Contra la estupidez

Nos toman por tontos porque nos reconocen como tales. A los ojos de los políticos y de los medios de comunicación no somos más que una masa necia fácil de moldear a la que arrebatarle la libertad delante de sus narices. Quizás, ante tanta claudicación, algún día no seamos más que un tuit fijado para mayor gloria o un selfi imposible que dé fe de nuestra inmunodeficiencia social más absoluta.

Como gran investigador de la inteligencia, el filósofo José Antonio Marina se preguntaba esta semana en su revista El Panóptico, si es posible encontrar una vacuna contra la estupidez. Muchas de las reflexiones que exponía en torno a esta cuestión son fragmentos de un libro exquisito que publicó en 2004 titulado La inteligencia fracasada (Anagrama), movido entonces como ahora por el estudio de «esa enfermedad» tan extendida en España.

Afirma el autor que, puesto que existe una teoría científica de la inteligencia, debería haber otra igualmente científica de la estupidez, y que «enseñarla como asignatura troncal en todos los niveles educativos produciría enormes beneficios sociales». Iniciativa urgente y muy necesaria sin duda, y más partiendo de un prestigioso pedagogo de su talla, pero de difícil aplicación como él sabe, puesto que la educación no será tal mientras dependa de políticos estúpidos. 

Según el ensayista, lo que en términos coloquiales llamamos estupidez, es en realidad una serie de fracasos de la inteligencia que «es incapaz de ajustarse a la realidad, de comprender lo que pasa o lo que nos pasa; de solucionar los problemas afectivos, sociales o políticos cuando un individuo (o grupo) se equivoca sistemáticamente, emprende metas disparatadas o se empeña en usar medios ineficaces». ¿Les suena? Porque la insensatez no es solo un fracaso de la inteligencia individual, también es colectiva. «Las sociedades pueden ser inteligentes o estúpidas según su modo de vida, los valores aceptados, las instituciones o las metas que se propongan».

Marina explica que «la glorificación de una raza, de un partido, el afán de poder o la obnubilación colectiva», entre otras cuestiones, deberían contarse como fracasos de la inteligencia y, por tanto, se necesita de «un Pasteur» que descubra una vacuna contra ellas, pues tienen aspectos parecidos a una enfermedad contagiosa.

El pensador propone y presenta en su artículo la necesidad de ampliar el campo de la Inmunología biológica con una nueva ciencia: la Inmunología cultural, que sería la encargada de reconocer los agentes patógenos culturales que provocan tanta estulticia. Somos, dice, «híbridos de biología y cultura, y cada uno de esos aspectos tiene sus propios mecanismos de protección».

Tras muchos años de estudio, José Antonio Marina nos anuncia que «el esquema general de la Inmunología está completo» y, en consecuencia, «esa vacuna que anhelaba al estudiar la estupidez humana parece posible». De ser así, tal y como sostiene, cabría hacerse muchas preguntas si nos retrotraernos a la experiencia con la vacuna de la COVID-19 y su mayor caldo de cultivo: precisamente, la estupidez. Un patógeno, recuerden, que se propagó exponencialmente a diario entre aplausos colectivos desde la sumisión de los balcones, hace ahora más de un año y medio.

Desde aquel ignominioso confinamiento hasta hoy, la ausencia de pensamiento crítico ha sido quizás el factor más visible de nuestra inmunodeficiencia social y también uno de nuestros fracasos más arraigados. Hemos cedido tanto terreno a la fechoría que ya todo nos parece parte de la normalidad. Esa ‘nueva normalidad’ de la que hablaban y que no es más que un enorme oxímoron disfrazado de la libertad esclava de nuestra estupidez. 

Animemos pues a la nueva ciencia de la Inmunología cultural a encontrar el Pasteur que consiga una vacuna tan necesaria, sin con ello alcanzamos una inmunidad aceptable. Otra cuestión bien distinta sería la fórmula para su implantación y los métodos de vacunación. ¿O será también obligatorio portar un pasaporte que certifique estar vacunados contra la estupidez? ¿Confinarán a los imbéciles? ¿Qué pasará si no deseamos vacunarnos? ¿O es que tampoco seremos libres para habitar nuestra propia estupidez?




 

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