería hacia un otero más alto y luminoso.

Por ejemplo, había que democratizar la lectura, creando bibliotecas y facilitando el acceso a los libros mediante ediciones más sencillas y de bolsillo. Había que democratizar la posibilidad de viajar, ampliando servicios y abaratando los transportes hasta hacer del turismo una cosa tan simple y asequible que pudieran llegar a Bali o a las Maldivas quienes hasta entonces apenas conocían ni las playas más cercanas de su entorno.

Había que democratizar el acceso al coche, a la Educación y a la Universidad, regalando los accesos y eliminando requisitos para obtener una beca, pero también a los museos, a los hospitales, a los Parques Naturales, a los cruceros por el Mediterráneo… Incluso había que democratizar el sexo.

Democratizar era una moda y oponerse a ello era elitista, rancio, clasista y facha. ¿Cómo te podía parecer una barbaridad que no pudieras casi caminar por el interior del Louvre, del Museo D’Orsay, del British Museum o de las pirámides de Egipto? Era la gente, era el pueblo teniendo acceso libérrimo a la Cultura, al conocimiento, al disfrute de lo que a buen seguro muchos no sabían apreciar, pero ya aprenderían y están en su derecho…, ¿no? Pues a muchos los convencieron de ello.

Nadie se atrevió a decir que, viniendo tal propósito de fondo de manos del zurdismo, una escalera sirve exactamente lo mismo para subir que para bajar. Extender y facilitar el acceso de ese modo significaba generalizar, pero también abaratar, vulgarizar y, en definitiva, degradar. A veces hasta hacerlo insoportable.

Y eso es lo que hemos hecho, no hay duda, cuando, de repente, te levantas una mañana y descubres que lo moderno ahora es quedarte confinado y no salir de casa por responsabilidad.

No es sólo por temor al covid19, sino porque lo moderno y progresista es abandonar el consumo, no coger el coche porque carbonizas el planeta de forma irresponsable, no montar en avión, no hacer apropiación cultural visitando otras culturas, no hollar los parques naturales, no fumar porque ya dijo ZP que fumar es de derechas y ahora también cosa de ricos (aunque si dejamos de fumar Marisú Montero dejará de recaudar casi 9.000 millones de euros vía impuestos)…

La jet-set se llamó así desde los años 50 porque era una élite la que podía permitirse usar el avión para desplazarse. Ahora, en cambio, viajaban en avión hasta los virus chinos, en first-class. Así que gracias a la democratización de la ropa, de los precios, de la música…, hoy todo es reggaetón.

En la Skolae de Navarra y en los centros cívicos de cualquier ciudad enseñan a los niños y a las viejas a masturbarse y en las universidades se organizan masters y grados sobre las maneras de limpiarse el culo o de recoger la menstruación.

Nadie lo dijo, pero democratizar significaba una igualación perversa por abajo, una degeneración. La nueva élite izquierdista, una vez alcanzada la situación de privilegio y obtenido un palacete en Galapagar, nos pretende convencer ahora de que la modernidad es que el pueblo vuelva a comer insectos y a caminar mientras ellos viajan en Falcon. Y, si acaso, montar en bicicleta o en tranvía, como mi tatarabuela.

Greta Thunberg nos ha señalado el camino y, si quieres ser demócrata, solidario y progre, cruzarás el océano a bordo de un velero…, aunque en su caso con helicópteros y satélites de servicio 24 horas.

Son muy golfos.

He dicho.




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