Del “Brexit” a la “permacrisis” en el Reino Unido

Sobre el Reino Unido se cierne de aquí a Navidades lo que la prensa ha calificado de “gran disrupción”, algo parecido a una especie de huelga general no declarada, en la que participarán el personal sanitario, los empleados de Correos y de los ferrocarriles privatizados, los conductores de autobuses y de ambulancias, los bomberos y los maestros y profesores de Universidad. Esta situación es reflejo del creciente malestar social y económico, que se ha plasmado en el palabro “permacrisis”. El Diccionario Collins ha declarado este término como la palabra del año 2022, y la ha definido como “periodo extenso de inestabilidad e inseguridad consecuencia de una serie de acontecimientos catastróficos”. Según el director de “Collins Learning”, Alex Beecroft, el lenguaje es el espejo que refleja lo que ocurre en la sociedad. El neologismo “permacrisis” revela la incertidumbre y la preocupación producida tras atravesar Gran Bretaña un período de sobresalto causado por el Brexit, la pandemia, la climatología rigurosa, la guerra de Ucrania, la inestabilidad política, la crisis energética y el aumento del coste de la vida. Define a la perfección lo ocurrido en 2022, porque es la horrible sensación que tiene mucha gente. “No salimos de un reto y ya tenemos otro” y el lenguaje se limita a describir lo que sucede.

Carlos Fresneda ha incluido entre tales circunstancias, el Brexit, el Covid, la guerra, la crisis energética, climática y política, la  inflación, la recesión, el sobresalto constante, la disrupción permanente, la máxima ansiedad, el caos que no cesa, y el temor a que todo pueda ir a peor. El “neo-término” encarna perfectamente la situación vertiginosa vivida en los últimos meses en Gran Bretaña, mientras la gente se pregunta qué nuevos horrores nos esperan a la vuelta de la esquina. Ha surgido un pesimismo que produce en la sociedad global el sentimiento de que no hay salida a la vista y que nuestra civilización está a punto de colapsarse. No se trata de un fenómeno de generación espontánea, sino que ha seguido unos lineamientos que ya habían sido percibidos desde hace años. No en vano, la palabra del año escogida por Collins en 2016 fue “Brexit” y en 2017 “noticias falsas”-.Permacrisis”-apócope de “crisis” y “permanente”- ha vencido a otras como “party-gate”, “lawfare- o Kiev, y refleja el sentir de que todas estas crisis que se están produciendo han llegado para quedarse y no parece vérseles un fin inmediato. 

Hannah Arendt ya había presagiado algo de esto en su libro “Crisis de la cultura”, donde afirmaba que cualquier crisis -dondequiera que se produjera- podía extenderse a cualquier otro lugar del mundo, debido a la globalización y a la interdependencia. Se producía un “efecto dominó” que acentuaba su duración y su efecto disruptivo. Algunas de estas crisis se han generado en el Reino Unido y otras han venido de fuera, pero el cúmulo de las mismas y su permanencia en el tiempo han hecho que surtan un especial efecto en este país, debido a su voluntad de distanciarse de la UE a través del Brexit. Eran pocos en la pérfida Albión y parió la abuela Putin con su agresión a Ucrania.

Origen y desarrollo del Brexit

El Brexit no es el único culpable de la grave situación que atraviesa la Gran Bretaña en estos momentos, pero ha contribuido de forma notable a agravarla. Partió de una gran falacia y consiguió triunfar -aunque solo fuera por los puntos- gracias a la mentira, al fraude y a la manipulación de unos políticos exacerbados, que -pese a haber reconocido sus fechorías- se niegan a rectificar cuando aún se está a tiempo de regresar al “statu quo ante”. Una cosa que me ha sorprendido sobremanera ha sido persistencia en el error de un pueblo famoso por su pragmatismo. Personalidades contrarias al Brexit y partidarias de continuar en la UE -como David Cameron, Theresa May o Liz Truss- cambiaron de parecer y apoyaron la nueva situación en base al poco convincente argumento de que “Brexit is Brexit”.

La historia viene de lejos dado que Gran Bretaña nunca se sintió cómoda dentro de la CEE/UE. Fue contraria a la creación de la CECA y de la CEE, y trató de combatirlas desde fuera y, cuando fracasó en su intento, ingreso en la Organización para combatirla desde dentro. Hizo cuanto pudo para frenar el proceso de integración, al obstaculizar la adquisición de mayores  competencias y la adopción de nuevas políticas; tratar de que se devolvieran a los Estados miembros competencias ambientales, financieras, presupuestarias, laborales, migratorias o pesqueras; y alentar la ampliación de la Comunidad para que -al contar con más miembros- se ralentizara el proceso integrador. Cuando no conseguía imponer su opinión, se liberaba de esos compromisos mediante el “opting-out” –auto-exclusión del sistema Schengen y de la Unión Monetaria y del euro-. Dio muestras de insolidaridad, como la imposición del cheque británico, su oposición a los pactos de estabilidad y contra la crisis, y la reducción de los presupuestos pese al aumento de Estados miembros. Boicoteó el Tratado sobre la Constitución Europea, rebajó el alcance del Tratado de Lisboa, y se opuso al nombramiento de Jean-Claude Juncker como presidente de la Comisión Europea por considerarlo demasiado europeísta. Defendió que hubiera distintas opciones en una Unión “a la carta”, y consiguió en ocasiones el apoyo de Estados nórdicos o de Europa oriental a su política tendente a hacer de la UE una Organización meramente económica y comercial.

En su forcejeo con Bruselas para debilitar a la UE y mejorar la posición británica dentro de la misma, Cameron anunció que celebraría en 2013 un referéndum para que el pueblo británico decidiera sobre sí quería que la Gran Bretaña continuará siendo miembro de la Unión. Gracias a su chantaje, obtuvo de Bruselas nuevas concesiones, que no se llegaron a aplicar porque -en contra de lo previsto- los británicos votaron por la  mínima a favor del Brexit y del abandono de la UE. Como ya le había advertido el europeísta, Michel Heseltine, la convocatoria de un referéndum era un juego innecesario y frívolo, que podría traer graves consecuencias. Así ocurrió, en efecto, ya que Cameron, excesivamente confiado en su fácil triunfo, hizo una desastrosa campaña electoral, y se dio el caso poco habitual de un Gobierno que perdió un referéndum desde el poder. Frente a la pasividad del Gobierno, los partidarios del Brexit -liderados por el antiguo alcalde de Londres, Boris Johnson realizaron una campaña sumamente activa, plena de medias verdades, grandes mentiras y falsas noticias. Su lema fue que había llegado la hora de que el Reino Unido se liberara del dominio de los burócratas de Bruselas y pudiera adoptar sus propias decisiones. La campaña estuvo basada en los temas de sanidad, seguridad e inmigración, ninguno de los cuales era por cierto competencia de la UE. Los “brexiteros” mintieron descaradamente al afirmar sin rubor que, con el ahorro de las fabulosas sumas que Gran Bretaña pagaba la Unión, se podría mejorar considerablemente la sanidad nacional e invertir en políticas -industria, transportes, comercio, turismo o educación-que beneficiaran a los ciudadanos británicos. Los resultados, sin embargo, no han podido ser más negativos, pues ha empeorado considerablemente el sistema de sanidad nacional -que se ha visto privado de gran número de médicos y personal sanitario de origen comunitario-, ha disminuido la seguridad y aumentado la criminalidad, y no se ha podido controlar el flujo migratorio, pese a las medidas un tanto racistas adoptadas, como la de pretender enviar a campamentos en Ruanda a los inmigrantes que solicitaran asilo en el país. Según Guillermo Iñiguez, el Brexit ha supuesto el triunfo del chauvinismo sobre  la tolerancia, de la nostalgia imperial sobre el cosmopolitismo y de las medias verdades sobre los hechos.

Consecuencias del Brexit

El Brexit y la “espantá” de Gran Bretaña han sido muy perjudiciales para la UE, pero lo han sido aún más para aquélla, al producir grandes inconvenientes. En el plano doméstico, ha provocado una fracción del país al 50%, si bien entre los partidarios del Brexit se encuentran los sectores menos dinámicos del Reino Unido -personas de edad avanzada e inferior cultura, y población agrícola-. En su contra se ha manifestado la mayoría de los ciudadanos de Escocia y de Irlanda del norte. Políticamente, se ha producido una situación bastante desestabilizadora con el nombramiento en poco tiempo de cuatro primeros ministros no elegidos por el pueblo, sino por los órganos burocráticos del Partido Conservador  y el partido se niega a convocar elecciones -cómo debería hacerse dadas las circunstancias- por temor a perderlas, pues todos los sondeos dan una clara ventaja al Partido Laborista.

A Cameron le sucedió May, quien -pese a haber hecho campaña en contra del abandono de la UE- asumió los resultados del referéndum y negoció con Bruselas un Acuerdo para retirada ordenada de Gran Bretaña, que fue rechazado en tres ocasiones por el Parlamento, con la connivencia de su ministro de Asuntos Exteriores, Johnson, que la sucedió en el puesto tras su dimisión. Lejos de tratar de aunar a los dos grandes bloques opuestos que se habían formado, el flamante “premier”  siguió una política demagógica y marcadamente antieuropea. Firmó con la UE un nuevo Acuerdo de salida, que él mismo incumplió al modificar unilateralmente el Protocolo sobre Irlanda del Norte. Johnson tuvo que pechar con la pandemia del Covid y siguió una política errática, que tuvo su culminación en el abierto incumplimiento de las severas normas adoptadas por su Gobierno, con el vergonzoso escándalo del “Party-gate”, que al final le forzó a abandonar el puesto. 

Le sucedió Truss -otra conversa al Brexit-, que siguió a medias con su secretario del Tesoro, Kwasi Kwarteng, una política económica y fiscal disparatada, que hundió la libra esterlina  y requirió la intervención urgente del Banco de Inglaterra para evitar una catástrofe financiera. Como ha comentado con sorna José Ignacio Torreblanca, los partidarios del Brexit estaban íntimamente convencidos de que -liberado de la garra burocrática de Bruselas- el Reino Unido iba a florecer como la gran capital financiera del mundo libre, pero “ese Singapur atiborrado de esteroides flotando en el Atlántico con el que soñaban los conservadores se ha mostrado no solo como una quimera, sino como una peligrosísima aventura”. Truss no tuvo más remedio que dimitir, batiendo el récord Guinness de estancia más breve y fugaz en la historia de la Presidencia del Gobierno británico.

El sucesor de las sucesora, el millonario inglés de origen indio e hindú de religión, Rishi Sunak, fue cooptado como “premier” por sus pares en la Cámara de los Comunes, en medio del ludibrio generalizado de los medios de comunicación, incluidos los tabloides más conservadores. Con su habitual menosprecio por los países del sur de Europa, los periódicos británicos  hablaron de la “britalización” de la política en el Reino Unido. Incluso el sesudo “The Economist” tituló un artículo ”Welcome to Britaly”, en el que indicaba que Gran Bretaña se había dejado atrapar por la triple red de la inestabilidad política crónica, el bajo crecimiento económico y la subordinación del mercado a los bonos. Curiosamente, en el manifiesto euroescéptico “Britannia Unchained”, se señalaba a Italia como el ejemplo a evitar, pero el vicegobernador del Banco de Inglaterra, Charles Bean, han declarado que el Reino Unido había pasado de no ser muy distinto de Alemania o de Estados Unidos a parecerse más a Italia y a Grecia. Según el ex-secretario del Tesoro, Larry Summers, la quinta economía mundial se está comportando como un mercado emergente. Al propio Carlos III, se le escapó un “Oh, dear” durante su entrevista con Sunak y, en un chiste  aparecido en “El Mundo”, se ve al Rey decir, tras estrecharle la mano al nuevo “premier”,  “!El siguiente!”.

Para el “Financial Times”, en un artículo sobre ”El efecto del Brexit”, el impacto económico de la salida de la UE ha supuesto para cada familia británica una pérdida de £870 al año. Según el directivo del Banco de Inglaterra, Michael Sanders, la economía del Reino Unido se ha visto dañada de forma permanente por el Brexit. La necesidad de aumento de los íncubos y los recortes de gastos no habrían existido si el Brexit no hubiera reducido tanto la producción potencial de la economía, y el daño ha afectado especialmente las empresas pequeñas. La libra se ha devaluado más que el euro en relación con el dólar. La economía británica ha entrado ya en recesión en el tercer trimestre de 2022 ,y podría permanecer en esta situación hasta finales de 2024. La inflación ha llegado al 10.1% y los intereses de las hipotecas subieron en octubre al 6.65%. El Director del Instituto de Estudios Fiscales, Paul Johnson -quizás influenciado el campeonato mundial de fútbol de Qatar-, ha afirmado que el Brexit fue un “autogol económico”. Los autogoles suelen ser accidentales, aunque también puede ser voluntarios y, como en el presente caso, pueden producirse por desviar un tiro del equipo contrario, despejar mal un balón o un error de cálculo. ”A los políticos se les hace aún la boca agua hablando de las oportunidades del Brexit, pero lo cierto es que los británicos han salido perdiendo; la inflación supera ya el 11% y la familia media va a perder el 7% de su poder adquisitivo”. Al haber abandonado la UE, Gran Bretaña ha perdido el paraguas protector del Banco Central Europeo y de las instituciones comunitarias.

Sunak, partidario del liberalismo económico, había criticado acerbamente la política financiera de Truss, y lo primero que hizo en cuanto a recibió su nombramiento fue  mantener como secretario del Tesoro a Jeremy Hunt, quien ya había iniciado un giro copernicano en la política económica de Truss y modificado dicha política al 100%. Ha derogado las propuestas de bajar los impuestos a la rentas más elevadas y las considerables subvenciones previstas, y decidido aumentar los impuestos. Pese a ello, tendrá que hacer frente a un agujero fiscal de más de 50.000 millones heredado del presupuesto de Truss, y ya anunciado la imperiosa necesidad hacer severos recortes en el gasto público. Sunak ha sido partidario del Brexit desde el principio y no parece haber aprendido la lección, pues sigue en sus trece al haber afirmado que “yo voté por el Brexit, creo en el Brexit  y sé que puede suponer grandes beneficios y oportunidades para el país, empezando por el control apropiado de la inmigración”. Resulta paradójico que esto lo diga un inmigrante, que has expresado su intención de enviar a Ruanda a las personas que han entrado ilegalmente en Gran Bretaña a pesar de los obstáculos judiciales. El “Sunday Times” ha lanzado el globo sonda de que el Gobierno estaba sopesando la idea de reducir las fricciones comerciales con la UE mediante la negociación de un acuerdo similar al que la Unión tiene con Suiza, pero Sunak que se ha apresurado a desmentir esa posibilidad y afirmado que su Gobierno no tenía la menor intención de mantener una relación con la UE que supusiera su alineamiento con las reglas comunitarias. Y lo peor es que el líder de la oposición y más que posible primer ministro, Keir Starmer -que se había opuesto al Brexit como la mayoría del Partido Laborista- ha declarado que, si llegara al poder, no renegociaría la salida de Gran Bretaña de la Unión. Es probable que Sunak  abandone, o suavice al menos, la política de hostilidad hacia la UE de sus predecesores y trate de llegar a algún tipo de acuerdo, aunque siempre desde fuera de la Unión.

En el ámbito político, el Brexit ha generado al Reino Unido dos graves problemas, cuáles son los de Irlanda del Norte y de Escocia, territorios ambos en los que la mayoría de sus habitantes se opusieron al abandono de la UE. En el Ulster, las últimas elecciones regionales fueron ganadas por el partido nacionalista irlandés católico Sinn Fein y, pese al compromiso asumido el Acuerdo del Viernes Santo de 1998, por el que éste y el partido nacionalista probritánico protestante -el Partido Unionista del Ulster- se habían comprometido a formar un Gobierno de coalición, el PUU se ha negado a integrarse en un Gobierno dual. Su presidente, Jeffrey Donaldson, ha declarado que su partido no entrará en el Gobierno hasta que no se elimine el Protocolo sobre Irlanda del Norte firmado por Gran Bretaña y la UE. Boris Johnson trató de modificar unilateralmente el Protocolo por él firmado y dictó normas internas contrarias a sus disposiciones. La UE ha denunciado la violación por el Reino Unido de un tratado internacional y le ha abierto un procedimiento de infracción. Las espadas siguen en alto y -aunque la Unión se haya mostrado dispuesta a hacer algunas concesiones para atender a las preocupaciones del partido unionista – mantiene lo esencial del Acuerdo, de conformidad con el principio de Derecho Internacional “pacta sunt servanda”. El secretario británico para Europa, Leo Docherty, ha declarado que su Gobierno esperaba poder negociar un pacto que atendiera a los intereses de los irlandeses del norte y de todas las partes, al mismo tiempo mantuviera la integridad del mercado único europeo, pero las posiciones Gran Bretaña y de la UE parecen irreconciliables. Si no se lograra un acuerdo, se iniciaría una guerra comercial entre las dos partes y, sobre todo, podría ponerse en riesgo la aplicación del Acuerdo de 1998, que puso fin al cruento enfrentamiento entre las dos comunidades, y provocar la reanudación del conflicto guerra-civilista. El empecinamiento del PUU a negarse a entrar en un Gobierno de coalición va a obligar a que se celebren en breve nuevas elecciones regionales, con la posibilidad de que las gane de nuevo el Sinn Féin y que éste reclame con mayor intensidad la reunificación de las dos partes de Irlanda. Como consecuencia del Brexit, se ha puesto en riesgo la aplicación del delicado pacto para la pacífica convivencia de las dos comunidades y existe el peligro de que se vuelvan a producir los enfrentamientos sectarios.

En Escocia, la situación no es menos preocupante. Cameron accedió a que se celebrara en Escocia en 2014 un referéndum de autodeterminación para que el pueblo escocés decidiera sobre si quería mantener la integración en el Reino Unido o declarar la independencia, y el Sí prevaleció sobre el No por 55.3% frente al 44.7%. Ahora, el Partido Nacionalista Escocés, liderado por Nicola Sturgeon -primera ministra del Gobierno de Escocia- ha solicitado la venia del Gobierno británico para celebrar en 2024 un nuevo referéndum, alegando la clausula “rebus sic stantibus” –cambio de circunstancias-, pues la mayoría de los escoceses había votado a favor de la permanencia Escocia en el Reino Unido, que a la sazón formaba parte de la UE, pero ahora -a causa del Brexit- el país ha dejado de formar parte de la Unión en contra de su voluntad. El Gobierno de Londres ha negado su autorización para la celebración del solicitado referéndum y el Gobierno escocés ha recurrido esta decisión ante el Tribunal Supremo del Reino Unido, que ha decidido por unanimidad de sus jueces que el Parlamento escocés no tenía facultad para convocar una consulta soberanista sin la anuencia de Westminster, de conformidad con la sección 30 del Acta de Escocia. Pese a estar en desacuerdo con la sentencia, Sturgeon la ha acatado, reconociendo que cualquier vía hacia la independencia debería ser legal y renunciando implícitamente a una solución unilateral “a la catalana”. Ha señalado, sin embargo, que no renunciará a la celebración de un referéndum de autodeterminación al que Escocia tiene derecho y que convertirá las elecciones de 2024 en un referéndum “de facto” sobre independencia de Escocia. La población escocesa está  escindida en dos mitades irreconciliables -45% a favor de la independencia y 45% en contra, con un 10% de indecisos. Cualquiera que sea la solución que finalmente prevalezca, las consecuencias del Brexit no han podido ser más dañinas para la ciudadanía escocesa.

Como ha observado Pol Morillas, desde el Brexit toda la política británica ha girado en torno a él. Se ha producido un solapamiento de diversas crisis de distinta índole, pero la de mayor incidencia ha sido la del abandono de la UE, porque no se han cumplido las expectativas británicas de que fuera de la Unión al país le iría mejor. El Reino Unido se ha instalado en una situación de inestabilidad y confusión. Según los sondeos, una ligera mayoría de la población británica considera que el Brexit ha sido negativo para Gran Bretaña y que ésta se encuentra actualmente peor política y económicamente que cuando era miembro de la UE, pero el orgullo impide a sus dirigentes rectificar su error y reconsiderar la situación. Muchos analistas estiman que al país le convendría mejorar sus relaciones con la Unión, e incluso volver a reincorporarse a ella, pero Sunak ha rechazado “inequívocamente” la posibilidad de una renegociación con Bruselas, y Starmer le ha ido a la zaga. Según ha editorializado “El Mundo”, seis años después del referéndum sobre el Brexit, el Reino Unido asiste a la implosión del Partido Conservador. “La apuesta de los tories por una fantasía divorciada de la realidad, en manos de inexpertos y sin otro fundamento político que una serie de consignas simplistas contra Europa, ha resultado un clavo en el ataúd de la formación, y ha hundido al país en el caos económico y en un progresivo aislamiento”. En efecto, la vieja y desgastada Britannia, hundida en su espléndido aislamiento y en estado de crisis permanente, se resiste a darse cuenta de que ya no gobierna las olas.




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