Curadores del alma

Durante años vengo escuchando que los artistas, los cantantes sobre todo y con ellos los músicos, se dedican por encima de todo a entretenernos, forman parte del mundo del divertimento.

Pero, ¿qué quieren que les diga? Le he dado vueltas y vueltas a esa idea y no crean que llego a estar completamente de acuerdo con ella.

Sé que quienes cantan, quienes componen, o quienes tocan un instrumento, han de conformarse con deleitarnos (lo cual ya es mucho y muy importante). No pueden mover las más de las veces un milímetro de la situación del mundo. Pocos, sólo unos cuantos escogidos han hecho una revolución desde su música, como pasó con Beatles. Pero a la hora de la verdad, la inmensa mayoría de los cantantes y de los músicos se diría que tienen por ocupación distraernos. Un cantante no es un político que cambien las estructuras, ni un cirujano que salve vidas, o un científico que abra las puertas de millones de padecimientos en los que estábamos encerrados.

Pero sin ser todo eso, tengo la experiencia de que un cantante, un músico, un pintor o alguien que escribe, también es mucho más que un pasatiempo o una mera afición. Y eso de que entretienen no lo comparto por entero. Entretiene sentarte en un banco del parque y contemplar a la gente que va y viene paseando. Entretiene asomarme a la ventana y mirar cuanto cruza nuestra calle. Pero yo sería ingrato con los artistas si los tuviera por encargados de mis entretenimientos. Sería despiadado e injusto con ellos si no los contara como a gente que fue consiguiendo ensanchar mi espíritu gracias a sus obras; como a gente que participa del don divino de la creación y por eso me han acercado a Dios, me han hablado siempre de Él. Y los artistas se han empleado bien más que en entretenerme, en consolarme. ¡Cuántos ánimos debo sin ir más lejos a los músicos y a los cantantes! ¡Cuántas veces en las que sufrí convencido de que ya no había más allá de la pared, fue una canción la que hablaba de esperanzas al otro lado justo de mis límites!

Hoy quiero dejar aquí esta especie de pliego de descargo a favor de los artistas, para declararlos, al menos en mi vida  -y aun sabiendo que igualmente en la de muchos-, como curadores del alma, indispensables curadores del alma. Si es verdad que no arreglan el mundo, al menos a mí me hacen mejor.

 

Portada: Pintura de Beatriz Galiano sobre Raphael en “Balada triste de trompeta”


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