¿De qué van estas elecciones?

A medida que se acerca el día veintiocho de abril y la campaña electoral de la que, antes de comenzar, ya estamos cansados, los diversos partidos políticos, que llevan, sobre todo ese cuyo Secretario General es una especie de efigie de granito que llaman Sánchez, nueve meses en ello, van introduciendo en lo que los modernos llaman “el debate público”, que no es más que lo que las televisiones dicen que debemos debatir, nuevos asuntos, muchos de los cuales apenas tienen que ver con la política (ataques personales, descalificaciones gratuitas, insultos bajunos…).

El fin de esto es embarullar y confundir al elector y que todo se convierta en un marasmo de opiniones o pseudoideas sin ningún contenido real. Y, ¿para qué? Pues para inducir a pensar al ciudadano que todo es lo mismo, que da igual uno que otro y que su elección se limita a votar al que le parece más guapo o al que promete que le va a dar más ayudas sociales, que para el caso es lo mismo. Ni el ser guapo ni el dar más ayudas sociales dependen del candidato, la guapura es cuestión de la genética y la naturaleza y las ayudas sociales son cosa de nuestro bolsillo, o sea, que las pagamos nosotros.

Por esto, cuando aparece en el horizonte una opción que tiene claros sus postulados y los proclama abiertamente, sin miedo y sin, como se suele decir, pelos en la lengua, todos se ponen muy muy nerviosos y comienzan a atacarla y a inventar “cordones sanitarios”, que no son más que la proclamación de la propia impotencia para combatir con ideas las ideas de los otros.

Y si esos postulados conectan con mucha de esa gente que está hasta el gorro, dicho coloquialmente, de que les impongan lo que tienen que pensar sobre determinados temas y de qué toca hablar en cada momento, siempre al dictado de los Ferreras o Évoles de turno, la cuestión se torna emergencia nacional para esos partidos instalados en el conformismo de la poltrona. De ahí a la alerta antifascista hay solo un pequeño paso.

Recientemente he vuelto a leer en un artículo de opinión la famosa anécdota atribuida al maestro  Juan Belmonte y mil veces repetida en que éste, al encontrar presidiendo una corrida, como gobernador civil de Huelva, a un tal Miranda, antiguo banderillero suyo, y contestando a un amigo que le preguntaba cómo podía ser que hubiera llegado Miranda de banderillero a Gobernador Civil, respondía: “degenerando, amigo, degenerando”.

Pues bien, solo degenerando se puede llegar a explicar el relativismo reinante en nuestra sociedad actual. Que una gran cantidad de los que nos rodean, en bares y cafés, centros comerciales, en el cine, en el fútbol o incluso en la Iglesia, piensen que nada es importante, que no vale la pena discutir por nada y es mejor vivir su vida tranquilo y sin “buscar problemas”. Que merece la pena pelearse por un equipo de fútbol pero no por la unidad de España. Que se acepte ciegamente que sean unos cuantos políticos profesionales únicamente interesados en su ambición personal y sin ningún ideal alto los que dirijan el futuro de la Nación de todos.  

Y es por eso que hay que saludar alborozados cuando aparece una opción que parece menos preocupada por los sillones que por llevar adelante sus propuestas y, sobre todo, que pone por delante de todas las cosas a España.

Porque de lo que de verdad van estas elecciones no es de economía, de pensiones o de Franco, de lo que van es de parar esa deriva imparable de nuestro sistema y nuestra sociedad hacia la vacuidad. Porque hay cosas que sí son importantes, y que sí hay que defender con uñas y dientes. Porque, si no lo hacemos, si todo nos da igual, las perderemos. Sin darnos apenas cuenta, las perderemos. Aunque creamos tenerlas seguras.

De lo que va lo que hagamos el 28 de abril con nuestro voto es de elegir entre seguir disolviendo España y perdiendo la esencia de lo que nos une desde hace siglos o cambiar el rumbo y recobrar el orgullo de ser español, reivindicar nuestro pasado, nuestras conquistas, nuestro peso en la historia del mundo y creernos que podemos volver a ser grandes de nuevo. Va de no dejar que los que quieren destruir la unidad nacional y aquellos a los que esta no les importa nada, sigan socavando los cimientos de nuestra identidad como nación. Y va de decir basta a los que creen que pueden engañarnos una vez más para seguir pastando en el presupuesto mientras malvenden nuestra Patria a los que abominan de ella con la única finalidad de conservar sus privilegios.

El escritor Charles Bukowsky, sí, ese del “realismo sucio”, un alcohólico brillante, dijo una vez: “La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes”.

Utilizando ese lema vacuo y estúpido que ha estrenado el PSOE de cara a la amenazante y tediosa  campaña que se acerca, «haz que pase», hagamos que pase lo que debe pasar: que no nos gobiernen para darnos órdenes  los que no creen en España. 

Puestos a elegir quienes nos manden gracias a nuestros votos, prefiero a un grupo de personas que eligen como lema de campaña  «Por España». Prefiero a un grupo de españoles que no se avergüenzan de proclamar y reivindicar lo que son y que elige Covadonga como lugar simbólico de inicio de esta fastidiosa campaña, ese precioso rincón asturiano donde, tras derrotar a las tropas musulmanas, Don Pelayo dio comienzo a la tarea de la  Reconquista. 

Una Reconquista de nuestra España que ha llegado el momento, no puede retrasarse más, de volver a emprender.



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