Constantino Basileus

De nuevo, la tecnología actual nos permite seguir un evento solemne, retransmitido con sonido real, y silencios reales, sin el incesante cotorreo de los comentaristas, dándonos a veces la impresión de estar realmente allí. 

En el entierro de este rey destronado – y ya sólo el calificativo es poético y evocador: un rey destronado… – hemos podido sentir la belleza del rito ortodoxo, intemporal; ese rito que no pretendió “modernizarse” ni “adaptarse a los jóvenes”, y por lo mismo subyuga lo más profundo de las almas… Luego en las palabras del hijo mayor del difunto (también un hecho con resonancias bíblicas: la primogenitura), podíamos captar el mensaje aun sin entender el idioma; las pocas palabras que sonaban familiares (patrós; basileus) ya nos transmitían el espíritu del discurso incluso mejor que su subsiguiente traducción al inglés –esto último, hecho con sentido práctico para que todos lo entendieran, fue como un jarro de agua fría. A veces vale más intuir que entender literalmente.

Basileus. Patrós. Palabras que nos evocan siglos, milenios, nos traen lo que compartimos con nuestros antepasados más remotos y que parecen más distantes.

Todos iban de negro, cosa que ya sólo ocurre en los funerales regios, o de Estado. ¡Cuánta belleza, qué profundo mensaje transmite! Y, ¿qué trabajo cuesta, vestirse de negro? Si todo el mudo retomara esa costumbre, se realzaría el funeral de cualquier persona.

Podemos recordar, por cierto, que “los psicólogos” (entendiendo bajo este nombre a toda la maraña de autoayuda, bienestar emocional, etc, tan omnipresente en nuestros días- hasta las academias de baile se anuncian diciendo “mejorará tu autoestima”, cosa que a muchos nos hace salir corriendo), pues hace años que han dado marcha atrás en la idea de apartar el dolor y convencerse de que uno es felicísimo (cosa que no se les caía de la boca a fines del siglo XX), y ahora “reivindican” el “derecho a estar tristes”, y, ante una pérdida, hacer el “duelo”; incluso se lee que los ritos funerarios, acudir al cementerio, etc, son muy buenos para encauzar las emociones. En fin- nunca es tarde para rectificar. Estamos donde estábamos.

A este propósito, se nos viene a la cabeza un tema que sonaría banal si no ocupara tanto espacio incluso en informativos “serios”: las malhadadas memorias del príncipe inglés Harry, príncipe ciertamente del Victimismo. Muchos critican, acertadamente, tan inusitado aireamiento planetario de trapos sucios familiares, observando además que dichos “trapos” tampoco parecen tan terribles. “En cualquier familia normal los hay peores”, se oye comentar. Y critican el exacerbado aprovechamiento, estirando el chicle al máximo, de lo que nadie discute fuera una desgracia, perder a su madre. 

Pero los críticos, hasta los más acerbos, se quedan cortos. Pues aún no he oído comentar lo más evidente: que su principal queja (que le “obligaran”, según él, a tomar parte activa en el funeral de su madre) es totalmente improcedente. ¿Qué hubiera preferido pues – que lo tuvieran encerrado viendo una película de Disney durante el entierro, como si fuera un niño de dos años? De haber sido así, hoy se quejaría, y con más razón, de que le hubieran privado de participar en un duelo en el que sí tuvieron parte millones de personas.

Hasta “los psicólogos” de hoy están de acuerdo en que el participar en el rito funerario hace digerible el dolor; insisten en la frase (¡que tanto denostaron!) de que “hay que hacer el duelo”. Puestos a perder a un ser querido prematuramente, el tomar parte en un funeral solemne, y por ende el recibir la simpatía y el pésame, literalmente, de millones de personas, es un consuelo gigantesco, un apoyo descomunal. Ya lo querrían los millones de personas anónimas a las que, en funerales y cementerios, si carecen de relieve social, apenas acompaña nadie.

Volviendo a Constantino, a “Constantino Basileus”, en palabras del barbudo pope, es curioso lo gratificante que resulta, la paz que proporciona, el participar, aun a distancia, y aun sin el menor vínculo personal con ninguno de ellos, en una ceremonia semejante. Acaso así se cubren carencias básicas, se sanan ciertas heridas (la banalidad de los tanatorios, el espanto de sus dizque capillas, la sordidez de horas pasadas junto a un cadáver entre charlas triviales…).

Bienaventurados los que son enterrados dignamente.




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