Mi buen amigo Esteban anda desviviendo en los confines del continente negro por motivos que no hacen al caso ahora. En los mas de 50 años que lo conozco nunca había pasado tanto tiempo, ni tan lejos, de Sevilla. Tampoco ha sido lo que se dice un arquetipo del sevillano típico; mas bien algo desapegado a las tradiciones populares de la ciudad y con un carácter distante, un tanto arisco a las apariencias, convencionalismos y afectaciones de la sociedad sevillana. Reacio a la expuesta visibilidad de los foros habituales, Esteban prefiere la sombra a la luz, la música muda del jazmín de la Plaza de Pilatos antes que el estruendo de la Feria o de la Velá de Santa Ana; la taberna callada de Mateo en la calle Feria a la ostentación social de la cafetería José Luis en la Plaza de Cuba o de Trifón en Gamazo. Elige siempre la íntima soledad del beso en el talón al Señor de San Lorenzo antes que el concurrido besamanos de cualquier cofradía hispalense en sus días de culto más agudo. Mi amigo Esteban conoce bien la sinuosa seducción de Sevilla, como una sirena mar adentro que persuade más que convence y termina arrojando en el pozo del olvido a aquellos a los que un día consintió en creer que la poseían. Me contaba el otro día que andaba por las calles de la capital donde vive sin habitarla escuchando un programa de cofradías, él que nunca ha sido cofrade y que, sin comerlo ni beberlo o mejor dicho sí, comiendo y bebiendo, se vio envuelto en la fundación de una peña futbolística sevillana junto a otros paisanos en la dispersión de los días africanos. Torre de arqueros finos como la concretó Federico, la ciudad hiere a quienes la rehúyen con la certera saeta de la melancolía y es, allá en la distancia, donde Sevilla se muestra más cruel con quienes tratan de olvidarla, porque su recuerdo es como un lecho de ortigas que no permite a nadie el alivio cómodo de su olvido.