Elegía por una diosa

“…Y, en el entretanto, ¿Dios dónde se ha metido? Éste es uno de los síntomas más inquietantes. Cuando eres feliz, tan feliz que no tienes la sensación de necesitar a Dios para nada, tan feliz que te ves tentado a recibir sus llamadas sobre ti como una interrupción, si acaso recapacitas y te vuelves a Él con gratitud y reconocimiento, entonces te recibirá con los brazos abiertos o al menos así es como lo vive uno. Pero vete hacia Él cuando tu necesidad es desesperada, cuando cualquier otra ayuda te ha resultado vana, ¿y con qué te encuentras? Con una puerta que te cierran en las narices, con un ruido de cerrojos, un cerrojazo de doble vuelta en el interior. Y después de esto, el silencio. Más vale no insistir, dejarlo. Cuanto más esperes, mayor énfasis adquirirá el silencio. No hay luces en las ventanas. Debe tratarse de una casa vacía. ¿Estuvo habitada alguna vez? Eso parecía en tiempos. Y aquella impresión era tan fuerte como la de ahora. ¿Qué puede significar esto? ¿Por qué es Dios un jefe tan omnipresente en nuestras etapas de prosperidad, y tan ausente como apoyo en las rachas de catástrofe?”

C. S. Lewis. “Una pena en observación”.

 

Diecinueve de noviembre…. hace cien años que nació al mundo Gene Tierney.

Gene estaba predestinada a ser una diosa. Los astros la eligieron para ser bella entre las bellas y además le otorgaron la gracia de dominar el arte de la interpretación. Lo tenía todo para ser feliz. Con apenas veinticinco años ya había protagonizado varías obras maestras con los mejores. “El diablo dijo no” del gran Ernst Lubitsch, “Que el cielo la juzgue” de John M. Stahl y, sobre todo, la película donde yo la vi por vez primera y caí, ya para siempre, enamorado, “Laura”, de Otto Preminger.

 

 

Sí, desde que la vi por primera vez siempre fue una de mis actrices predilectas, la más bella y dulce entre todas. Había otras bellísimas y glamourosas perro yo tenía algo especial con ella… Aún no sabía de su vida. Solo sabía que brillaba como ninguna otra en la pantalla oscura de una sala de cine de mi barrio o en la de la televisión de mis padres… ahora sé que era lo que yo veía en esa mirada dulce pero triste en el fondo, algo que, había marcado, y yo bien sé cómo lo hace, su vida ya para siempre….

Una mala estrella debió cruzarse en la conjunción de esos astros. Hija de un padre que la explotó económicamente desde que empezó a ganar dinero en el cine y hasta el fin de sus días, que puso múltiples obstáculos para su primer matrimonio hasta que ella lo sorprendió siéndole infiel a su madre y al que demandó basándose en la famosa jurisprudencia Coogan (por Jackie Coogan, aquel crío de la película de Chaplin, “El chico”, al que también robaron sus interesados padres) dejándole de hablar hasta su muerte, esto y quizá ignotos antecedentes familiares le dejaron una huella en su personalidad, que era inestable e insegura. Su mente tenía propensión a hundirse en las tinieblas, en el miedo a no se sabía qué.

A pesar de todo esto, contrajo matrimonio en 1941, aún muy joven, apenas veinte años, con el entonces cazafortunas y que luego sería famoso diseñador de moda y magnífico autor del vestuario de tantos y tantos films de aquella época dorada de Hollywood, Oleg Cassini, de ascendencia rusa, que, tiempo más tarde se encargaría de dotar de ese estilo inconfundible y que creó moda a la primera dama Jackie Kennedy, que solo lo quería a él para vestirla. 

Con Oleg, Gene quedó embarazada de una niña que vino al mundo dos años después del matrimonio. 

Y ahí fue donde la mala estrella tomó el timón de su vida. Una fan histérica rompió una cuarentena por epidemia de rubéola para saludarla en el famoso bar “La Cantina”, donde se reunían las estrellas de aquel Hollywood. Gene había acudido allí a recaudar fondos para la guerra. La admiradora se despidió con dos besos en la mejilla (quizá los mortales nunca debieran mezclarse con los dioses) y le contagió la terrible enfermedad.

A causa de esto el embarazo culminó dando ella a luz a su hija Antoinette Daria Cassini, Daria para todos, por la bisabuela de su marido, una niña que nació sordomuda, ciega y con una parálisis cerebral que le causaba una importante discapacidad psíquica. Eso acabó con Gene. Tenía sólo veintidós años. En todo el resto de sus días no pudo recuperarse de este mazazo del destino. Discurrió de depresión en depresión y ello agravó su inestabilidad mental. “Trastorno bipolar” lo llamarían ahora.

Tras tener otra hija, Christina, esta sí, sana, en 1948, y divorciarse de Cassini en el año 52, mantuvo un convulso flirteo con John Fitzgerald Kennedy a quien la familia no le permitió casarse por ser ella divorciada. Al año siguiente, el futuro Presidente contraía nupcias con Jacqueline Lee que, azares de la vida, pasados los años y ya convertida en Jacqueline Kennedy, eligió al exmarido de la examante de su marido para que la vistiera…. En Europa conoció al playboy y príncipe indo-italiano Alí Khan. El romance fue frustrado parece ser que por el padre del príncipe.

De sanatorio mental en sanatorio mental, aconsejada por Humphrey Bogart, pasó varias veces por la terrible experiencia del electroshock, dos electrodos al costado de la cabeza, colocados sobre el cuero cabelludo y una corriente eléctrica que pasaba por su cerebro… En el sanatorio “The Institute of Livin”, de Connecticut, llegaron a aplicarle hasta veintisiete de estas sesiones que le destruyeron gran parte de su memoria; trató de huir, pero la policía la capturó y la devolvió al asilo. En 1955 fue liberada y quedó bajo la custodia de su madre.

En sus memorias, “Autorretrato”, de 1979, Gene escribió: “mientras esté personificando a alguien más, todo está bien; pero cuando tengo que ser yo misma es cuando los problemas comienzan”.

 

 

La política de los Estudios y los psiquiatras la hicieron internar a su hija Daria en una institución y alejarse de ella, y esto no lo pudo soportar.

A mitad de los años cincuenta tocó fondo al reencontrarse con aquella fan enloquecida que le confesó haberse saltado la cuarentena de la rubeola para abordarla… y arruinarle la vida. 

En 1957 intentó suicidarse. Un vecino la sorprendió caminando en el filo de una cornisa, llamó a la policía y la internaron de nuevo. “Estaba limpiando las ventanas”, dijo Gene a los médicos.

Para intentar rehabilitarse se puso a trabajar como dependienta en un almacén por un mísero sueldo. Ella, que estaba destinada a ser una diosa. Varios clientes la reconocieron y publicaron su foto en los periódicos sensacionalistas. 

Aunque intentó regresar al cine, recayó y abandonó la película que rodaba para regresar a la clínica.

Gene se casó de nuevo en 1960, con el magnate del petróleo W. Howard Lee, que antes había estado casado con otra hembra mitológica, la también bellísima Hedy Lamarr, que además fue “la inventora del wifi”, pero esa es otra historia. Lee la dejó viuda y millonaria en 1981.

Su última película había sido con el gran director norteamericano, aunque nacido en Rumanía, Jean Negulesco, en el año 64. Hizo un papel secundario en la película “En busca del amor”, un flojo remake musical de “Tres monedas en la fuente” dirigida por el propio Negulesco.

La amaron muchos hombres. Howard Hughes la quiso toda su vida y pagó todos los tratamientos médicos de Daria. Él también sabía que Gene era una diosa. 

Una diosa que nunca encontró la felicidad ni la paz. 

Sus últimos años los dedicó a la ayuda y defensa de los niños con enfermedades mentales.

Daria murió a los 67 años en 2010. Había sobrevivido a su madre diecinueve años. 




 

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