Cuenta lo que fuimos

En cierta ocasión, un buen amigo me dijo que si quería comprobar el grado de preparación que un ponente había hecho de su exposición, y la intencionalidad de sus palabras, le preguntara no por algo de lo que había dicho, sino por una cuestión que, teniendo que ver con su discurso, hubiera omitido.

En efecto, la omisión, lo que dejamos de decir pudiendo o debiendo haberlo dicho, o lo que dejamos de hacer, cuando se esperaba de nosotros una acción al respecto, es algo que nos define. 

En el plano moral, los católicos, en misa, confesamos “haber pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Siendo evidente el pecado de acción, porque queda reflejado en nuestro obrar, el de palabra, con nuestras expresiones verbales, y el de pensamiento, porque genera un trastorno interior que asoma casi siempre a nuestro rostro, el de omisión es muy difícil de detectar por parte de los demás. Siempre me ha causado mucho respeto que el juicio final, tal y como se nos describe en los Evangelios, gire en torno al pecado de omisión: “tuve hambre y no me diste de comer; tuve sed y no me diste de beber; …” (Mateo 25, 31-46)

Viene al caso esta alusión porque una vez más, un acontecimiento de nuestra Historia del que se acaban de cumplir 450 años, ha sido omitido en los principales medios informativos y redes sociales, algo que a fuerza de convertirse en habitual (batalla de las Navas de Tolosa, vuelta al mundo de Juan Sebastián Elcano, etc.) no por ello deja de llamarme la atención.

Me vengo a referir a la batalla de Lepanto, que tuvo lugar frente al puerto de este nombre, frente a la costa de Naupacto, en la antesala del golfo de Corinto, costa de la actual Grecia, el 7 de octubre de 1571, que supuso el fin del dominio naval del imperio otomano en aguas del Mediterráneo, y que es el origen de que la festividad de la Virgen del Rosario se celebre dicho día.

A los turcos no les bastó la caída de Constantinopla, actual Estambul, y con ella la del Imperio romano de Oriente, en 1453; querían más, y amenazaban con extenderse por toda la costa mediterránea.

La armada reunida en la costa de Mesina (Italia) por Juan de Austria, hijo bastardo de Carlos V y hermanastro de Felipe II, era la mayor fuerza naval jamás formada por potencias cristianas, y había de hacer frente a los buques de guerra otomanos que ya habían invadido y masacrado a los habitantes de Chipre, perla del dominio veneciano.

Lepanto fue una tempestad de sangre y fuego que detuvo el avance de los turcos, precedida por una calma tensa en la que no faltaron intrigas, sabotajes y personajes que actuaban en las sombras. Su historia nos sumerge en la compleja geopolítica de un Mediterráneo dividido por la fe, en la que el desarrollo tecnológico a través de nuevas armas y tipologías de buques de guerra, desempeñó un papel clave, al igual que el complejo aparato logístico y las ideologías imperiales de la cruz y la media luna.

La regencia turca de Argel estaba en contacto con los moriscos granadinos, cuya conversión era, con frecuencia, más teórica que real. De hecho, en 1570, los cabecillas de la rebelión de las Alpujarras llegaron a contactar directamente con el sultán en persona.

Hubo algo que colaboró decisivamente a la derrota otomana: días antes de la batalla, los turcos habían comenzado a desmovilizar su armada, que venía de realizar una campaña de dos meses en Creta, las islas venecianas del Jónico y el Adriático. Este desgaste ayuda a comprender el desenlace de la batalla. La avanzada tecnología y la ágil movilidad de los barcos españoles, venecianos, genoveses y pontificios, también colaboraron lo suyo.  

Las dos potencias tenían mucho en común: ambas se extendían por diversos continentes, incluían grupos étnicos de lo más variado e hicieron gala de un pragmatismo que les hizo poner fin al enfrentamiento para dedicarse a otros problemas mayores: España debía afrontar la rebelión de los Países Bajos y la creciente enemistad con Francia e Inglaterra, mientras que para los otomanos emergían graves conflictos en Hungría y Persia, la actual Irán.

La guerra concluyó con una tregua silenciosa, pero el triunfo fue celebrado en todo el orbe cristiano, desde Roma hasta México, pasando por París y Londres, donde la reina protestante Isabel I se vio obligada a regañadientes a organizar festejos por la derrota turca, y Sebastián Schertlin, lansquenete luterano alemán, dio públicas gracias a Dios por la victoria de la Liga en Lepanto. Para nuestro insigne Miguel de Cervantes, que perdió un brazo en la refriega, Lepanto fue “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”. 

La omisión es elegir silencio o inacción, y de ahí que al escribir estas líneas no haga más que evitarla y atender la petición de aquel viejo soldado español que ya moribundo en la batalla de Rocroi, en “El capitán Alatriste” de Arturo Pérez Reverte, dirigiéndose a un joven compañero le ruega: “Cuenta lo que fuimos”.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com  




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2 Comments

  1. Isabeñ dice:

    Me ha gustado mucho, Alberto , que bien escribesLa Omisión es peligrosa,, además deja inconcluso un texto explicativo que ha veces daña…

  2. José Antonio Molino dice:

    De nuevo un magnífico texto, te felicito amigo Alberto. No sé si será olvido , dejadez o cosas de la corrección política. El caso es que conmemorar victorias militares de los cristianos sobre los musulmanes, o de occidentales contra indígenas, sea la época que sea es muy, muy muy incorrecto: 2 de Enero, Navas de Tolosa, descubrimiento y colonización de América, etc. No ocurre lo mismo en ámbitos militares o culturales , más ajenas a las opiniones de la inquisición pública al uso. Pero tienes razón, durante todo el siglo XVI el turco había ido dando la brasa en todo el Mare Nostrum y amenazando en plantarse otra vez en Al-Andalus y al mismo tiempo presentarse en el corazón de Europa y dar al traste con Reforma, Contrarreforma y otras gaitas. Sólo el frenazo en seco del 7 de Octubre evitó que hoy vistamos chilaba y escribamos en turco o en árabe. Por eso hay que contar lo que fuimos. Porque gracias a lo que fuimos somos lo que somos.

    En cuanto a la omisión, citaré la película ” El Guerrero número 13″. En ella, uno de los personajes, guerrero árabe y musulmán, encarnado por Antonio Banderas, reza a Alá antes de la batalla con esta oración: ” Por lo que debimos hacer y no hicimos, por lo que debimos decir y no dijimos…… te suplicamos Señor tu misericordia “…….. Significativo….. curioso

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