De belleza y armonía (y II)

Recurrir a John Ruskin y a su magna obra “Las piedras de Venecia” puede resultar algo excesivo, considerando que este singular autor decimonónico, en su entusiasmo por el arte gótico, tachaba de “errónea” nada menos que toda la arquitectura occidental desde el Renacimiento en adelante.

Pero los espíritus geniales se caracterizan por sintetizar en pocas palabras, con gran precisión, ciertas ideas de aplicación universal. Diría que ha dado en el clavo cuando afirmaba que la arquitectura más altiva y prepotente es la que, con su estructura simple y severa, ni se molesta en ser atractiva a la vista; la que desdeña el deleitarnos. Contrapone a eso el alegre entusiasmo decorativo del artesano del siglo XIII, al que todo esfuerzo le parece poco, que, humildemente, nunca cree haber conseguido del todo el ideal…

Aplaudir las palabras de Ruskin no es pensar que la arquitectura contemporánea tenga que imitar el abigarramiento decorativo del gótico tardío, o del plateresco español, o las extravagancias churriguerescas (si bien todas estas expresiones denotan, curiosamente, humildad, sí; pues, poniéndose en el lugar del espectador, se afanan en deleitar su vista). 

Pero un estudio de los escenarios más amados por la humanidad a lo largo de los siglos siempre es fructífero, siempre viene bien para el presente. Admirando un panorama tan obviamente bellísimo como el Gran Canal de Venecia, Julián Marías caía en un detalle interesante: los palacios que flanquean el canal por ambos lados son de un esplendor indescriptible, eso lo sabemos todos. Pero lo curioso es que el palacio renacentista, el posterior barroco, y el posterior super barroco del XVIII, y el neoclásico que también hay, ninguno pretende “epatar” al gótico de al lado. Ninguno achica al otro; todos ellos armonizan, se enriquecen mutuamente. Y eso en una época en la que no había leyes urbanísticas para salvaguardar la estética. Alguno de ellos sería construido, quizá, por un nuevo rico con ánimo ostentoso. Pero su orgullo consistía en formar parte, integrándose perfectamente, en la mejor calle de la ciudad… No deseaban aplastar al resto. No los consideraban “atrasados”.

Entendemos que el arquitecto debe actuar de acuerdo con su tiempo. La vida actual exige otras dimensiones, estamos archisaturados de imágenes, se requieren líneas depuradas… Levantar nuevos edificios historicistas e imitativos sería ridículo cuando todo ha cambiado.

Sin embargo, esto no debe implicar la renuncia a agradar. Ahí cobra vigencia el comentario de Ruskin: seguir el ejemplo del ansia decorativa del gótico ya no parece válido; pero la idea de fondo, de no desdeñar el sernos gratos a la vista, sí. Los edificios emblemáticos de la modernidad deleitan la mirada jugando con los volúmenes, a la vez enormes y de apariencia liviana. Los materiales y la ingeniería de hoy permiten esos alardes de hacer que se vean diáfanas y volanderas unas estructuras que pesan toneladas. El ojo del ciudadano de la gran urbe, atiborrado del exceso de elementos, ve en los bellos reflejos, en los suaves volúmenes que presentan  los edificios de diseño realmente moderno, una prolongación de las nubes, una prolongación del cielo, y ellos le dan respiro y descanso.

Hay multitud de ejemplos de edificios modernos, que, enclavados en viejas ciudades, refrescan la vista y en absoluto la oprimen. No hay que salir de España, por supuesto, para poner ejemplos. El mismo puente del Alamillo, de la Sevilla de la Expo, resulta a la mirada mucho más refrescante que opresor. 

Pero  esta reflexión vino un día pasando por la reinventada City de Londres, que, rebosando de construcción reciente, mantiene, conserva, respeta, se pone como a la sombra de los edificios anteriores (sin que éstos tengan ni siquiera demasiado mérito artístico ni histórico, pero… son los suyos) y los reflejan y realzan, y el conjunto despliega una belleza de la que en el siglo XX carecía. 

Para presumir de hermoso no hay que avasallar a nadie. Vale para las personas y para los edificios.




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