Cuando tiembla el Vesubio nacional

En el Mundial de Italia-90, Maradona era Dios.

Argentina era la vigente Campeona del Mundo (México 86), “la mano de Dios” venía de ganar para el Nápoles el segundo ‘scudetto’ de toda su Historia y el año anterior se había proclamado campeón de la Copa de la UEFA con su club.

Los napolitanos hacían incluso la vista gorda ante las amistades peligrosas de su ídolo con los Giuliano, del clan de los Forcella, y la sangre de San Genaro ya no se licuaba si no era con el permiso de Diego Armando. Todo era multitud y devoción.

Los aficionados de los grandes clubes del Norte (Milan, Inter y Juve, sobre todo) denominaban en sus cánticos a los seguidores del Nápoles “colerosi” (enfermos de cólera) y “terroni” (algo así como “paletos” pero con tintes más racistas) y rogaban para que el Vesubio enviase su ira y sepultase de nuevo la capital del sur. En los tifos de las gradas podía leerse un despreciativo “Lavatevi!” (“¡Lavaos!”).

Entonces, la Federación Italiana de Fútbol incurrió en un grave error. No calculó que en el cruce de semifinales podría darse que italianos y argentinos se encontraran y, en tal caso, dicha semifinal se tendría que jugar en… Nápoles. Y sucedió.

Ahora Dios era argentino e Italia se partió en dos. De un lado, muchos napolitanos, que adoraban a su ídolo, enfrentados a su acendrado sentimiento nacional. Del otro, la mayor parte del país, quienes consideraban que, llegada la hora, el ídolo del Nápoles debía claudicar ante la bandera de la patria azzurra.

Diego Armando, en la previa del partido, prendió la mecha: “Nápoles no es Italia”. Y todo se incendió.

La cosa no pudo terminar peor. Italia, la favorita por su juego y anfitriona de ese Mundial, cayó eliminada en la tanda de penaltis frente a Maradona y diez más.

La final tuvo lugar en Roma, ante Alemania. Cuando sonó el himno de Argentina, todo el estadio abucheó sus compases…, mientras los labios de Maradona, con un gesto lleno de rabia, dejaban leer ante el mundo: “¡Hijos de puta… Hijos de puta…!”.

Argentina perdió y ya nada fue igual para el astro del Nápoles, cuya afrenta al sentimiento azzurro, no tanto por su repetido insulto ante los abucheos, sino por haber impedido que Italia llegara a la Final y por haber provocado la división de una parte de los aficionados en el orgullo común de su bandera, unió a los italianos de cualquier parte y lo arrojaron al infierno.

De repente, toda la complicidad y silencio que habían existido durante las seis temporadas anteriores se le volvieron lanzas. Se acabó hacer la vista gorda, se acabó la complacencia jurídica y la protección policial, se terminó la pasividad del Fisco con sus desmanes… Incluso sus amigos de La Camorra, los Giuliano, le abandonaron y permitieron que se hundiera en medio del escándalo. Acabó detenido, encausado y condenado por tráfico de drogas y su vida privada se transformó en una sucia charca a la vista de todos.

Y es que tocar determinadas fibras sensibles es muy peligroso. Puede que en cada país ocurra de una forma diferente, pero no estaremos muy lejos en la comparativa si se nos viene a la cabeza el 2 de Mayo de 1808. Un chispa y arde el bosque.

En las circunstancias actuales, queda por saber si algunos secuaces de este gobierno de la pandemia buscan deliberadamente provocar ese chispazo o si actúan del modo que vemos por simple irresponsabilidad.

Juegan con fuego, a la polarización en cualquier caso, y por lo pronto han logrado resucitar un impulso a favor de los símbolos nacionales como no se recordaba, por un motivo bien distinto, desde el Mundial de Sudáfrica que ganó la Selección hace diez años.

Están bien esos festivales de ardor común en torno a la pacífica simbología que nos une, siempre que los encargados de deformarlos para dotarlos de otra significación estén minimizados o bajo control.

Sin embargo, no es lo que procura desde hace años este vicepresidente pirómano, que intenta cada día incendiar el bosque con la anuencia de un Sánchez que tiene a los suyos en estado de alerta y a todo el país en estado de alarma, en ambos casos sin necesidad.

No pasa un día sin que Iglesias y los suyos intenten meterle fuego al monte para luego retratarse en el incendio lanzando un escupitajo a las llamas que pretende la apariencia de bombero cuando sólo busca añadir insulto y más desprecio.

Ver en esa tarea de insidia y riesgo gratuito a Marlaska, atacando a la Guardia Civil y a la independencia judicial, sólo por soberbia personal, es una muestra más de la estupidez en la que parece envuelto este equipo de desgobierno, cuya tozudez en la mentira, en la inoperancia, en la negligencia y en el sectarismo sólo puede conducirnos a un desastre aún más irreparable del que ya nos han causado a todos y tenemos.

Quien esgrimía en una resolución judicial que “únicamente podrán informar de sus pesquisas y del resultado final de dicha investigación a este juzgado y nunca a sus superiores” a propósito del “Caso Faisán” y quien calificaba de cloacas del Estado el contenido de una investigación que le sitúa a él en el centro de la trama obligando a una colaboradora suya a mentir y a rectificar su declaración judicial hasta tres veces para evitar ser imputado, no podrán extrañarse de que un día les estalle el Vesubio en plena cara y deje bajo la lava y las cenizas hasta el chalet de Galapagar. Y ni Dios ni San Genaro moverán un dedo.

He dicho.




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