David

Tengo una sensación extraña desde el domingo: creo haber tenido un amigo que no llegué a conocer nunca….

Confieso no haber leído en su momento el artículo. La inesperada (a pesar de estos dos meses de lucha nadie quería creer que sucedería esto) noticia de la muerte de David Gistau trajo, entre sus tristes salpicaduras, una feliz: descubrir esta pieza ejemplar en el genero del articulismo. Como tantos otros ensayos breves, que no otra cosa era cada uno de ellos, de su autor. Un diamante de lirismo, humanidad y sincera mirada al interior de uno mismo. 

Esa frase “Un hijo es decir no y quedarte cuando antes decías sí y te ibas”…

No se puede resumir mejor ni en menos palabras la paternidad. No se puede hacer mejor.

Por eso produce mayor dolor, mayor tristeza, a pesar de no haberle conocido, saber que David ya no está jugando con Luca o cualquiera de sus cuatro hijos, todos ellos ahora huérfanos de ese padre que quería acompañarlos en su adolescencia y conducirlos en sus primeros pasos por la vida y que ya no podrá hacerlo. Cuanta tristeza, Dios mío.

Huérfanos no solo de un padre, también de un amigo que los llevaría al fútbol, a ver a su Real Madrid. Que les diría quién es Loquillo y saltaría con ellos en uno de sus conciertos. Que les contaría que su forma de vivir la vida, la mejor para él, como dijo Dieter Brandau en la despedida que hizo a su amigo, era en pandilla. Que les descubriría el mundo y se lo mostraría a través de esos ojos que, a pesar de sus casi cincuenta años, eran todavía ojos juveniles y llenos de ilusión por lo que aún no había sucedido, por lo que estaba por venir….

El mítico Bar Balmoral que evocó con otro nombre en su último libro “Gente que se fue”, malhadado por lo premonitorio el título, lo cobijara en su recuerdo para siempre.

Y a mí, que lo confieso, derramé alguna lagrima inesperada (al fin y al cabo no lo conocía más que por sus artículos y las opiniones que de él tenían todos sus muchos amigos), me legó con su injusta muerte, ese artículo del que yo, a pesar de tener más años y tantos hijos como David, aún tengo que aprender tanto. Y no de su maestría singular escribiendo, sino de su humanidad tan enorme como ese corpachón que cobijaba un corazón que se intuye grande, grande, tan grande como él.

Solo una cosa para finalizar estas breves lineas; estate tranquilo David allí donde estás, escuchando eternamente a Sabina o Loquillo, visionando una y otra vez los goles de tu Madrid y rememorando sus Copas de Europa y escribiendo artículos para todos los periódicos que se editen en el cielo, a tus hijos no les has fallado. 

Tus hijos, estoy seguro, no serán nunca  “un adolescente enfadado con el mundo porque se le murió el padre demasiado pronto”, porque tendrán a su madre y a cientos de amigos que le hablarán de ti y te sentirán siempre presente, velando por ellos, desde allí donde estás ya formando nuevas pandillas.

Hasta siempre David, amigo al que nunca conocí.

A mí, más viejo que tú, con tantos hijos como tú, ya me has dado una lección de vida.  




 

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