De quitarse el sombrero

Es casi un tópico (por repetido y por no falto de veracidad en cierto modo) eso de que la Feria de Sevilla es clasista. Ir a la feria sin un buen billetaje para el dispendio, cierto es que, de unas décadas a esta parte, se ha vuelto casi imposible; desterrada ya la vieja y tiesa costumbre de sacar las tortillas hechas en casa dentro de la caseta, por muy socio de caseta familiar que uno sea.

Ya sé que estamos desmontando la portada del Corpus, no la del Real —que también, eso tarda en desmantelarse más que un pabellón de la expo—, pero es que este año hemos tenido ración doble de feria elitista, elevada esta última característica a la enésima potencia, gracias al evento de cierta firma de moda de alta costura que ha montado algo así como la caseta de Labradores pero a lo grande, al aire libre, nada menos que en la Plaza de España.

Si bien a mí me ha recordado más a las galas de las verbenas de pueblo para escoger a la reina de las fiestas patronales, también he de reconocer que yo de tales fastos vivo bastante desconectado. En plena ola de calor de junio hispalense, el sueño de una noche de (casi) verano se convertía en una hoguera de las vanidades perfectamente consciente y presumiendo de serlo, dando cita a la mayor concentración de pijerío de encaste acreditado de esta ciudad tan dada a ello.

Así pues, esta Feria Bis, en su vertiente más hedonista, recibió sus infalibles madrileños bajo farolillos para aposentarse en enea y a sus guiris, que van con el catálogo, pero algo más selectos. Con una de esas guiris, una influencer que no me ha quedado claro aún si es una modelo, una crítica de moda o la que pinta las flores en el tablao pero que parece tener muchos seguidores pendientes de las fotografías que postea en su instagram, regresó también una de las anécdotas de la aún reciente feria, en ese Real de albero cibernético que son hoy día las redes sociales.

Si en abril nuestra jefa de filas Pilar fue una de las voces más destacadas, a su pesar en realidad, en la polémica llevada al trending topic y suscitada por un atrevido traje de gitana del que no menciono más recuerdo por no hacer mi opinión al respecto; en este caso no ha llegado a tanta repercusión pero a mí, personalmente, me ha llamado la atención en particular la repetición de comentarios en los que se entreveraba tanta presunta apelación al respeto como inquina.

Esta influencer, de cuyo nombre no me acordaré ni aunque me lo repitan, visitó, entre otros lugares, la (mi) Basílica de la Macarena. Como digo, va en el pack de guiri hacerlo, igual que con el de influencer sacarse una foto y publicarla en su perfil. Un medio local de gran alcance se hizo eco de dicha imagen y empezaron a surgir los comentarios que me han dado pie, realmente, a esta breve reflexión: en qué pocas generaciones la Tradición se disipa.

En el ámbito católico existe una corriente a sí misma llamada Tradicionalista, ligada filosóficamente al pensamiento de misma denominación que aboga por la existencia de una memoria acumulativa en los pueblos, de forma que se identifican con formas que siempre le han sido propias aún después de generaciones. Sin embargo, he comprobado todo lo contrario: muchos usuarios clamando por “el respeto” y escandalizados porque dicha influencer lleva un sombrero dentro de la Iglesia. Aquí empezó el baile de costumbres o etiquetas inventadas por cada uno: que si “en las bodas es una excepción que lleven pamelas porque es una boda” (como si durante las bodas los templos dejasen de serlo o algo así) o que si “ahora entro yo con una gorra y enseño la foto” pasando por el “esta mujer se hace fotos en bikini y ahora va a la Iglesia” (mejor ni comento ese tipo de inquina absurda) hasta el más desastroso de los argumentos: que para qué va a la Basílica si no es católica.

No voy a disertar aquí sobre el orgullo que, como católico, me produce que esas tan vilipendiadas “riquezas de la Iglesia” puedan estar precisamente a la vista de todo el mundo, en muchos casos sin cobrar entrada para admirar las obras de arte que nuestros antepasados han legado en los templos y, por supuesto, sin que nadie le pida a nadie la partida de bautismo para pasar de la pila del agua bendita. En lo que sí quiero detenerme, a cuenta de esta letanía de barbaridades leída durante las 24 horas que dura ahora un hit, es en lo rápido que pasan también las tradiciones milenarias a ser parte del olvido si la presión contra ellas es lo suficientemente fuerte.

Como otro de los envenenados frutos de esa “primavera de la Iglesia” que quiso ser el Concilio Vaticano II, confundiendo la templada temperatura (o más bien tibieza ya advertida en Apocalipsis 3:15-16) con lo que realmente era un lánguido y decadente otoño; parece ser que el vulgo dícese que católico ha contrapuesto diametralmente lo que debe ser por lo que parece.

Mientras esa corriente tradicionalista se afana yo diría que heróicamente en mantener intacto el depósito de la Fe mediante la integridad de la liturgia, de la que nada es caprichoso, el océano aggiornado confunde hasta el más leve gesto, haciendo olvidar que, durante 1960 años aproximadamente, las mujeres han tenido la taxativa obligación de acceder al templo con alguna prenda de cabeza, de lo que derivó el velo como mínima expresión, folclorizado en la mantilla. Todos estos que protestan porque la tal influencer no se quitase el sombrero son parte de una generación que ha olvidado lo que nuestros ancestros sabían, porque nunca nadie se lo había explicado. Yo me cansé pronto (no como ahora, que voy abreviando por falta de espacio y puesto que sobreentiendo la capacidad de buen entendedor de quien me haga el honor de leerme) de intentar ejercer ese acto de caridad que la iglesia recomienda como es rectificar al errado, porque no estoy yo siempre para evangelizar. Solo les dejo a todos ellos junto con la anterior cita, la siguiente: Corintios 11:7-11.

De mantener fúlgida la llama de la Tradición en todas sus vertientes espero no cansarme tan rápidamente.




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