De belleza y armonía (I)

Hay sevillanos de lo que algunos llaman “gustos tradicionales”, amantes de la historia del arte, que sin elegirlo tal vez, por circunstancias de la vida, se encuentran en ciudades modernas fuera de la vieja Europa, digamos Chicago o Nueva York por ser clásicos (aunque se van quedando vetustas frente a las deslumbrantes nuevas capitales de Asia), y allí abren los ojos, miran los edificios, y se sorprenden, se extrañan de lo muchísimo que les gustan.

Complacerse ante lo que universalmente se considera digno de ver resulta natural. Pero, ¿a qué viene la sorpresa? ¿Es que uno pensaba que no le iba a gustar?

Aventuro pues, una hipótesis: el sevillano clásico tiene tan asumida la identificación de “moderno” con “feo”, que al ir a una ciudad moderna de verdad se sorprende de hallar una característica sin la otra. Se sorprende de ver que esos edificios de cristal resulten armoniosos, bellos, bien acoplados el uno con el otro, gratos a la vista. 

Llamar a algo “hermoso” o “feo” siempre será discutible. Pero hay ciertas consideraciones objetivas. Por ejemplo, si un edificio se diseña para armonizar con el entorno, o para romperlo. Para que se inserte en el campo visual aumentando la belleza del conjunto, o si es para imponerse, para aplastar el resto del paisaje.

En la Varsovia de los años noventa, aún oscura y gris en su estilo postcomunista (salvo por su pedacito de casco histórico reconstruido cuidadosamente), un guía nativo solía indicar, con una mezcla de desprecio y de cariño el enorme, apabullante, feo, paradigma de lo soviético, edificio situado ahí en medio presidiendo la ciudad:

-Fue un “regalo” de la Unión Soviética a la ciudad (¡vaya regalo, del opresor! Qué amable). Horroroso. Pero en fin, con el tiempo nos hemos acostumbrado. Es feo; pero ahí está. 

En efecto, el edificio, imponente, sin gracia, duro, dictatorial, raramente agradaría a nadie. “Palacio de Cultura y Ciencia” es su pomposo nombre. Pero en fin, se había convertido en una referencia. Ya que era imposible ignorarlo, se aceptaba.

Veinte años después, el visitante se lleva la grata sorpresa de un paisaje urbano realzado y embellecido. El mastodóntico “regalo” soviético sigue ahí –no lo van a quitar. Pero se ha rodeado de siluetas ágiles, livianas, transparentes… En particular, uno de los rascacielos, curvado, esbelto, llama la atención del observador. ¿O diremos mejor que su mérito es que no la llama? El nuevo rascacielos azulado está ahí; pero no se impone a la vista. Se confunde con el cielo y con las nubes. A muchos nos agrada, incluso nos embelesa. Pero si a alguien ese edificio le disgustara, cosa que cuesta imaginar, no sería tan grave, pues su forma no domina, no avasalla. No se clava, quieras o no, por la fuerza en la retina, como hacía el edificio soviético, como hacen, ¡ay! tantas edificaciones que se autodenominan modernas cuando lo que son es prepotentes. El edificio azulado tiene diseño, movimiento, armonía. Se le puede contemplar. Pero también se le puede en cierto modo ignorar, basta con no mirarlo. No tiene la pretensión dictatorial de dominar nuestro horizonte visual a la fuerza. NO está, como los de la época soviética, o como algunos “de autor” del siglo XXI, despreciándonos y machacándonos…

¿Es la “humildad”, palabra que puede sonar ñoña, un requisito necesario para que funcionen las deslumbrantes arquitecturas del siglo XXI? Pues aunque parezca extraño, sí. Si, pagadas de sí mismas, desprecian el entorno en que se clavan, pues en vez de modernas parecerán soviéticas.

Volveremos con John Ruskin.




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