D. Amancio y cierra España

El pueblo empieza a agotar su paciencia. No por causa del confinamiento, sino por hartazgo de tanta incompetencia, de tanto engaño, de tanta vergüenza.

El Gobierno, con un auténtico truhán del Missisippi a la cabeza, sólo da traspiés, desbarra, se disloca, tranfullea, miente, insulta a la inteligencia. Y nada arregla.

No hubo un plan, jamás lo hubo; pero ya es lo mismo, porque si lo hubiese habido, es real que ha fracasado y todas las naves se le han hundido a este Gobierno del disparate cóncavo y convexo.

Dame pan y dime tonto: nos come la pandemia.

Ni comprando en China ni en Alpedrete recompone el rumbo esta flota de ministerios del todo a cien a la deriva, encabezados en su mayoría por grumetes ignaros que parecen no saber a dónde van ni a dónde quieren ir.

Es más, tal vez algunos de ellos ni siquiera van a bordo, como ese oprobio de ministro que en plena tormenta de la crisis se pide una baja por paternidad y luego anuncia muy solemne que han bajado las apuestas deportivas…, porque no se puede jugar ni a la pelota.

Crecen las apuestas, sin embargo, a que nadie en un Consejo de Ministros del Reino de España incurrió en toda nuestra Historia en una felonía tan amanerada, inane e injustificable. Si la batalla que libramos no fuese contra un virus, tal vez merecería un consejo de guerra.

A Castells nadie le ha visto… O ha saltado por la borda al ver la ineptitud del almirantazgo político del que forma parte o va de polizón en un llaut o en el interior de una ballena con patrocinios, como una Greta de pelo alborotado, camino de California para proteger sus propiedades ante la llegada allí del virus.

La última vez que se le vio en público acudió al Senado con una camiseta de bañista en la que podía leerse “Equal Rights”. ¡Mis coj… con los almogávares éstos!

Si el que falla en las gestiones es el ministro de Filosofías que encabeza la célula de mando ministerial y la compra en el Lejano Oriente no sirve o no llega, los corifeos nos alumbran con que el suyo es un Ministerio amortizado por Iceta, una carcasa vacía y oxidada que perdió las competencias de gestión en favor de las autonomías hace mucho tiempo.

Si es el otomano, ejerciendo de corso. el que nos incauta la mercancía, como en tiempos de Cervantes, la ministra de Exteriores, que parece recién salida de una orla universitaria, se encoge de hombros para informar de que no lograremos recuperar los respiradores expoliados por el sarraceno ni siquiera con la mediación y pago de rescate de los monjes mercedarios. ¡Ay, si D. Álvaro de Bazán, D. Juan de Austria o el Farnesio levantaran la cabeza, triste España!

Pero en Europa el poder vino siempre de la mano del comercio. Al tal Sánchez no le vende nadie y, si le venden, es una burra que no existe o una moto que no arranca, pero los mercachifles le envían toda suerte de baratijas y cristalitos de colores, como la heroica lucha contra los piropos o el griterío épico de una manifa infectocontagiosa que te arruina el gesto y te obliga a lucir mascarillas y guantes como los de un graffitero para salir en el No-Do de los telediarios visitando una fábrica del mismo estilo que la de los Seat 600 pero reconvertida en usina de tecnología médica. Doña Begoña Polo de Franco no ha podido acompañarle por prescripción facultativa del equipo médico presidencial. Otra vez será.

El comercio, digo, fue la gasolina de todos los Imperios y sirvió para crear ciudades-Estado tan poderosas como Génova o Venecia. Pero también el yugo incruento de los traficantes y los banqueros derribó a reyes y a tiranos de todo el orbe.

Papito D. Amancio no se inmuta por la insolencia chabacana de esa hueste atrabiliaria que le afea su conducta dadivosa, pero luego chasca un dedo, como un Médici, y le sirven toneladas de sedas y manjares sanitarios a su hora desde Catay y Cipango…, mientras más de la mitad de los españoles se acuesta suspirando con ver al gallego Don Ortega en el sillón principal de la Moncloa.

Cierra España… a la hora que le diga Zara.

He dicho.




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