Por Marlboro Churchill.


Érase una vez un obispo de una diócesis no muy lejana, que entre sus parroquias contaba con una especialmente rica en patrimonio y medios. Dicha riqueza había sido fruto no sólo del trabajo de sus feligreses, sino también gracias al esfuerzo y solidaridad de las demás parroquias. Un mal día, unos cuantos feligreses de la rica parroquia, observando que ahora las otras eran más pobres y les tocaba echarles una mano para ayudarles en sus necesidades, comenzaron a sentirse diferentes y superiores, cuestionando el vínculo fraterno que a todos les había unido. Y este nefasto sentimiento fue prendiendo no sólo entre los feligreses más acaudalados de la rica parroquia, sino también entre los más menesterosos, alcanzando incluso al párroco, que a partir de entonces comenzó a predicar un extraño evangelio… 

Incendiados de tan torpe sentir, la parte de feligreses rebeldes y el párroco acabaron proclamando que no reconocerían la autoridad del obispo de aquella diócesis, porque ellos  no necesitaban ya de intermediarios con Dios, y que solamente querían disponer de la parroquia (y, por supuesto, de su gran riqueza patrimonial) para mejor cumplir así los mandatos de la Iglesia, pero desde la visión de aquel nuevo y extraño evangelio… 

Ante tan grave situación, el obispo se acercó a hablar con el párroco una y otra vez, recordándole que ni la parroquia ni su patrimonio les pertenecían, porque «era de ellos» en tanto servían a la Iglesia, pero ésta tenía unas normas que no valía saltárselas según cada cual creyera conveniente. Y que además, ni siquiera los parroquianos rebeldes representaban a toda la parroquia, porque muchos había que discrepaban de ellos y de aquel sentimiento de superioridad.

El paciente obispo les explicó de mil buenas maneras que estaban en un error y les rogó de otras mil que reconocieran su desacierto y volvieran a la comunión con todos. Se reunió con ellos, dialogó y dialogó. Pero tanto el párroco rebelde como su círculo de acólitos «superiores», no sólo no le hicieron puñetero caso, sino que le amenazaron con romper total y definitivamente con la Iglesia. 

Fue entonces cuando aparecieron unos individuos algo campanudos aunque bien intencionados, que ofreciéndose como imparciales mediadores y pacificadores del «conflicto», se reunieron y aconsejaron al señor obispo que no tomase ninguna medida drástica contra el párroco rebelde y sus secuaces. Que no ejerciese la autoridad sobre ellos. Que fuera prudente y comedido. Que ante tan injusta y provocadora situación, lo que procedía era diálogo y más diálogo. Diálogo hasta la extenuación.  

PD: Este «cuentonto» va dedicado con cariño a la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española que, ante el chulesco desafío del secesionismo catalanista, emitió a final de septiembre una declaración recomendando eso: diálogo y más diálogo.