De Ángeles y Arcángeles

Por estas fechas, la iglesia católica celebra la festividad de los santos Arcángeles (Rafael, Miguel y Gabriel) y la de los Santos Ángeles Custodios (atrás quedó a principios de agosto la festividad de Nuestra Señora de los Ángeles), y les confieso que me sorprendo al ver cómo para la gran mayoría de los creyentes, los Ángeles sólo representan la nostálgica ilusión y la franja mítica de un mundo totalmente abandonado después de la infancia, cuando todas las iglesias cristianas, no sólo la católica, conservan intacta la devoción a ellos. ¿A qué razones se debe este eclipse en nuestra relación con los Ángeles?

En mi modesta opinión, la primera es la exaltación de la razón hasta empujar al hombre a arrodillarse ante ella y sus “luces”, auspiciada por el racionalismo y el iluminismo de las Eras Moderna y Contemporánea. La segunda es la embriagadora euforia ante todo tipo de avance científico y tecnológico. En tercer lugar, y no menos importante, la influencia de los mass-media, grupos de comunicación que dominan los informativos, las películas y las series que vemos, y que nos llevan a pensar que sólo existe lo que nos muestran, manipulados por los grandes centros de poder, influyen en nuestro inconsciente, reduciéndose finamente a un único imperativo: “consume”.

Obviamente, dentro de esta visión del mundo no hay lugar para los Ángeles, y sobre ellos no sólo cae el silencio, sino incluso la risa. Todo lo que conmueve, desborda la experiencia sensible y supera el sentido común, es esterilizado. La religión se ha achatado, y se ha vuelto prudente y razonable en todo. Y muchos la rechazan precisamente por esto.

Sin embargo, cada domingo, al profesar nuestra fe en el Credo, repetimos aquello de “Creo en Dios… creador del cielo y de la tierra; de todo lo visible e invisible”. Parece oportuno recordar a estas criaturas celestiales más a menudo como ministros de la Providencia en el gobierno del mundo, tratando de vivir en familiaridad con ellos.

Aunque misteriosos en su invisible modo de ser, sin embargo existen, y las páginas de la Sagrada Escritura están abarrotadas de referencias a ellos. Lo que cuenta no es su representación, sino su existencia. Lo importante es tener presente su realidad, en términos “de oficio” en su triple función de mensajeros, custodios y liturgos.

Dionisio, un autor cristiano del siglo V, seguido por Santo Tomás de Aquino, estableció tres jerarquías celestes, cada una de ellas con tres coros: a la primera y más alta corresponden los Serafines, Querubines y Tronos; a la segunda las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades; a la tercera los Principados, Arcángeles y Ángeles. Esta es la Tradición que ha llegado hasta nuestros días.

Para algunos puede tratarse de una figura del Antiguo Testamento (el ángel del Paraíso, el que detiene la mano de Abraham, los querubines en el libro de Ezequiel,…) pero entonces ¿por qué Jesús no rechazó esta figura como sí hizo con las abluciones y el legalismo del sábado, sino que la mantuvo y la citaba de continuo?

Desde el Ángel del Paraíso al del Apocalipsis, que jura que no habrá más tiempo; desde el Ángel que lucha contra Jacob hasta aquel que ilumina a Zacarías; desde aquellos que castigan a Heliodoro hasta aquél que guía al joven Tobías; desde aquel que consuela a Agar hasta aquel que libera a san Pedro, toda la narración sagrada está recorrida por estos enviados de Dios

Especial interés me ha despertado siempre la figura del Ángel Custodio, recogido en el salmo 91; “Pues te encomendará a sus Ángeles para que te guarden en todos tus caminos, y ellos te levantarán en sus palmas para que tus pies no tropiecen en las piedras”.

En unos tiempos como los actuales, donde el miedo parece que se nos inocula por tantos y tan diferentes motivos, es reconfortante saber que el mensaje fundamental de los Ángeles es de no temáis: “no temas”, había dicho Gabriel a María, turbada por una visita tan insólita. “No temáis”, dice el Ángel a los pastores, asustados por el mismo motivo. Al contrario, nos incitan a salir del inmovilismo y pasar a la acción. Así en el pasaje de la Ascensión, se les pregunta a los testigos: “Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí, mirando al cielo?”.

Resulta cuanto menos curioso que la oración del “Santo, Santo, Santo es el Señor” es la única de toda la Eucaristía que la iglesia recomiende cantar siempre que sea posible, pues se trata del Himno de Alabanza supremo de los Ángeles.

Creer que los Ángeles están con nosotros desde que comienzan nuestros días terrenos hasta que terminan, más allá de la muerte, y vivir teniéndolo presente, nos ayuda a lo largo de todo el curso de nuestra existencia a mantener viva la llama de la fe, esperanza y caridad que constituyen el mejor escudo ante cualquier ataque. Mirar esta vida sin una perspectiva de eternidad es como mirar con una gran miopía un golfo de mar. Se corre el riesgo de pensar que se trata de un estanque. 

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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2 Comments

  1. Muy buen artículo. Muy acertado!!! Enhorabuena!!!

  2. José Antonio Molino dice:

    Enhorabuena una vez más Alberto, por tu artículo. Me gusta la cuestión de la fe ” en lo visible y lo invisible “. Si somos creyentes, es lógico admitir la existencia de los Ángeles, ya que bien dices que se mencionan desde el Génesis ( Hace poco leí que la creencia en la existencia de los ángeles proviene de la adaptación del Cristianismo al politeísmo romano, que tenia dioses para todo, incluyendo el dios particular de cada individuo o de cada familia ). Seguramente algo de fundamento tiene pero lo cierto es los ángeles están presentes en las religiones desde la noche de los tiempos. Por otra parte, en general, no me extraña tanto ese desapego a esta figura, como a tantas otras de la religión. Desde hace ya décadas, vivimos ajenos a ” lo que no se ve “., y lo espiritual está arrinconado por lo material. Nos corresponde a cada uno tener vida espiritual e interior propia y descubrir el ángel que nos acompaña .

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