Con Plácido Domingo

En la campaña de desprestigio mundial a Plácido Domingo por cometer, hace 30 años según las acusaciones de una cantante lírica, acoso sexual, mi total apoyo al tenor internacional en tanto le asista legalmente  -como ahora mismo le asiste-  la presunción de inocencia. Como el genial artista ha declarado, yo estoy de acuerdo con que el baremo de aproximarse íntimamente los hombres a las mujeres,  o viceversa, ha cambiado mucho con los tiempos. Y merced a un feminismo manipulador e hipócrita, que intenta ordenar a su modo nuestras relaciones en la mal llamada ideología de género, se vienen desplazando hacia la zona penal y, por lo tanto, delictual, actos naturales de toda la vida para conquistar, interesar y seducir a una mujer o a un hombre, sin que ello  -acciones carentes de toda violencia física, extramuros de una consideración de fuerza e intimidación-  signifique invadir la franja de los abusos sexuales. Deberían salir en defensa de sus propios derechos y gustos, además de acusados como ahora Plácido Domingo (por cierto, no denunciado), tantas mujeres a las que les gustan los hombres arrojados, valientes y atrevidos ante ellas. Sería un gran ejercicio colectivo de honestidad. Seamos sinceros: millones de parejas en este mundo han empezado, por ejemplo, con un beso robado. Nadie ha terminado por eso en la cárcel, sino en el matrimonio. De lo contrario, volveremos a las viejas costumbres de los pueblos, a pedir la mano y la puerta al padre de la pretendida, a que hombres y mujeres vuelvan a hablarse con la reja de por medio o el acompañamiento de una carabina. La clásica invitación a tomar la última copa en un apartamento no puede acabar pasando la noche entera en un calabozo.

Por lo demás, también es lícito pensar en la presunta amargura y frustración profesional a que pueden dar lugar treinta años sin haber conseguido los sueños, sin lograr el estrellato, sin que de un nombre propio se haya sabido algo por el gran público, salvo  asociarlo, en un supuesto episodio sin prueba alguna, con el de Plácido Domingo nada menos, un español universal de quien me siento muy orgulloso.




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